VALLEJO: PERIODISTA PARADIGMÁTICO

(Winston Urrillo)

(EDICIÓN NUEVAMENTE REVISADA)
ES LA VÁLIDA

2ª EDICIÓN

FONDO EDITORIAL UNIVERSIDAD RICARDO PALMA

EDICIONES del XL ANIVERSARIO

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SUMARIO

Prólogo ……………………………………………….Juan Gargurevich

Introducción……………………………………………………….

I.- Desde nuestro tiempo
II.- Laderas periodísticas de César Vallejo
III.- No solo informar: más allá de la noticia
IV.- Calas en el estilo periodístico del bardo
V.- Periodismo y literatura o un periodismo creativo y creador

Conclusiones……………………………………………………….

Bibliografía
a) Obras de César Vallejo
b) Obras sobre César Vallejo

PRÓLOGO

PERSISTENCIA DE WINSTON

Por JUAN GARGUREVICH

Persistente, tenaz, son algunos de los adjetivos que podríamos utilizar para describir a Winston Orrillo, poeta, periodista, profesor, publicista, que está presentando la segunda edición, dentro de una serie del XL Aniversario de la fundación de la Universidad Ricardo Palma. de un texto –Vallejo: periodista paradigmático- que fue muy celebrado cuando se publicó originalmente, por el Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, como producto del Instituto de Investigaciones Humanística de su Facultad de Letras y Ciencias Humanas, en 1998.

Lo importante es que, cuando apareció el libro de Orrillo, poco o nada se había estudiado la vertiente periodística del gran autor de Poemas Humanos, mientras que su narrativa –cuento y novela- y aun su ladera teatral –La piedra cansada, Los hermanos Colacho- ya contaban con sendas miradas críticas.

Solo poseíamos las recopilaciones de Jorge Puccinelli , lo editado por Mosca Azul, y la polémica serie que lanzó Enrique Ballón Aguirre, pero no había exégesis alguna sobre esta perspectiva que fue, prácticamente, la que le permitiera sobrevivir al poeta durante su accidentada estancia europea.

Solo ocho años después, en 2006, en Editorial Línea Andina SAC, aparece Vallejo periodista, del maestro Manuel Jesús Orbegozo

Sin embargo, no hay colisión alguna porque el libro de Orrillo se interna en el estilo periodístico del bardo, con particular insistencia en el paralelismo entre literatura y periodismo, en tanto en cuanto se trata de que éste, en el caso del bardo, es –como lo señala reiteradamente su autor- “un periodismo creativo y creador”.

Hay, asimismo, una insistencia en el papel que juega el trabajo de prensa de Vallejo en los momentos álgidos de la Guerra Civil Española, cuando el poeta denuncia el papel nefasto de las llamadas potencias occidentales en su política de abstencionismo, cómplice –en la práctica- con el nazifascismo, cuya intervención en la derrota de la República es una verdad histórica.

Conocí a Winston en los años 70, cuando la izquierda se había entusiasmado con los planteamientos originales de la fallida “Revolución de la Fuerza Armada”, que abrió ventanas hacia el medio mundo que las derechas locales nos habían cerrado desde la Guerra Fría. Se rompían muros que nos separaban de los países llamados entonces socialistas; llegaban revistas, libros, intelectuales: un aire de izquierda se colaba, por fin, en el Perú.

Y aquí mismo, en Lima, se iniciaba la producción de texos, cuya sola posesión hubiera significado la cárcel.

Uno de los más entusiastas editores era Winston, que lanzó su recordada Editorial “Causachun”.

Lo evoco en reuniones, conferencias, con sus libros bajo el brazo, con asistentes que los ofrecían a precios de promoción. Periodismo y comunicación eran sus temas favoritos.

También lo recuerdo en San Marcos, cuando sustentó su tesis de doctor en Letras, con un tema también sobre José Carlos Mariátegui.

Un grupo de estudiantes reaccionarios le organizaron un escándalo pretendiendo impedir su grado. Estaba allí el poeta Romualdo, indignado, protestando a gritos: “¡¡Fascismo, esto es el fascismo!!”. Y creo que su poderosa voz atemorizó a los manifestantes.

Yo ingresé a la plana docente de San Marcos, en 1972, con Jorge Puccinelli y Antonio Cornejo Polar, pero me retiré y volví en 1980, gracias a Winston, que me gestionó un “recontrato” porque los contratos estaban, entonces, prohibidos.

Me contaron, en esos días, que Orrillo era, digamos, un profesor “disfuncional”.

-¿Disfuncional”?- pregunté, intrigado.

-Sí, porque muchas veces en lugar de dictar clases, como todos los demás, cita a sus alumnos en el cine, los acompaña a conferencias, trae películas.

Efectivamente, Winston era y es así: un “disfuncional” en el amplio sentido de la palabra, porque su pasión por enseñar lo hace entablar vínculos con sus alumnos que van más allá de su obligación pedagógica formal, para que sean más cultos y, en consecuencia, más sabios, como debe ser un buen periodista.

Él es Premio Nacional de Periodismo, nada menos. Y romántico empedernido que ha llevado sus pasiones a libros de poesía publicados a lo largo de 30 años.

Winston, que cultiva palabras para usarlas como cañonazos o caricias, probablemente se auto describiría como un “apasionado”. Porque lleva a extremos su afán por el periodismo, la poesía, la pedagogía, la amistad, las palabras.

Pedirle moderación, es inútil. No está hecho para la tranquilidad sino para la porfía que muchas veces a algunos les incomoda.

¡Que le vamos a hacer! Winston es así. Un porfiado sin remedio.

INTRODUCCIÓN

Este trabajo tiene el propósito de presentar la figura del gran poeta César Vallejo en su vertiente periodística. Haremos un periplo por la diversidad de temas que el poeta aborda en su discurrir comunicativo; plantearemos el carácter paradigmático de su tarea periodística, en tanto en cuanto ella no se limita, meramente, a informar, sino que se adentra en la urdimbre de la noticia, la devela, la desmitifica, y siempre saca de ella una urgente lección para que el lector asuma el mensaje periodístico como una suerte de enseñanza, que aprende y aprehende, al tomar contacto con el artículo, crónica o interviú vallejianos.

Haremos algunas calas en el estilo periodístico de Vallejo; veremos –con profusión de ejemplos- cómo, el poeta, maneja el lenguaje periodístico, y cómo hay momentos en que aquél no deja de ser el autor de Trilce o España, aparta de mí este cáliz; es decir, de qué modo hay una densidad poética en su prosa periodística, sin, por ello, perder, necesariamente, en ningún momento, su condición de tal.

También esclareceremos algunos textos que, presentados como “periodísticos” en el volumen Desde Europa, Crónicas y Artículos (1923-1938), de César Vallejo, no lo son: y se trata, más bien, de poemas en prosa, fragmentos de novelas o, simple y llanamente, un discurso (o ponencia) como el conocido con el nombre de “La responsabilidad del escritor”, presentado en el Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Madrid, en Julio de 1937.

No estamos, pues, de acuerdo en que, por hallarse en revistas o periódicos, se mantenga, tozudamente, el equívoco de presentar, como “artículo” o “crónica”, lo que no tiene la condición de tal.

Finalmente, trataremos de ver cómo la lectura, el acercamiento a la obra periodística del bardo, resultan un elemento esencial para la mejor comprensión del universo vallejiano, en sus vertientes totalizadoras, aunque inexhaustibles.

El presente libro es fruto de una investigación, originalmente realizada para la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de Lima.

I. DESDE NUESTRO TIEMPO
“Tú, pobre hombre, vives; no lo niegues, si
mueres, no lo niegues,
si mueres de tu edad ¡ay! y de tu época.”
C.V.:El alma que sufrió de ser cuerpo

Queremos comenzar por una verdad palmaria: la nuestra no será la visión de César Vallejo alimentada por una erudición, por un prurito crítico, por una perspectiva de scholar al que, como dijo francamente James Higgins –en respuesta a una pregunta del público- (1), le pagan para “hacer eso”: es decir, el oficio de “criticar”, de internarse con un escalpelo en las entrañas de Vallejo.

La nuestra es la visión de un lector, de un escritor que se acerca al autor de “Masa” para preguntarle algo acerca del tiempo que le ha tocado vivir, y para comprender que sus “respuestas” tienen un matiz de actualidad absoluta, de vigencia indeleble, de permanente entronque en las anfractuosidades de nuestro tiempo.

Tanto que, cuando digitaba parte de esta investigación –sustentada en el Coloquio Internacional “César Vallejo su tiempo y su obra”, el jueves 27 de agosto de 1992-; cuando la digitaba, “digo, es un decir”, abro, el domingo 30 de agosto, de ese mismo año, el diario La República, y, en su suplemento, me topo con un artículo de Manuel Rodríguez Cuadros: “Vallejo y la política internacional”, en el que el autor plantea que la lectura de Poemas Humanos y España, aparta de mí este cáliz, debería ser una suerte de alter ego de los trabajos de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, pues: “Así las negociaciones serían menos políticas y más humanas”.

Tal la vigencia de nuestro poeta que, más allá de la literatura, engarza su palabra para “responder” a las angustiosas interrogantes de un mundo que trastabilla al comenzar su vigésimo primera centuria.

Pero yo quiero empezar contándoles todas las dificultades que tuve para arribar a la articulación de algunas páginas más o menos coherentes, de algo que pudiera ser leído, primero, en un foro internacional, al que –lo sabía- aparte de conocidos y reputados vallejistas (2), concurrirían no pocos vallejólatras, y uno que otro vallejófago; y, luego, como trabajo de investigación para el IIH (Instituto de Investigaciones Humanísticas de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos).

Ergo, la cosa se presentaba peliaguda; y la prueba se me daba en que, cada vez que comenzaba a ponerme en trance de “crítico”, y me hundía en la poesía del entrañable “cholo”, lo único que resultaba era un ramalazo poético, un acicate para escribir mi propia poesía (3) o una suma de temas que me llevaban lejos del que ya había mandado –horror de horrores, responsabilidad de responsabilidades- como título y como resumen, para responder a la muy gentil invitación de Jorge Cornejo Polar –Foro de la “U” de Lima, con motivo del Centenario del nacimiento de César Vallejo- y para mi precitada “tarea” de investigación.

Decía, pues, que cada vez que me ponía a querer escribir –en serio, formalmente, como buen investigador- me ganaba la propia escritura de Vallejo. Y me llevaba, súbitamente, adentro, a su cogollo, y me aherrojaba a sus versos, a sus propios terrenos, por una esquina que me invitaba a quedarme dentro de sus anfractuosidades.

Y entonces, me pregunto yo, cómo detenerme, por fin, y empezar a redactar la ponencia y/o la investigación de marras; o algo que me permita comunicarme con el público lector, pero a condición que sea desde él, desde su propio abismo -tan lleno de claridades-, desde esa su “herramienta florecida” que arranca de sus hombros, carne a carne, y que quizá, por ello mismo, en su propia “Nómina de huesos”, expresara, tan paradigmáticamente, su tiempo y que, por eso, supo llegar al nuestro: en el que se han agotado algunas de las contradicciones que él columbrara, pero donde siguen, de pie, fundamentales, las mismas interrogantes y los mismos problemas que él nos supiera enrostrar en ese ubérrimo poema-documento que es la amalgama que tan acertadamente reunieron Raúl Porras Barrenechea y Georgette Philippart, con el nombre de Poemas Humanos, y que el vallejista-vallejoclasta (Silva Tuesta dixit) Coyné se empeña en denominar “Los poemas de París.”

¿Alguien, en nuestro tiempo de arremetida apocalíptica de ese fundamentalismo de hogaño que es el neoliberalismo, puede negar que César Vallejo –como periodista paradigmático- es el cantor de hoy, porque supo ser no sólo testigo insobornable, sino también padeció –hasta las heces- aquella crisis mundial del capitalismo de los años 30, la que expresó raigalmente en sus estremecedores textos?

¿Alguien podrá no reconocer al vilipendiado, escarnecido, dilacerado hombre del Tercer Mundo –del aquí y del ahora- (4) en ese ser:

“Parado en una piedra
desocupado,
astroso, espeluznante…? (5)

¿o ese otro:
“parado individual entre treinta millones de
parados? (PC. p. 259)

¿o aquél de “La rueda del hambriento”, el que no tiene ni siquiera “un pedazo de pan” en qué sentarse? (PC.p. 277)

¿o ése que integra el grupo de “gentes tan desgraciadas que ni siquiera tienen cuerpo…”:

“aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas…”?
(PC.p.277)

¿o al
“Otro (que) se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo”…?
¿o el que tiembla de frío, tose, escupe, sangre…”?
¿o el que “busca en el fango huesos, cáscaras…”?
¡Ése es el “paria que duerme con el pie a la espalda…! (PC. p. 332)

Es el mismo que vive con nosotros, en la urbe contemporánea, que es “la ciudad hecha de lobos abrazados” (PC.p.58) con lo que Vallejo nos lleva al tristemente célebre homo homini lupus de Plauto (Asinaria, II, 4.88) repetido por Bacon y por Thomas Hoobes, en su Leviathan, prefiguración de una de las características intrínsecas del capitalismo, ese “execrable sistema” (PC. p. 247) en el que hemos descubierto – hoy más que nunca:

“la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre…”
(Ibid.) (6)

Pero, ¿cómo llegó Vallejo a todas estas calas que configuran una suerte de naturalista ecografía de nuestro tiempo, de aquél que tendrá como su vera efigie a piezas poéticas definitivas –para no agotar al lector sólo citaremos algunas de Poemas Humanos- como “Los mineros salieron de la mina”, “Gleba”, “La rueda del hambriento”, “Traspié entre dos estrellas”, “Los nueves monstruos” y/o “Los desgraciados”?

El poeta, es cierto, traía un background de su lar nativo: allí había aprehendido el rostro acerbo de la pobreza, “ese pan que en la puerta del hornos se nos quema”, aquél que había que dar en pedacitos (de pan fresco) a todos, “en el horno de su corazón…”

Es cierto, él conoció –in situ, no in Vitro- la hacienda Menocucho, la que “cobra mil sinsabores diarios por la vida.” Allí, en Los Heraldos negros¸ uno de los grandes personajes era el hambre (por eso, el desiderátum del poeta era verse “con los demás, al borde de una mañana eterna, desayunados todos”).

Es cierto todo lo anterior, pero es no menos cierto que el hambre mayor, aunada al desarraigo, la pasará en París: “Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande” (PC.p. 213), donde padecerá la experiencia atroz de la enfermedad (reléase el poema en prosa “Las ventanas se han estremecido” [PC. p. 220] donde el expresionismo de Vallejo lo hace acuñar imágenes como las del ano de la espalda, las sienes regresivas, el tumor de conciencia, la irritada lepra sensitiva…)

En fin, ese dolor suyo –que “no es padre ni es hijo” que es también “el dolor del hambriento” [PC.p. 224]-, no lo aniquila, no lo lleva al no ser, sino que lo hace descubrir, hallar la vida, en el sentido de la autenticidad más absoluta, de la más paradigmática experiencia (véase, al respecto, su “Hallazgo de la vida” PC. p. 226).

Pero esto no fue sólo la experiencia trascendente del poeta, sino que contó con lo que podríamos llamar una ayuda singular: su formación política con las lecturas de textos del socialismo científico, que le dieron, al bardo, al periodista, instrumentos más congruentes para el análisis y superación de esa experiencia límite que él había aprehendido en el París de entreguerras, en “el tórax del Café” en medio de “un óxido profundo de tristeza” (PC.p. 242).

La formación política de Vallejo le sirvió para hacer más universal su poesía, para dar base científica a su periodismo, para permitirle el paso del dolor individual al del hombre víctima del Sistema:

“Le ha dolido el dolor, el dolor joven,
el dolor niño, el dolorazo…” (pc.p. 326)

Y para denunciar a ese “execrable Sistema” ya citado, el que parirá la guerra, forma ecuménica del dolor y de la Muerte, a la que el poeta se enfrentará, especialmente en ese poema-testamento que es “España, aparta de mí este cáliz”.

Es también interesante plantear, en este libro, el sentido del legado que César Vallejo da a los nuevos poetas, a los poetas del hoy, y, asimismo, a los nuevos periodistas, a los que él –estamos seguros- les sigue hablando.

Y este mensaje –a pesar de lo desprestigiado y cuestionable del término- interesa insertarlo en los predios de los poetas y periodistas jóvenes del Perú, asediados por ciertas peligrosísimas “ondas” postmodernistas, que preconizan un sintomático alejamiento de “lo político”, al estar –todo lo social- dicen, superado, podrido y demodé, por corresponder a la retórica de los 60s…

Cuidado –decimos- pues aquí hay mucho de canto de sirena y no poca dosis de oportunismo, que tiene que ver con cierto derechoso triunfalismo apócrifo, producido por la caída de los “socialismos europeos” y el desmoronamiento de la URSS (7).

Hay toda una cohorte de neoapocalípticos que quieren ganar a río revuelto, y que se refocilan exhumando los “errores políticos” de Vallejo, o poniendo en close up sus críticas al “socialismo real”, su seudo “trotskismo” o, en fin, su condición “apristona” (y rememoran, para ello, las amistades trujillanas del bardo –léase “Grupo Norte”- su integración en la bohemia de la capital del Departamento de la Libertad), su ladera metafísica o su condición –para ellos, por cierto- de poeta clerical y cristiano a ultranza (claro, era nieto de cura por las dos vertientes, tenía una formación católica, pero…)

Lo importante es situar a Vallejo en su contexto histórico, apreciarlo en su inabarcable dimensión de hombre imposible de encasillar, pero al que no podemos mutilarle su ideología, su formación política, su militancia.

Y todo lo anterior porque nos gusta saber que, verbi gratia, los jóvenes poetas e investigadores de San Marcos plantean una nueva lectura de Vallejo, donde se reivindican los aspectos lúdicos, irreverentes y hasta “mágicos” de quien, por otra parte, fue un buen lector de Euguren y un declarado admirador de Chaplin (8). Pero también sería bueno que ellos, y todos los numerosos jóvenes lectores de nuestro máximo poeta, no olviden que Vallejo fue, asimismo, un disciplinado estudiosos de las ciencias sociales, un zahorí decodificador del expectante tiempo que le tocó vivir, y para ello nada mejor que internarse en la lectura de la ladera periodística de nuestro bardo: allí lo tendremos, integérrimo, y atento a todo aquello que le podía permitir hundirse, más aun, en la urdimbre de su época, con lo que conforma y confirma su adhesión a la conocida sentencia de Terencio: Homo sum, nihil Humani a me alienum puto: “Hombre soy, nada de lo que es humano me es extraño”.

Y, por lo tanto, si la Política (con mayúscula, en el sentido mariateguista del término) es parte esencial del hombre, no podemos, jamás, marginarla para una interpretación cabal de la obra del autor de Contra el secreto profesional.

En ese sentido, estaríamos de acuerdo con la cita que hace Alejandro Romualdo de Vallejo, quien dice: “La política no ha matado lo que yo era.”

Todo lo cual no obliteró su capacidad de creador insobornable, de taumaturgo del verbo, de radical artista de la palabra que no concede nada en el orden poético, y que sabe fijar, con precisión, los límites de lo que escribe en prosa (una prosa creadora periodística, que estamos estudiando).

Otra de las banderas defendidas irreversiblemente por Vallejo, fue la de la dignidad del artista, que era –también- una de las formas de la dignidad del hombre.

Aquí, del mismo modo, sus palabras resuenan de una actualidad estremecedora, de una vigencia paradigmática.

“…en la historia literaria de todos los países ha habido siempre escritores dignos y escritores indignos. La adulación aúlica a reyes y presidentes y a los potentados de la banca y del talento, el réclame grosero, francamente comercial, arribista o disfrazado de egoísmo; la pequeña subasta de un gran ditirambo, que lo mismo puede ser adquirido por un tirio que por un troyano; en fin, los cobardes expedientes estratégicos para triunfar cueste lo que cueste.

“Junto a este forcejeo intestinal o vanidoso de los más, arrastran una existencia obscuro y heroica los puros, los sacros creadores. Tal ha sido el espectáculo de la literatura de todos los países.

Sólo que en nuestros días el cuadro se ensombrece más y más a favor del arribista.” (9).

Veamos, asimismo, sus palabras admonitorias:

“En estos poetas burgueses, que viven a sueldos del gobierno o con pensión de familia, sobre-vive la tara lacaya y sensual de los peores tiempos cortesanos. Ni un adarme de inquietud humana, fuera de su preocupación malabarística.” (10)

En la antípoda, se encuentra el cilicio que le corresponde al escritor digno, al creador insobornable. Leamos a Vallejo:

“Existe y existirá, hasta nueva orden, la corona de espinas para todo frontal sobresaliente, y la esponja amarga para toda faringe irregular…

“El creador sólo opera golpeando y la sociedad no cotiza los golpes que recibe.

“El propio Baudelaire se propuso hacer pequeños poemas en prosa para ganarse la vida, y pereció de hambre… La tradición baudelairiana sigue perpetuándose… Reverdy querría de buena gana comer mejor, pero, a diferencia de sus contemporáneos, no puede hacer poemas comestibles”. (11)

Qué lucidez, para nuestro tiempo, la de estos juicios, escritos en periódicos, del autor de Trilce.

Por otro lado, debemos recordar que la canallocracia gobernante, en las postrimerías de su vida, le ofreció un pasaje de regreso al Perú, a condición de que renunciara a sus ideas, lo que fue, de plano, rechazado por nuestro poeta.

Una lección que no cesaremos de relevar, en Vallejo, es que –no sólo en poesía- dijo las cosas de modo único: y que sus textos, por eso, devienen indelebles; y, por ello mismo, sus crónicas y artículos periodísticos no sólo tienen ese ingrediente –necesario y fundamental- de la actualidad, sino que, por haber sido escritos con gran belleza, llegan hasta el hoy, y son de una frescura y lozanía indelebles, con lo que resulta tan cierto aquello de:

A think of beauty is a joy for ver.

Sigamos ahondando en ese venero inagotable de las crónicas.

Cuando Vallejo quiere anatemizar al falso literato, al que él llama “el literato a puerta cerrada”, escribe esta deliciosa calificación:

“Este insecto plumífero de gabinete es, en particular, hijo directo del error económico de la burguesía”.

“En una sociedad de aburridos regoldantes y de explotadores satisfechos, la literatura que más place es la que huele a polilla de bufete.”

Es lo que él llama, de una vez por todas, “literatura de pijama”. (12)

Al gran Juan Gris, verbi gratia¸ lo denomina un “Pitágoras de la pintura” (13); al calificar a un movimiento ultraderechista, que todos conocemos, y que fue responsable de millones de muertos, lo tipifica de modo inmejorable como el “rijoso y calofriante terreno cuaternario del fascismo, expreso o disfrazado” (14), con el mérito excepcional de que esto se halla en un artículo de 1925, cuando todavía no se había desenmascarado del todo el susodicho “movimiento”.

Una antológica muestra de lujo de estilo, con sápida finta de humor, se encuentra en estas líneas sobre el “Congreso Internacional de la rata”:

“Delegados de todos los países han discutido, en el gran anfiteatro de La Sorbona, acerca de la rata, de su pelo zoológico, de su dentadura moral, de sus ojos políticos, de sus huesos financieros, de su rabo metafísico.” (15)

Así como nuestro Amauta, José Carlos Mariátegui, escribió, para el hoy, su juicio sobre Vallejo, igualmente, éste se adelantó a señalarnos la verdadera urdimbre del pensamiento del autor de La escena contemporánea.

En un temprano artículo, de 1925, escribe César Vallejo:

“Mariátegui no predica solamente para el Perú o América, sino para la humanidad. Sus conferencias se dirigen, en las personas de los obreros y estudiantes de Lima, a los estudiantes y obreros del mundo. Su obra periodística, las sólidas Voces del Tiempo, representan la solidaridad del pensamiento peruano de justicia universal.” (16)

Y no de casualidad hemos citado la fecha del artículo de Vallejo -1925- porque ella ha sido puesta para evitar el malentendido de algunos –no faltarán, por cierto- que puedan pensar que lo encomiástico de su juicio pueda deberse a un elemental sentido de gratitud, ya que, asimismo, Mariátegui consagra la obra de Vallejo en su conocidísimo sétimo ensayo del mundialmente famoso libro 7 ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana; pero mientras éste es de 1928, el artículo del autor de Los Heraldos negros fue escrito en París, en febrero de 1925, y publicado en el trujillano diario “El Norte”, el 4 de abril de ese mismo año.

Otro elemento caracterizador del sentido actualísimo de nuestro poeta y periodista, es el papel que, en su obra, juegan denuncias contra fenómenos que caracterizan a los días que corren, como por ejemplo el del apogeo de la prensa amarilla.

Basta leer su desmitificador artículo contra esa –así la llama- “hoja ruidosa” que es La Rumeur, para comprender qué claro tenía César Vallejo el papel cardinal que juega el periodismo verdadero, cuyo antípoda era, precisamente, ese diario de marras:

“La Rumeur es solamente una hoja ruidosa, una gritería caótica en la que las ideas duran un día y se contraponen o se desmienten con cada edición. Al principio se creyó que La Remeur era un acusador apocalíptico de los yerros y culpas sociales. Después se vio en él a un delator vulgar, al servicio de intereses enigmáticos…

La Rumeur empleaba así el estilo, barato y desprestigiado, que cierta prensa emplea en sus comienzos o en un rato de crisis, para interesar al público en su lectura y para crearse a todo trance una clientela. Tales hojas no ven en los acontecimientos sociales sino crímenes y vandalajes, capillas negras y enmascarados…” (Desde Europa p. 289).

Y culmina el párrafo con una deliciosa caracterización:

“La rumeur, por este método, se ha creado en efecto, una vasta y fulminante clientela, integrada por aquellos lectores que Edmond Jaloux clasifica en la sensibilidad de los porteros…” (Ibid)

Finalmente, una de las lecciones más urgentes para hogaño, una de las que hacen a Vallejo un poeta y un periodista definitivamente engarzado en el hoy, en nuestro tiempo de crisis, es que su obra, con todo lo universal que resulta, lo es porque está profundamente insertada en su lar nativo.

Es decir, su poesía no pierde su identidad peruana, tangible desde Los Heraldos negros, sí, pero perfectamente distinguible en ese monumento sui generis a la vanguardia que es Trilce, hasta arribar a Poemas Humanos (Los poemas de París), donde la lejanía física hace insertarse al bardo en la patria entrañable.

¡Cuya o cuy para comerlos fritos
con el bravo rocoto de los temples!

¡Cuestas en in fraganti!
¡Auquénidos llorosos, almas mías!
¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,
y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!... (17)

Idéntico proceso sigue en su obra periodística: desde el inicio, ésta tiene que ver con los temas peruanos; entrevistas a escritores nacionales, dilucidación de los problemas de su generación literaria, análisis de los principales escritores de su patria (chica), el Perú, y de su Patria Grande (América), para luego, una vez realizado el periplo al Viejo Mundo, empezar a informarnos sobre la realidad de éste; pero sin olvidar, jamás, su raíz peruana y latinoamericana (18).

Con lo anterior, llegamos al pensamiento de ese otro prohombre de Nuestra América, que es José Martí, quien escribiera:

“Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero
el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.”

NOTAS

(1) En conferencia sustentada el 18 de Agosto de 1992, en el Instituto “Raúl Porras Barrenechea” de la Universidad de San Marcos.
(2) Fue curioso constatar que coincidía, por lo menos en parte, con la sui generis tipología manejada por Max Silva Tuesta. Anoto, sin embargo, que mis denominaciones tienen, por lo menos, treinta y nueve años, pues sirvieron como leit motiv para mi poema “César Vallejo ha muerto”, publicado en 1970.
(3) Aquí le doy trabajo a mis críticos, cuando examinen mi producción de aquel Agosto de 1992: que diluciden cuánto Vallejo hubo en mi existencia de aquellos días. Por lo menos ya les doy la clave, una clave.
(4) En sólo dos años de gobierno, el mandatario que representa al neoliberalismo en el Perú, Fujimori, y su secuaz Boloña, tienen ya medio millón de compatriotas sin trabajo, viviendo de su propia muerte, pobres, pobres. (Nota de 1992).
(5) Las citas de poesía serán hechas de Poesía completa de C.V., La Habana, ediciones Casa de las Américas, 1988. (Abreviado PC), 258 p.
(6) Pablo Guevara, en la semana sanmarquina de homenaje a Vallejo -18 al 24 de Agosto de 1992-, acuñó una frase que compartimos: “Poemas Humanos es una suerte de saga del hambre y la pobreza del hombre de nuestro tiempo”, lo que para nosotros entronca a la obra del bardo en lo más visceral de los días que corren.
(7) La ponencia de J. Higgins “C.V. y el ocaso del socialismo” (presentada en este coloquio) tiene, por lo menos, sin eufemismos, un título tramposo; pues, luego de escuchada, colegimos que no se trata de ocaso del socialismo sino de cierto modelo, esclerosado e insostenible, que cayó porque tenía que caer. Además, el propio Higgins acaba identificando a la España que hay que buscar –si cae- como el Socialismo en el que creía Vallejo, y que, por cierto, no ha entrado en ningún ocaso.
(8) En sus cada vez más importantes crónicas, publicadas por Jorge Puccinelli, con el título de Desde Europa (Edic. Fuente de Cultura Peruana, Lima, 1987), hay numerosas alusiones al genio de En pos del oro. Baste citar: La pasión de Charles Chaplin, p. 265.
(9) “La miseria de León Bloy” en Desde Europa, p. 68.
(10) “La defensa de la vida” Ibid. p. 159.
(11) “Sobre el proletariado literario”. En: Ob. cit. pp. 272-273.
(12) Desde Europa: “Literatura a puerta cerrada”, pp. 283-284.
(13) Ob. cit. p. 297.
(14) Ob. cit. p. 43.
(15) Ob. cit. p. 291
(16) “Los escritores jóvenes del Perú”. En: Ob. cit. p. 34.
(17) “Telúrica y magnética”, en PC, pp 254-255. Bastaría un análisis de este solo poema para probar nuestro aserto.
(18) Si algún estadígrafo quisiera hacerlo, se podría contabilizar la cantidad de artículos y crónicas que Vallejo dedica al Perú y a los temas latinoamericanos. Por lo pronto, Enrique Ballón ha reunido cuarenta y cinco artículos sobre el tema peruano (1928-1937) en su libro, César Vallejo, La cultura peruana (crónicas). Lima. Mosca Azul Editores, 1988.

II. LADERAS PERIODÍSTICAS DE CÉSAR VALLEJO

El campo periodístico de Vallejo no tuvo límites. Todos los temas humanos –ya lo hemos manifestado- fueron foco de su interés: ésa es una de sus condiciones paradigmáticas.

Nada de lo humano le fue extraño, con lo que causa verdadero asombro para los hoy llamados intelectuales –escritores, artistas- que si bien es cierto pueden incursionar (y de hecho incursionan) en el diarismo o en la colaboración con hebdomadarios (1), es muy poco probable que se despachen con artículos como algunos de los de nuestro poeta, donde se enfocan áridas crisis económicas, o se discuten temas sobre el armamentismo, con un preciso manejo de cifras y datos que nos llevan a lo que, ahora mismo, se llama periodismo de “investigación”. Pero con una cardinal diferencia: los artículos de hogaño provienen de las denominadas “unidades de investigación” de diarios y revistas; son producto de bases de datos y de enjundiosos archivos que, por cierto, denuncian un trabajo colectivo, y no el solitario, pero no por ello menos documentado, de algunos de los artículos publicados por César Vallejo hace ya bastante más de medio siglo.

Por razones obvias, el mayor número de colaboraciones periodísticas de nuestro poeta corresponde a los problemas literarios: en esta vertiente no se trata sólo de la mera reseña de la obra nueva, sino de, principalmente, la señalización de los rumbos distintos que el arte literario iba tomando y, particularmente, la sobria, aunque a veces justificadamente acerba, crítica a los “contrabandos” que, con el nombre de “nueva literatura”, encubrían viejas posiciones regresivas, actitudes más o menos resobadas y, concretamente, nada originales. Es interesante, en especial, el sentido que Vallejo tiene de representar a una nueva generación literaria, con sus responsabilidades y deberes, que él no sólo planteará, sino que asumirá con su vida y su obra, de modo consecuente, de modo arquetípico.

Son de destacar –y sólo citaremos algunos para no hacer interminable la lista- artículos como: “La última generación” (p.18),(*)“Contra el secreto profesional” (p.204), “Autopsia del superrealismo” (p. 399) y “Duelo entre dos literaturas” (. 433).
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(*) Las citas de los artículos son, casi en su totalidad, tomadas de César Vallejo: Desde Europa Crónicas y artículos (1923-1938), recopilación, prólogo, notas y documentación por Jorge Puccinelli, Ediciones Fuente de la Cultura Peruana, Lima, 1987, que, como cosa curiosa no registra ningún artículo de 1938, y si “La responsabilidad del escritor”, en facsímil, pero publicada en 1939, en El mono azul y que recoge la ponencia que CV presentó en el Segundo Congreso Internacional de Escritores de Madrid, en 1937.

En el campo de la crítica de arte, igualmente se registran numerosísimas colaboraciones. Por grupo citaremos, verbi gratia, en Teatro: “Una importante encuesta parisién” (p. 249), “El año teatral en Europa” (p. 302) y “Últimas novedades teatrales de París” (p. 419). Anotaremos que Vallejo fue un acucioso comentarista teatral, un enjundioso crítico, permanentemente preocupado por la renovación del arte escénico. No olvidemos, además, que en esto se halla, como substrato, su propia condición de autor dramático que ve y comenta aquello que puede servirle para su misma creación.

Asombra, igualmente, cómo maneja el poeta puntos de vista y perspectivas que lo sitúan como un preciso crítico de artes plásticas, especialmente de la Pintura, donde relevamos pequeñas joyas como “Los maestros del cubismo”. “El Pitágoras de la pintura” (p. 297), verdadera exégesis de la valía de Juan Gris, y admonitorias líneas sobre lo que será la verdadera grandeza de este singular maestro.

La Escultura será otro de los campos donde Vallejo se mueve a las mil maravillas. Sólo tocaremos “Tendencias de la escultura moderna. El escultor Fioravanti” (pp. 437-440), donde, luego de efectuar válidas disquisiciones sobre la esencia de la pintura y escultura, emite juicios estéticos que revelan una madurez crítica excepcional. Pero mejor leamos al poeta-periodista:

“Me parece que la naturaleza del arte escultórico exige del escultor un sentido de la plástica más inocente que el requerido del pintor por el lienzo.”

Luego, se pasea por lo que llama las crisis de la civilización actual, cuyas “postrimerías refinadas” denomina archiintelectuales y, por ello, negadas a un mayor desarrollo de la escultura.

Igualmente, en una suerte de travelling discurre acerca de las obras de Bourdelle, Rude, Carpeaux, Archipenko y Scharf, para arribar al trabajo del joven escultor argentino Fioravanti. El poeta penetra en el sentido de su obra, que va allende la “concepción monumental-naturalista de nuestros municipios burgueses”, para lograr “a fuerza de pureza lineal y de mucha disciplina en el reparto y equilibrio de las masas”, “remozar y hasta regenerar” motivos escultóricos que, de otro modo, hubieran resultado manidos. En fin, una muestra más de pleno dominio de aquello sobre lo que escribe, en una revista o diario, para convertir, de este modo, a ambos, en sendas aulas abiertas destinadas a esos miles de lectores-educandos que accedían, por el contrario con estas páginas, a las lecciones de estética popular del poeta-periodista.

La Música es otro de los campos preferidos por Vallejo para sus artículos y crónicas- ¿Dónde –cabría preguntarse- aprendió tanto nuestro poeta sobre este difícil y exquisito arte?

Si tenemos en cuenta la magra educación estética del medio del que provenía, tenemos que convenir en que todo (o casi todo) fue autodidactismo. Además de documentadas y sutiles, estas notas de arte musical revelan un profundo dominio de aspectos que no es fácil conocer sin una larga y avezada frecuentación de salas de concierto.

Citaremos estos ejemplos: “El más grande músico de Francia” (p. 120), “La revolución en la Ópera de París” (p. 202) y “Falla y la música de escena” (p. 277). Detengámonos un poco en este último. Trata sobre el drama lírico y su agonía, y la presencia escénica, en el sentido moderno. Pero lo que asombra es que, para comentar la obra del autor de El retablo de maese Pérez, Vallejo nos lleva de la mano por terrenos de las artes plásticas, la música de su tiempo (Honegger, Satie, Stravinsky, Schönberg), el teatro (Shakespeare, Ibsen, Shaw), el mundo de la danza (Diaghilev, Nikitia, Nijinsky), con lo que nos demuestra su formación integral, que no sólo despierta admiración cognoscitiva, sino que nunca deja de darnos muestra de lo que es su estilo (*). Leámoslo:

“Falla –no visto sino oído como deben serlo todos los músicos- produce una evidente impresión de grandeza. Arte primitivo, terráqueo, bárbaro. Tiene frialdad de piedra y monotonías de salvaje, toda una tarde, un palo con otro palo. Tiene cosas negras, como Satie, como Stravinsky; Schönberg maneja también sus cocos de Darwin, sólo que en él se transforman en los botones del “Pierrot Lunar”. (**) (p. 277)

(*) En el capítulo IV nos ocupamos especialmente de esto.
(**) Salvo indicación en contrario, los subrayados en negrita son del autor del libro.

Ya de alguna manera está insinuado el interés vallejiano por la danza. Quizá uno de sus artículos más significativos sea el que dedica a “Los funerales de Isadora Duncan” (p. 244), que nosotros citamos más adelante como una muestra excepcional del estilo de prosa poética de nuestro creador periodístico.

El cine es una de las artes de mayor preocupación del autor de Trilce, en sus periplos de reportero de la información de actualidad (léase también periodismo). Vallejo es, sin duda, un cinéfilo.

Falta todavía un estudio sobre lo cinematográfico de ciertas imágenes, especialmente de la época de Poemas Humanos y, por cierto, de España, aparta de mí este cáliz.

Son muy numerosos los textos en los que hay, como meollo, la crítica cinematográfica o la referencia a la cinética o a la cinemática. Uno de los genios en su época (la de Vallejo, que aunque paradójicamente, también se convierte en la nuestra porque el poeta sabe proyectar su pluma hasta el hoy): uno de los genios indudables, decíamos, es Chaplin. A él le dedica su breve aunque enjundioso texto “La pasión de Charles Chaplin” (p. 265); así como también son claves su “Contribución al estudio del cinema” (p. 251) y el “Ensayo de una rítmica en tres pantallas” (p. 279)

Otra ladera –esta, sí, sorprendente- en el periodista Vallejo, es la del cronista policial. No se crea, sin embargo, que es una incursión del poeta

por los albañales de la crónica llamada –entre nosotros- “roja”. Nada de eso. El tema policial le sirve al escritor para develar algunas de las miserias de la sociedad en la que le ha tocado vivir, y aun para desmitificar, con buido análisis, el papel que este tipo de periodismo cumple como “cortina de humo” ante la crisis de los países.

Al respecto, son ejemplares los siguientes artículos: “Gaston Guyot, el nuevo Landrú” (pp. 148-149), también tocado como personaje en “Un extraño proceso criminal” (p. 220). Aquí –en el primer texto- Vallejo desmitifica el sórdido papel que cumple el periodismo amarillo. El autor va más allá de la noticia (*) y se adentra en los móviles para “levantar” (por el Gobierno) la crónica roja. Pero leamos:

“Aun los criminales pueden ser útiles al Gobierno, en ciertos momentos. Clement Vautel manifiesta estar enterado del interés que pone, asimismo, el señor Poincaré en que el caso del asesinato de Mlle. Madelaine Beulagette, por manos de su amante Guyot, continúe acaparando la atención del país entero, a fin de que la gente siga muriéndose de hambre, sin sentirlo, o al menos siga comiendo carne cruda de caballos apestados, sin darse cuenta de ello. El crimen de Guyot está, pues, convirtiéndose, por interés del Gobierno, en crimen de gran envergadura…

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(*) Tema del siguiente capítulo de este libro.

“Pero no hay que olvidar, por lo demás, que los momentos difíciles por los que actualmente atraviesa Francia, facultan al Gobierno a echar mano de todos los medios –frívolos como el de las modas y de los crímenes, o de peso como el de las contribuciones- para restablecer el bienestar nacional.” (pp. 148-149)

En “Hacia la dictadura socialista” (pp. 262-263), a pesar del título, se halla una crónica, con ribetes de escenografía de cine expresionista, acerca de crímenes violentos, cometidos a 14 y 15 grados bajo cero. Vallejo los llama “dramas de la miseria”.

La mise en scène es impresionante: hay un travelling que nos conduce a los asilos de los pobres, que claman por hambre de pan, de un pan que sea dado de “hombre a hombre”, no el “pan anónimo e irresponsable de una mano colectiva”. Como telón de fondo:

“Las oficinas meteorológicas anuncian un invierno desastroso… Pasan los perros en automóvil. Los hombres hacen cola en torno de los urinarios públicos. Algunos de ellos orinan dos veces… Se siente, en verdad, mucho frío.” (pp. 262-263)

Como puede apreciarse, no se trata sólo del cuadro expresionista de la miseria, sino del violento contraste entre aquél y la presencia de las mascotas sacadas a pasear en los coches –seguramente con calefacción- mientras seres humanos se arraciman en los mingitorios, ateridos. Y esto nos lleva a adelantar otra cita en la que Vallejo desmitifica el “amor a los animales”.

En un texto titulado “Los animales en la sociedad moderna”, al comentar el libro del Paul Eluard Los animales y sus hombres, habla de este tema en cierta sociedad que se precia de civilizada y muy moderna, para concluir con un aserto muy característico de su estilo desmitificador, que hemos llamado –lo repetimos- su más allá de la noticia (o del comentario).

“…se ha podido observar que las gentes que son rencorosas para las otras gentes son las más inclinadas al amor a los animales. No es posible imaginar una verdadera matrona que, después de reprender y arrojar justa o injustamente de su casa a un criado, no penetre a sus salones y se deshaga en caricias y ternura con su perro favorito.” (p. 384)

En otra ocasión –pero esto lo comentaremos más adelante en forma detallada- una crónica, como la titulada “Un atentado contra el Regente Horty”, en la que en efecto hay un delincuente, encubre, en realidad, una suerte de cuento borgiano avant la lettre (pp. 319-320).

Uno de los ángulos que indudablemente llamará más la atención al que no tiene familiaridad con esta sección de la obra vallejiana, es su capacidad para desenvolverse en el campo del Periodismo Económico.

Al respecto, son importantes, pero no únicas, las páginas consignadas en “las crisis financieras de la época” (pp. 332-333), “Alrededor del Banco de la Reparaciones” (p. 408), “Las grandes crisis económicas del día. El caso teórico y práctico de Francia” (p. 423).

Cabe anotar que con la formación científico-social del poeta –especialmente desde su adhesión al marxismo-, la trascendencia del hecho económico para la interpretación de la urdimbre de su época, resultaba cardinal.

Por ello, el campo del Periodismo Político es uno de los más proficuos en su vasta obra de reportero del inquietante mundo que le tocó vivir. Hay una simbiosis entre el testigo que penetra, con su escalpelo, en las entrañas de su tiempo, y el hombre que ha bebido, con fruición y disciplina, en las vertientes científicas del materialismo dialéctico.

Entre los muchos textos políticos, destacamos “El movimiento dialéctico en un tren” (p. 341), “Acerca de la Revolución Rusa” (p. 346). “Pacifismo capitalista y pacifismo proletario” (p. 381), “El último discurso de Briand” (p. 390), “Clemenceau ante la historia” (p. 397), y por cierto su reportaje-testimonio Rusia en 1931, Reflexiones al pie del Kremlin.

Sólo nos detendremos en un artículo de corte económico, pero cuyo substrato es político, por lo que nos servirá para visionar ambas vertientes.

Pensemos, para hablar de poetas universales en nuestro idioma, en un Darío, en un Borges, en un Paz, que también han escrito –y mucho- en los periódicos. ¿Podemos, por ventura, imaginar a ellos en la realización de un análisis de la coyuntura económica mundial como el que hace nuestro Vallejo en “Las grandes crisis económicas del día. El caso teórico y práctico de Francia”?

Con el único que se nos ocurre parangonarlo es con el cubano-universal José Martí.

El artículo de Vallejo es impresionante por la información que maneja, por la comparación entre los estados económicos –en crisis- de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, en contraste con la sui generis “bonanza” de Francia que:

“continúa explotando tranquilamente sus dominios coloniales, atrae y centraliza en París todo el oro del mundo, mantiene en equilibrio más o menos favorable sus importaciones o exportaciones, y por último ostenta un signo concluyente y, en estos momentos, raro, de colgadura industrial y de salud social; no tiene desocupados o casi no los tiene. Su situación es, pues, envidiable.” (p. 24)

Luego, describe a las trasnacionales de aquella –y de esta- época: la General Electric, la Standard Oil, y de cómo Francia –su colgadura de entonces- es “frágil y efímera”, pues, ella, aunque no lo quiera, está ligada, orgánica y solidariamente, a la “economía universal en quiebra”.

A continuación -¡el poeta!- pasa a estudiar –analizar, escribe- su proceso económico (el de Francia). Pero, y aquí nos da una muestra de conciencia del oficio (de periodista, de comunicador paradigmático), “pie a tierra y (como debe ser) valiéndonos de números”.

En este rubro, Vallejo nos dice algo fundamental para su actividad profesional, para su credibilidad: la del uso de las fuentes, la del acceso a ellas, Muy consciente, el escritor añade en el mismo párrafo: “Nuestras fuentes de información son frescas. Ellas datan de apenas quince días”. El artículo está fechado en París, en Noviembre de 1930, y se publicó en “El Comercio”, el 14 de Diciembre del mismo año: o sea que sus lectores de allende los mares podían estar seguros que el poeta no les endilgaba un refrito o una información con datos desactualizados.

A renglón seguido, el autor de “Espergesia”, como todo un reportero económico, analiza exportaciones, importaciones, juegos bursátiles, movimiento de la industria automovilística, fabricación de seda artificial, dificultades agrícolas y problemas del exceso de capital monetario existente en esos momentos en Francia, para terminar con el asunto de las onerosas cargas fiscales que soporta la población francesa, y que “rebasan las de cualquier otro país, Alemania inclusive.”

Todo lo anterior nos conduce –escribe- a la “pendiente” en la que ha entrado la actual economía francesa. Y Vallejo es muy perspicuo al señalarnos que, si ella carece de la violencia con que se ha manifestado en otros países:

“ello obedece principalmente a dos factores específicos de Francia: la baratura de las materias primas, que este país extrae casi gratuitamente de sus colonias, y la abundancia de fondos provenientes de las reparaciones de guerra…” (p. 426)

Pero, concluye, ya se perfila la crisis, verbi gratia, por las “sublevaciones indígenas surgentes en sus posesiones de Asia y África.”

Una vertiente, asimismo, presente en varios de los artículos y crónicas vallejianas, es la filosófica. El poeta penetra, con su lámpara de Diógenes, en los meandros de nuestro tiempo, extrae notas en las que dilucida la condición humana, y hace especulaciones de hondura existencial y metafísica. Léase, entre otros, “La fáustica moderna” (p. 126), “Las nuevas disciplinas” (p. 223), “El apostolado como oficio” (p. 225), “Oyendo a Krishnamurti” (p. 296) y “Keyserling contra Spengler” (p. 321):

Una especialidad de vibrante actualidad es la del Periodismo científico (*). Vallejo, en esto, como en mucho, es igualmente un adelantado.

En el corpus de sus artículos y crónicas, podemos hallar un verdadero, un genuino interés por el desarrollo de la ciencia, por todo lo referente a la posibilidad de dilatar las fronteras del conocimiento.

(*) El autor de este libro recuerda que, hace pocos años, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONCYTEC) ofrecía enjundiosas becas para los alumnos que se interesaran en hacer tesis de grado sobre temas de periodismo científico.

Entre lo escrito por él al respecto, espigamos: “Últimas novedades científicas de París” (p. 36), “Un gran descubrimiento científico” (p. 177), “Últimos descubrimientos científicos” (p. 189).

¡Prosigue la serie de asombros! Muchos de los escritores y/o intelectuales, tienen lo que podría llamarse su talón de Aquiles en los predios de los deportes. Al que esto escribe, sencillamente no le interesan. No hallamos tiempo para internarnos en las dilatadas secciones y suplementos que, los diarios y revistas, dedican a los deportes, muchas veces, es cierto, como “cortinas de humo” para los temas realmente importantes. Sabemos que esto es una grave limitación, y que un periodista “de oficio” tiene que interesarse en todo lo que ocupa la atención de la actualidad.

Recordamos, al respecto, una conversación con el primer corresponsal de Agencia Cubana Prensa Latina en el Perú, el chileno Sergio Pineda, gran aficionado a los deportes, quien nos señalara, precisamente, la importancia, para un periodista, de “estar al tanto de todo”.

Confesamos no haberle hecho caso, hasta que arribamos al mundo periodístico de César Vallejo, donde los deportes –todos casi todos, porque no hemos hallado nada sobre fútbol- ocupan lugares expectantes. Leamos, entre otros, los artículos: “Una gran lucha entre Francia y Estados Unidos” (pág. 98) cuya última parte es la contienda entre tenistas y boxeadores de ambos países. “Los peligros del tenis” (p. 117).

En su “Crónicas de París” (p. 152) escribe sobre natación, concretamente sobre la hazaña de la nadadora norteamericana, Miss Ederlée, que atravesó por primera vez el Canal de la Mancha. En “Los seis días de París”, se trata de dilucidar el “origen del actual fanatismo deportivo en Norteamérica” y presenta una panorámica, crítica, de la famosa contienda ciclística francesa.

Pero no hablamos sólo de simples, coyunturales crónicas deportivas. En esto, como en casi todo, Vallejo siempre es el escritor profundo y esclarecedor. En “Los hombre de la época”, al comentar sobre el famoso (entonces) escritor francés Henri de Montherland, nos plantea una suerte de filosofía del deporte. Veamos.

“Válgame esta tesis del multánime escritor francés (se refiere a H. de M.) para apoyar lo que yo he sostenido al respecto en varias ocasiones: la existencia del espíritu esportivo, meramente óptico, de las muchedumbres que asisten a los matchs, el espíritu profesional e inútil –para referirme al calificativo textual de Montherland- de los campeones y en fin, la necesidad de dar al sport un sentido más profundo y más justo, haciéndole pasar del cerebro o de la retina del espectador, a sus propios músculos, y de la esfera de los especialistas a todos los hombres”. (p. 253)

Mariátegui fue, en este sentido, uno de sus periodistas preferidos, y, asimismo, el Juan Croniqueur de las crónicas modernistas, cuya verdadera urdimbre está hoy dilucidándose ante la publicación total de sus escritos juveniles. En Vallejo también hay, lo que podríamos llamar, una suerte de incursión por la vida mundana –un poco de frivolité- presente en textos como “Deville contra Ginebra” (pp. 238-239), sobre la vida de temporada en la lujosa playa normanda. Asimismo, esto puede notarse en “El salón del automóvil de París” (p. 266), de donde espigamos esta deliciosa tipificación:

“Hoy son los automóviles los que mandan y no los cuadros ni las estatuas, como sucedía en las sociedades del Renacimiento”.

Igual perspectiva encontramos en “la fiesta de las novias en París” (p. 175), donde, sin embargo, no se trata –nunca se trata- de una mera descripción frívola de esta “celebración”, sino que ella es ocasión propicia para dilucidar las contradicciones sociales:

“La fiesta muestra su mejor encanto, su gracia y sugestión más románticas y humanas, en las personas de las novias pobres, de las midinettes, de las pálidas obreritas de la urbe tempestuosa. Las otras, las jeunes filles de los palacios y del lujo, han acabado por renunciar a la celebración de Santa Catalina y miran transcurrir esta fiesta como una cosa extraña a ellas, como algo que únicamente concierne a las clases populares…” (p. 176)

En esta crónica, como en casi todas –y en esto nos adelantamos al capítulo correspondiente sobre el estilo- hay un despliegue del modo especial de escribir del creador, que resulta difícil de evitar citarse. Subrayaremos lo que nos llama más poderosamente la atención:

“Esta fiesta de las novias de París es, en medio de su jolgorio excesivo y epiléptico, una cosa sin duda emocionante y dolorosa. Hay entre las niñas que buscan novios de ilusión, príncipes encantadores o siquiera un Rodolfo Valentino, con un poco de “gigoló” y un mucho de Apolo anacrónico.” (Ibid).

Vallejo sabe -¡cómo no!- mirar por detrás de los fuegos de artificio, y encuentra, en estas reuniones de muchachas pobres, el crisantemo de la soledad, del abandono. Así, realiza una suerte de desplazamiento de su cámara imaginaria, desde el plano general de una reunión de amigas –catherinettes- que se hallan “en una larga mesa llena de flores”. Son diez amigas. El poeta reconoce –en close up- a una, la que él llama “La rubia del Colbert” (el nombre del restorán donde, cotidianamente, la ve almorzar y comer, siempre sola, a una hora fija”).

“De súbito una de las amigas la ha tomado en los brazos tierna y fraternalmente. La rubia del “Colbert” ha inclinado el rostro hermoso. Está llorando su perenne soledad, sin duda, sus días de trabajo inútil, sus estériles esperanzas, Está llorando sus cuarenta años futuros, sin hogar, sin hijos, sin amor ¡ay! Sin eternidad.” (p. 177)

La crónica concluye con una nota patética: el poeta tiene que fijar su atención en las muchachas “que viven sin la esperanza de un amor y que, además, carecen del pan del día y de medios honesto de ganarlo por sí mismas”. Ellas conforman una suerte especial de bohemia, pero de una bohemia inquerida, como –dice- “en el poema de Darío”. A ésta dedica uno de sus retratos más vallejianos, y es de antología el estilo, por cierto:

“¿Conocéis la bohemia inquerida(*) ? ¡Oh, qué dolor! Yo sé de esta bohemia y conozco su hueso amarillento, su martillo sin clavos, su par de dados, su gemebundo gallo negativo.” (Ibid).

En este mismo rubro, podría agruparse el número de artículos y/o crónicas que Vallejo dedica al tema de la moda (que, asimismo, pueden no ocupar un texto completo, pero que tachona otros: no se olvide que él reside en París, “paraíso” de la susodicha…)

Sobre ésta hay alusiones o referencias concretas, llenas de sápidas observaciones, en “Crónica de París” (pp. 58-59) y en general en Desde Europa (pp. 61, 72, 93, 128-129, 143, 148, 156, 193 y 195), entre muchas otras.

En este acápite, igualmente, podría hacerse un apartado para incluir la Crónica de viajes, una suerte de Periodismo turístico. Como sabemos, el poeta se desplazó bastante durante su periplo europeo. Hay enjundiosas páginas sobre países y lugares, donde Vallejo pergeña ramalazos lúcidos sobre el carácter nacional, sobre laderas sociológicas, que resultan francamente citables:

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(*) Un capítulo –el V- de este libro discurre sobre los vasos comunicantes entre periodismo y literatura. Véase cómo en esta crónica hay profusión de alusiones a tópicos del bardo: los dados en “los dados eternos”, huesos en Poemas humanos, etc.

“Cuando un tren entra a una estación de Madrid, no se tiene la impresión de llegar, sino de pasar. Cuando un tren entra a una estación de París, la impresión de llegar es, en cambio, clara, neta…

“Al entrar a la estación de San Sebastián, de Burgos, de Valladolid, de Madrid, no se diría sino que pasamos, pasamos, y pasamos, cada vez más veloces, sin arribar a parte alguna…” (p. 107)

Esto, indudablemente, sólo puede haber sido escrito por un poeta.

Otro ejemplo. En las crónicas “Mundial en Rusia” y “Mundial en el Oriente Europeo” (pp. 392-395), frente a lo que podría ser la visión superficial de un turista, tenemos que el poeta, en la primera de ellas, nos enfrenta al análisis de los aspectos desinformativos que un periódico de la prensa reformista francesa. Le Populaire, hacía de las llamadas crisis económicas y crisis política de la URSS. En la segunda, tenemos, como él escribe, una visión “a grandes zancadas” de Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yogoslavía y la URSS, en cuanto a las influencias que gobiernan sus economías. Aquí la cita del autor de El Capital es congruente:

“Marx enseña que para conocer el carácter, desarrollo y destino ulterior de un país, hay que guiarse por el estado y fisonomía de su técnica de producción. El viajero debe dejar para segundos términos del juicio, el arte, la literatura, la religión y la filosofía del país que trata de conocer. En primer lugar y si quiere ir derecho en su encuesta, y en sus observaciones, debe poner el ojo en las fuerzas, medios e instrumentos de la producción económica.” (p. 263)

¿No es verdad que nos situamos frente a lo que podría ser una suerte de poética para el periodista que escribe sobre viajes?

Al comienzo de este capítulo, hablamos algo sobre la condición de adelantado de Vallejo respecto a lo que hoy se ha dado en llamar Periodismo de investigación o el gran Reportaje interpretativo.

Ya señalamos que, generalmente, éstos son productos de verdaderas unidades de investigación de diarios y revistas, que, con los modernos métodos de la informática, trabajan a partir de sofisticadas bases de datos.

Obviamente, en el caso que nos ocupa, todo tenía que hacerse “a pulso”. Sin embargo, notables artículos de Vallejo como “Las fuerzas militares en el mundo” (p. 301) o el ya citado “Las grandes crisis económicas del día…” (p. 423) hacen uso de precisa información, y se apoyan en ella para arribar a las conclusiones que se desprenden –lógicas- de un sólido corpus manejado por el periodista.

En Las fuerzas militares…” se hace un cuadro comparativo del potencial bélico de los países “occidentales”, y se demuestra, palmariamente, que son ellos, y no la URSS, los que fomentan el guerrerismo en el planeta. El travelling a través de los ejércitos europeos en 1927, nos conduce a saber que ellos –como así fue, en efecto- se preparaban para la guerra, mientras babeaban, cínicamente, en nombre de una paz en la que ni creían ni defendían. Y, como en el cuento de Pedro y el lobo, se la pasaban ululando acerca del “espíritu guerrero de Moscú”, mientras ellos eran los que en realidad, calentaban los cañones y organizaban todo tipo de tropelías y desaguisados, con su esencia colonialista e imperialista.

Como buen ejemplo de Periodismo interpretativo, igualmente queremos citar “Los seis días de París” (p. 282), donde a partir –insólitamente, pero no olvidemos que se trata de un poeta originalísimo- del deporte en USA, se proyecta a una cala en el racismo y en la verdadera razón del “éxito” de los anglosajones en el mundo de las competencias deportivas.

Hay, asimismo, sugerentes relaciones entre guerra y deporte, y comentarios acerca de la “racha mundial de imitación del deporte de origen u orientación yanquis, tales como el ciclismo, el box, etc.” Todo para llegar al match ciclista llamado de “los seis días” que:

“al ser introducido en París, en Roma, en Berlín, en Londres, ha conservado, por una ciega y absurda imitación, el fundamento político y el sentido eugénico de su origen norteamericano.”

Similar es el caso de “Foch y el soldado desconocido” (pp. 352-353), crónica en la que Vallejo no se queda en la parafernalia del entierro del Mariscal Foch (“Grandiosidad y pompas mayores no las tuvo ni la coronación de Napoleón I, como Emperador de Francia.”). Mas, detrás de ella, la tumba del soldado desconocido (“Porque en toda guerra hay, dentro de un mismo país, víctimas y responsables”). Así, el boato hiperbólico de estas exequias, no hace al cronista estacionarse en la mera descripción de él, sino que –como buen exégeta- hurga en lo que podríamos llamar “el revés de la trama”, allí donde “vigila la historia, con su ojo implacable y fijo, con su boca implacable y verdadera.” Pues bajo el Arco del Triunfo sigue durmiendo el Soldado Desconocido. Y:

“Desde hoy quedan para siempre estas dos tumbas –la de Foch, el Jefe, y la del Desconocido, el Soldado- una frente a otra, como símbolos eternos de la reciente guerra. La una es la masa que obedece y la otra, el individuo que manda. La historia dirá cuál de ellas es la responsable de la guerra de 1914, y cuál la víctima.”

Y concluye con la frase magistral que hemos citado: “Porque en toda guerra hay, dentro de un mismo país…”

El llamado, por manuales modernos (de origen norteamericano), Crónica o reportaje de interés humano, es llevado por Vallejo a su más tensa y dramática expresión al presentarnos el retrato de una joven comunista de veinte años, tuberculosa, cuya autoridad moral deviene irrebatible. Ella aparece a lo largo de tres artículos. Primero en “El movimiento dialéctico en un tren” (p. 341): luego en “En la frontera rusa” (p. 344) y asimismo en “Acerca de la revolución rusa” (p. 346). En este último da, el poeta, el más desgarrado retrato de ella.

Tenía diez años cuando estalló la revolución. Su padre, obrero textil, murió en una refriega en la plaza Lubianka:

“Después murió la madre, en la hambruna de la guerra civil, así como todos sus hermanos. Ella se escapó de la muerte pero no de la tuberculosis…

“Esta mujer ha sufrido en plenos pulmones la explosión de su propia cólera de clase y no debéis reír escépticamente ni volver con indiferencia las espaldas a sus palabras revolucionarias.” (p. 346)

Y concluye con un soberbio remate, muy en su personalísimo estilo:

“Ha sufrido: luego tiene derecho a la queja y a la esperanza.” (Ibid.)

Para cerrar este capítulo, expresamos que una de las características magnas de la obra periodística de nuestro máximo poeta, es su maestría para los retratos de personas y personajes de la cultura y la política de su tiempo. Es cierto que estas etopeyas no siempre resultan encomiásticas, pero lo importante es que se apoyan en un razonamiento esclarecido y esclarecedor.

Así, entre otros, destacan los retratos de José Carlos Mariátegui, Lenin, Trotsky, Macedonio de la Torre, A. Valdelomar, Juan Gris, Picasso, Chaplin, Manuel de Falla, Rubén Darío, Isadora Duncan, Antenor Orrego, Whitman, Haya de la Torre, Mayakovski…

Para no quedarnos en persona alguna, escogemos este magistral –y actualísimo- fragmento, ahora que ya no hay URSS y que la llamada “comunidad socialista” se derrumbó como castillo de naipes, precisamente por obra de algunos de estos especímenes. Se trata del retrato del dogmático, del sectario:

“Los marxistas rigurosos, los marxistas fanáticos, los marxistas gramaticales, que persiguen la realización del marxismo al pie de la letra obligando a la realidad social a comprobar literal y fielmente la teoría del materialismo histórico –aun desnaturalizando los hechos y violentando el sentido de los acontecimientos- pertenecen a esta calaña de hombres. A fuerza de ver en esta doctrina la certeza por excelencia, la verdad definitiva, inapelable y sagrada, la han convertido en un zapato de hierro, afanándose por hacer que el devenir vital –tan fluido por dicha, y tan preñado de sorpresas- calce dicho zapato aunque sea magullándose los dedos y hasta luxándose los tobillos… Resultan, así, (estos dogmáticos) convertidos en los primeros traidores y enemigos de lo que ellos, en su exigua conciencia sectaria, creen ser los más puros guardianes y los más fieles depositarios. Es, sin duda, refiriéndose a esta tribu de esclavos, que el propio maestro se resistía, el primero, a ser marxista.

“Qué lastimosa orgía de eunucos repetidores la de estos traidores del marxismo.” (p. 322)

NOTA

(1) Aunque el método ad-usum de hogaño es que un autor “conocido”, “reputado”, venda su colaboración a una agencia de noticias, la misma que se encarga de “colocarla” entre su clientela a nivel trasnacional.

III. NO SÓLO INFORMAR: MÁS ALLÁ DE LA NOTICIA

Sostenemos que Vallejo es una gran informador, que el viaje por sus artículos y crónicas nos permite, sin duda, adentrarnos por los vericuetos de la decisiva época que le tocó vivir (tanto en el Perú cuanto en Europa). Pero, a la vez, afirmamos que nuestro poeta no se queda en este (importante) aspecto: el de satisfacer el hambre informativa, el de cubrir una trascendente necesidad: la de estar informador sobre lo último de la literatura, el arte, la política, la ciencia, la moda, los deportes (y todo lo que vimos en el capítulo anterior).

No, el autor de Contra el secreto profesional, va, permanentemente, más allá de la noticia, trasciende la novedad de lo que nos está informando.

Hay siempre un metalenguaje utilizado por el poeta para situarnos en la capacidad (tan humana) de interpretar los sucesos en su exacta (y plural, polivalente) dimensión. Vamos, en este capítulo, a rastrear algunas de sus cimas.

Así, en la nota del autor a la edición española de Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin, nos da una clave. Allí describe:

“La vida de un individuo o de un país exige, para ser comprendida, puntos de vista dialécticos, criterios en movimiento. La trascendencia de un hecho reside menos en lo que él representa en un momento dado, que en lo que él representa como un potencial de otros hechos por venir.” (1)

Vallejo comenta el Salón de Otoño. Hace, aquí, como es natural, una crítica de arte. Pero no se conforma con esto –luego de habernos, por cierto, llevado de la mano por los principales autores que exponen.

En la mejor huella de un Baudelaire, igualmente buido crítico, el bardo peruano plantea toda una estética; y, mediante la profunda poesía de su lenguaje, llega hasta tocar las puertas de una explicación filosófica del mundo. Todo lo cual nos conduce hacia los propios cangilones creativos del autor de Poemas Humanos, para concluir planteando la posibilidad –hasta donde sabemos nunca hecha- de develar el misterio de su poesía. Mejor leámoslo:

“El fin del arte es elevar la vida, acentuando su naturaleza de eterno borrador. El arte descubre caminos, nunca metas. Encuentro aquí, en esta esencia horizontante del arte, toda una tienda de dilucidaciones estéticas que son mías en mí (*), según dijo Rubén Darío, y que algún día he de plantear en pocas pizarras, como explicación –si esto es posible- de mi obra poética en castellano.” (p. 17)

El periodista-poeta sabe penetrar -con vista hacia el futuro- en lo que hemos llamado un maccarthismo avanti la leerte (al que se anticipa en más de cinco quinquenios). En su artículo: “Guitry, Flammarión, Mangin, Pierre

(*) Subrayado de Vallejo

Louys”, con ironía se burla de aquello de endilgarle al Sóviet todos los complots:

“De lo que resulta que el soviet paga ahora todos los picantes. El complot de Sofía fue organizado por Moscú; se descubrió un proyecto de atentado contra Chamberlain en Londres, preparado por Moscú; en la guerra de Marruecos están las manos de
Moscú; los nacionalistas de Montmartre cayeron al asalto de los agentes de Moscú; Moscú subleva a los kurdos contra Turquía…” (p. 43)

Vallejo nos enseña a leer este metalenguaje que utiliza la burguesía para desinformar, y para cumplir, en el caso presente, con alguna anticipación aquel principio del fascismo informativo: “Miente, miente, miente, que algo queda”.

En, por ejemplo, “El último discurso de Briand”, el poeta nos ayuda a dilucidar lo que se esconde allende la cháchara de este representante de la burguesía. Somos entrenados en la salutífera tarea de leer entrelíneas:

“Briand, en vez de hablar en nombre de la ‘ética de las naciones’ y del ‘amor a la paz’, debía hablar en nombre de los hechos y conflictos económicos del momento…” (p. 390)

“En el fondo la diplomacia capitalista sabe que de lo que se trata siempre es de finanzas, en Ginebra como en Locarno, en Versailles y en todas las conferencias a las que se ha dado en acordar ‘Fines altamente morales de paz, de concordia y de cooperación’. La diplomacia capitalista trata siempre, en realidad, de conflictos e intereses económicos.

“Detrás de cada oración de Briand… suenan las cajas bancarias ávidas…”

Para concluir con esta soberbia muestra de su estilo, tan analítico, y tan bien escrito:

“El reciente discurso de Briand –tan celebrado y difundido en la prensa mundial- es de una sola pieza y en puridad de verdad, un auténtico capítulo de economía imperialista.” (p. 391)

Otro gran poeta peruano, Alejandro Romualdo, digno heredero de Vallejo, escribió, alguna vez: “Llamen siempre a las cosas por sus nombres”.

Más de treinta años atrás, Vallejo había dicho:

“¿Por qué no se decide la diplomacia capitalista a llamar a las cosas por sus nombres, declarando al mundo que de lo que se trata en Ginebra es de intereses y actividades económicas o, más exactamente, capitalistas, y no como se pretende hacer creer del ‘derecho’, de ‘justicia’, ni de la paz’” (Ibid.)

¡Qué actualísimo suena esto, traído al contexto de hoy, a la abrumadora desinformación de hoy!

Vallejo sabe decodificar los sistemas de encubrimiento de los imperialismos, de aquellos que, por disputarse las presas económicas, recurren al eufemismo, pues, si se quitaran las caretas, si aparecieran tal y como son, “equivaldría a la declaratoria de una nueva guerra” (la que de todos modos adivino).

Según nuestro zahorí cronista:

“Se ha convenido en seguir ocultando lo que es una verdadera batalla económica, con el barniz irisado del ideal, del derecho, de la paz y otras metáforas morales.” (p. 391)

Y concluye este artículo, esta pequeña obra maestra, con un ramalazo en el que se dan la mano el vate (el que vaticina) y el estudioso de la concepción científica del desarrollo social:

“Mientras tanto, las contradicciones económicas del capitalismo se agravan más y más y la futura guerra sigue preparándose.” (Ibid.)

Es importante anotar que el artículo fue escrito en setiembre de 1929…

Vallejo dedica más de un artículo a Clemenceau. Pero en aquel que escribe a su muerte, realiza una paradigmática tarea desmitificadora (“Clemenceau ante la historia”).

Cita, primero, los elogios hiperbólicos que, al estadista francés, dedicaran escritores y políticos de la talla de Zola, Anatole France, Poincaré, Bismark y el propio Presidente Wilson; para después, hundir el escalpelo de su crítica implacable y demostrarnos que aquel fue, en realidad:

“patriotero intransigente, chauvinista fanático, pequeño burgués, testarudo y ambicioso”

pero, sobre todo, un redomado guerrerista, pues, para Vallejo, su

“gloria consistió en haber predicado y hecho la guerra, como el más sanguinario de los tótems primitivos.” (pp. 398-399)

En la misma línea, podría leerse su artículo “Pacifismo capitalista y pacifismo proletario” (pp. 381-382) donde el poeta dilucida sobre la pseudo paz de la burguesía y la necesidad real de paz de las clases populares; concretamente, en este caso, de los soviéticos.

La clave se halla en preguntarse por qué el Ministerio del Interior de Francia y el Prefecto del Sena prohibieron una manifestación proletaria universal que “tenía por objeto conmemorar la fecha de la declaratoria de guerra de 1914, condenando todas las guerras o tentativas de guerras futuras…”

La sólo muy reciente difusión del corpus de los artículos vallejianos, ha impedido que nuestro autor figure, en lugar privilegiado, en la muy celebrada antología de Adolfo Sánchez Vásquez, Estética y marxismo (2).

Tomemos un fragmento de “Literatura a puerta cerrada”. Aquí, por cierto, no sólo destacamos la certeza del análisis, sino la validez del lenguaje, del estilo (*).

“(estos escritores son) producto típico de la sociedad burguesa, su existencia es una afloración histórica de intereses e injusticias sucesivas y heredadas hacia una célula estéril y neutra de museo… Este insecto plumífero de gabinete es, en particular, hijo directo del error económico de la burguesía…

“Sin darse cuenta posee y pone en juego una serie de instintos de producción, de naturaleza típicamente burguesa, como son los sentimientos y las ideas conservadoras…

“Cuando la burguesía francesa fue más feliz y satisfecha de su imperio, la literatura de mayor prestancia fue la de puerta cerrada…” (p. 284)

(*) Tema del próximo capítulo.

Vallejo es un excelente cicerone en los meandros del arte y la literatura que están naciendo en la sociedad socialista; pero él no se limita –ya lo expresamos-, no se contenta con informar. A cada momento está planteándonos una estética. El presente texto, por ejemplo, merecería incluirse en la próxima edición de la ya citada obra de A. Sánchez Vásquez:

“En el poeta socialista, el poema socialista deja de ser un trance externo, provocado y pasajero de militantes de un credo político, para convertirse en una función natural, permanente y simplemente humana de la sensibilidad. El poeta socialista no ha de ser tal solamente en el momento de escribir un poema, sino en todos sus actos, grandes y pequeños, internos y visibles, conscientes y subconscientes y hasta cuando duerme y cuando se equivoca o se traiciona”. (pp. 308-309)

Y concluye con esa maestría suya para ser él mismo:

“Ésta y no otra es la ejecutoria de un artista socialista. Que lo sepan los desorientados colonos de Moscú en América.” (Ibid.)

Más ejemplos de cómo nuestro poeta-periodista no se limita meramente a informar, a dar cuenta, sino que, con sus criterios, replica, comenta, critica.

En “Los males sociales del siglo”, a una tesis meramente neurológica sobre el surmenage como un mal típico de la vida en las urbes y que puede deberse, o provenir, de la vorágine de la existencia citadina, el lúcido comunicador replica:

“Lo que no tocó el Dr. Vachet fue un lado muy importante y, acaso, el central de la cuestión. Entre las causas objetivas y sociales del surmenage no aludió a la causa económica…
……………………………………….

“El Dr. Vachet vio las cosas de modo muy general, panorámico y hasta superficial, confundiendo en un solo fenómeno a varios fenómenos sustancialmente distintos y que, en consecuencia, exigen recetas y regímenes curativos igualmente diversos a los propuestos en su interesante disertación.” (p. 231)

Hay otro caso altamente semejante. Se trata de “Graves escándalos médicos en París”, donde el poeta examina los “numerosos y gruesos escándalos (que) se han promovido en los últimos tiempos (1929) en los círculos médicos de París, y las academias científicas.”

De modo similar, Vallejo no se limita a informar y rasgarse las vestiduras “ante la inmoralidad de los profesionales que así trafican con la salud y la vida del vecindario”, sino que plantea meridianamente “que semejantes vicios profesionales subsisten y subsistirán mientras no sean examinados en sus profundas causas sociales y económicas.”

Su admonición es, simplemente, paradigmática, y se aplica con tanta propiedad en su tiempo como en el nuestro. Y, por cierto, demuestra hasta qué punto el periodista-poeta coadyuva en una necesaria tarea de profilaxis social. Sigamos leyendo:

“Los crímenes denunciados por la prensa de París resultan pequeños y hasta insignificantes comparados con los crímenes que no se han denunciado ni se denuncian nunca –a pesar de estar en la conciencia de todos- y que… son congénitos a la propia naturaleza económica de las profesiones liberales. No es posible eliminar del rol profesional el elemento delictuoso consistente en el espíritu de lucro y en la tendencia a la especulación ilimitada –que le son orgánicos y peculiares- sin destruir toda la razón de ser de la profesión. Muy pocos son los que perciben este pecado original de las profesiones liberales. Muy pocos.” (pp. 339-340)

En el artículo “Moscú en el porvenir”, encontramos otra válida muestra de cómo el poeta no se limita a exponer las ideas de un autor, sino que las discute y demuele a base de su sólida formación científica, de su capacidad analítica imponderable. Aquí, pues luego de exponer las ideas de Lucien Romier (“que pasa por ser un sociólogo de laboratorio y por plantear y tratar los fenómenos sociales con riguroso y hasta revolucionario método objetivo”); después de exponerlas, las discute radicalmente.

Veamos. Según la tesis bizantina de Romier, la ciudad de Moscú está destinada a desaparecer, por razones de navegación fluvial, marítima o algo por el estilo.

Pero Vallejo señala que este autor se ha estacionado en el principio de los fisiócratas, para quienes “las leyes constitutivas de la sociedad son las leyes de orden natural”.

Nuestro poeta añade que “Romier se queda aquí y rechaza o no concibe la influencia del medio social sobre la naturaleza o sobre la propia sociedad, influencia que, según Marx, toma día a día un peso decisivo en los destinos y transformaciones sociales…”

Luego, nos habla de la “estancada mentalidad de Romier”, de su “ceguera orgánica, producto genuino de prejuicios clasistas”. Pues “aquí empieza, para salvar su tesis en peligro, a echar mano a la sutileza, al ingenio y al sofisma, instrumentos todos estos típicamente reaccionarios, al servicio consciente y subconscientemente de la rivalidad capitalista contra Moscú y los destinos del Sóviet” (pp. 421-423).

En “Las grandes lecciones culturales de la Guerra Española”, hallamos otra muestra de texto paradigmático, en el orden de ir más allá de la información y de la señalización del deber de los intelectuales y su vigencia en la práctica en la vida cotidiana.

El artículo –que es casi un ensayo breve- empieza con una autocrítica y un reconocimiento del papel, más bien modesto, de los intelectuales respecto al “giro de la política”(*) que siempre está en manos de los ”bancos,
(*) José Carlos Mariátegui tiene idéntica posición, y nosotros hemos planteado, abundantemente, este tema en nuestro libro, Martí/Mariátegui: Literatura, Inteligencia y Revolución en América Latina. 2º edición. Fondo Editorial EDUCAP, Lima, febrero 2009

latifundios y carteles industriales, es decir, en las manos de los cavernícolas y beocios –enemigos naturales y jurados- de la inteligencia ded todos los tiempos”. (Énfasis nuestro).

El poeta-periodista tiene el dicterio flamígero, máxime si tenemos en cuenta que escribe en pleno desarrollo de la Guerra Civil Española:

“Inútil es que los enciclopedistas se insurjan y blasfemen contra la sociedad medieval: la reyecía, el clero y la n obleza disponen aún de un siglo para chupar la sangre de las masas. Los apòstrofes de Hugo no pesarán en nada en el ánimo de Thiers para aplacar o, al menos, suavizar la feroz represión de la Comuna.

………………………………………………….

“Y el día en que Ortega y Gasset, Benavente, Marañón y Menéndez y Pidal, Machado, unidos en un solo clamor de libertad defendían la República en España, Franco, Hitler y Mussolini ordenan el asesinato de miles de mujeres y niños en las calles de Irún, Badajoz y de Madrid. El fenómeno siempre es idéntico.

“No nos hagamos ilusiones…asistimos al imperio absoluto de la barbarie sobre la cultura”. (p. 441) (Énfasis nuestro).

Pero no todo es negativo. Nuestro Vallejo es, ¡claro que sí!, dialéctico. Y si por necesidad salutífera, empieza desmificadoramente, luego reconoce:

“Mas los fueros de la inteligencia tienen su revancha. Si la protesta en comicio [sic] y de viva voz, si el ademán viviente, en carne viva, de combate, se estrellan, en realidad, contra los poderes económicos coaligados, la inflexión intemporal de la idea contenida en un discurso, en un artículo del día, en un mensaje o manifiesto, es petardo que se hunde en las entrañas profundas del pueblo, para estallar, en cosecha segura, incontrastable, el día menos pensado”. (p. 442)

Y concluye con lo que no podemos menos que llamar una bellísima poética para el intelectual de todos los tiempos:

“Y es que lo que importa sobre todo al intelectual, es traducir las aspiraciones populares del modo más auténtico y directo, cuidándose menos del efecto inmediato (no digo demagógico) de sus actos, mas de su resonancia y eficacia en la dialéctica social, ya que ésta se burla, a la postre, de toda suerte de vallas, incluso las económicas, cuando un ‘salto’ social está maduro” (Ibid.) (Énfasis nuestro).

El texto finaliza con la presentación de los arquetipos de:

“lo que debe ser el hombre de pensamiento, aquel cuya conducta pública contenga “a la vez que el gesto, vívido y viviente, de protesta y de combate, un grado máximo de irradiación ideológica.” (Énfasis nuestro).

Y esta dimensión la adquieren los grandes escritores republicanos Alberti, Bergamín, María Teresa León y Max Aub, a quienes viera en un meeting en París, amén de otros como Ramón Sender, Serrano Plaja y Cernuda,

“que luchan en las trincheras de Madrid y a la vez reflejan, traducen, “el humano y universal desgarrón español en el que el mundo se inclina a mirarse, como en un espejo, sobrecogido, a un tiempo, de estupor, de pasión y de esperanza.” (Ibid.)

NOTAS

(1) Vallejo, César. Rusia en 1931…, p. 9. Lo repetimos: salvo indicación en contrario, los subrayados en negrita y/o en cursiva son del autor de este estudio.
(2) Sánchez Vásquez, Adolfo. Estética y marxismo. Dos tomos. México, Edit. Era, 1970. Aunque parcialmente conocidos, es sólo a partir de 1987, que se difunden orgánicamente (J. Puccinelli, ob. cit.) los textos periodísticos de CV.

IV. CALAS EN EL ESTILO PERIODÍSTICO DEL BARDO

Mucha agua ha corrido bajo los puentes del estilo poético del bardo. Vallejiano es quizá el calificativo, que se ha ido imponiendo, para tipificar ese modo único e irrepetible de decir ciertas cosas, en poesía, y nosotros añadiríamos ¡también en su prosa periodística! O, por lo menos, en algunas de sus más calificadas muestras (que no son pocas).

Ese trabajo sobre el lenguaje, hasta domeñarlo, se transparenta, igualmente, en el discurrir de artículos y crónicas de todas las épocas.

Espiguemos un poco al azar.

“el rijoso y calofriante terreno cuaternario del fascismo, expreso o disfrazado.” (p. 439)

“La Exposición (de Artes Decorativas de París, 1925) pone de manifiesto la vida y el espíritu de nuestra época en toda su carnación elíptica y cardiaca.” (p. 38)

Al comentar los “Lienzos de Merino. La muerte de Colón”, último cuadro del artista, nos encontramos esta adjetivación tan característica del autor de Espergesia.

Se trata de una:

“Obra de pesadilla, de fuerte reumatismo metafísico.
………………………………….
“Haciendo memoria y computando fechas, resulta, pues, que “La muerte de Colón” corresponde a las postrimerías de la vida de Merino y así se explica el espíritu reconcentrado, la fulminante tisis teológica de esta tela, a cuyo efecto concurre a maravilla el general perfume de santo trigo pútrido que se exhala del lienzo.” (pp. 213-214).

En el capítulo segundo ya hablamos algo sobre la maestría vallejiana en los retratos. Detengámonos un poco en estos esbozos geniales sobre bailarinas:

“Isadora Duncan fue sobre la escena musa, valkiria, ninfa, santa, medusa, bruja, fantasma, vapor de agua, humareda de sangre antigua y moderna. Ana Pavlova va a las flores y a las aves por amor de la pechuga del paráclita y del peciolo que ama al Sol. Aquella genial Tórtola Valencia, que murió (¿) de locura en un teatro de La Habana o que se ha convertido en ojerosa piedra de río en algún país sagrado, bailaba arqueológicamente, columna a columna, crótalo a crótalo, símbolo a símbolo, al amor de su poderoso vientre sacerdotal semidescubierto por el manto de Iris.” (p. 70)

Un rasgo característico del estilo del periodista Vallejo, es el uso de la ironía:

Veamos algunos ejemplos característicos: Vallejo cuenta el caso de un tal M. Teineur que “se ha querellado ante los jueces contra su esposa, acusándola de que le traiciona con… su primer marido, fallecido hace algunos años.” La susodicha doña se niega a compartir el lecho conyugal con el demandante, y mas bien, se queda en su saloncito “diz que a jugar al espiritismo.” La cosa ha llegado a mayores porque el supuesto cornudo onírico agrega que “la última noche ha oído él, con sus propios oídos, que la culpable se besaba ruidosamente con el difunto, a quien ella murmuraba palabras de amor, entre suspiros más o menos metafísicos.”:

“Al señor Juez solicita M. Teineur que apreciando su queja en justicia, imponga a la adúltera la sanción correspondiente. Los jueces de Bordeaux han convocado por edicto a los plausibles testigos y han ordenado que el querellante presente ante la ley el cuerpo del delito y, en su defecto, el espíritu. (Un tema para cuento de ese gran imaginativo que es Clemente Palma, autor de ‘Mors ex vita’) (p. 102) (*)

También, en el simpático rubro de la ironía –del humor- escogemos “El sombrero es el hombre” que, para comenzar, es una ingeniosa paráfrasis de la celebérrima frase de Buffon: El estilo es el hombre. Escrita en París, en julio de 1926, y con soberbia prosa, vale la pena citar fragmentos de la crónica en referencia:
“Todas las cosas llevan su sombrero. Todos los animales llevan su sombrero. Los vegetales también llevan el suyo. No hay en este mundo quien no lleve la cabeza cubierta. Aun cuando nos
quitamos el sombrero, siempre queda nuestra cabeza tocada de algo que podríamos llamar el sombrero innato, natural y tácito de cada persona, que no es del todo inseparable.” (p. 128)

(*) Es interesante cómo César Vallejo parece haber “perdonado”, a Clemente Palma, las zahirientes palabras de éste, escritas contra él en su sección “Correo Franco”, de la revista Variedades, Lima, año XIII, N-499, set. 22, 1917, pág. 101, a propósito de su texto “El poeta a su amada.” Sólo habían pasado, de aquéllas, nueve años.

Busquemos otros ejemplos:

“A la opinión pública no le toca sino mirar con indiferencia estas pintorescas carreras de caballos, que son los premios literarios en Francias.” (p. 188)

“Aun más allá de la tumba impera un horario. La muerte misma lleva reloj y sujeta sus actos de muerte a la medida del tiempo, porque la Muerte, para matar, tiene que estar dentro de la disciplina del reloj; en caso contrario sería una muerte que no mata.
……………………………………..
“Gustavo V, Rey de Suecia, se va a jugar tenis a Cannes, con todas sus arrugas, su pecho, su pantalón y sus hijos.” (p. 213)

Ya hemos citado este ejemplo, pero encaja deliciosamente aquí. Lo repetimos. Se trata del “Congreso Internacional de la Rata”:

“Delegados de todos los países han discutido en el gran anfiteatro de la Sorbona acerca de la rata, de su pelo zoológico, de su dentadura moral, de sus ojos políticos, de sus huesos financieros, de su rabo metafísico.” (p. 291)

Comenta, ahora, la pérdida, en el Polo Norte, del gran explorador noruego Roald Amudsen:

“Habrá sufrido una caída y las focas melancólicas llorarán junto a sus restos de héroe… Fueron de todas partes en su socorro. Y en una tarde gris volvió el explorador, por vía marítima. No le había sucedido nada. Mejor dicho, le había sucedido la tragedia de no sucederle nada.” (p. 48)

En “La nueva generación en Francia”, se refiere a los surrealistas y a su “afición al escándalo”, como buenos sobrinos de Dadá. Cierta vez, en el teatro de vanguardia “Vieux Colombier”, armaron un escándalo, quebraron sillas, etc.:

“a fin de llamar la atención y sublevar a la Prudencia bípeda y al bípedo Equilibrio.” (p. 49)

“La música –se refiere a la de Erick Satie- allí gesticula, hace barra, se muerde el codo, calla o ‘escupe por el colmillo y mea contra el viento’, como dice Percy Gibson.” (p. 122).

“En un circo alemán” es motivo para hacer un escorzo de este espectáculo universal:

“¿dónde está, pues, la gracia elíptica, la fuerza lineal, el espíritu feérico, esenciales al circo?” (p. 389).

La época de crisis que vivió el poeta lo hizo asistir al nacimiento y proliferación de una suerte de taumaturgos o predicadores de marras (“apóstoles”, los llama él), a los que no puede menos que observar con el ojo crítico, zahorí, que le permite apreciar cuánto de impostura hay en sus acciones.

Leamos, pues, “El apostolado como oficio”, y subrayemos, juntos, tanto el manejo del buido escalpelo de la crítica, cuanto el uso de un estilo profundamente desmitificador, de los mejores que emplea el poeta-periodista, y que viene bien adobado con ramalazos de puntos de vista filosóficos en los que, asimismo, es tan pródigo nuestro escritor:

“El señor Tagore a la cabeza… el señor R. Rolland muy serio: el señor Barbusse, ensangrentado; el señor Sterheim, labiado de impertérritas acusaciones contra el justo medio… Hasta que un día pasan los apóstoles de la urbe a la aldea, y entonces las gentes directas y simples se sorprenden, en sus buenos corazones ignorantes, no sólo del avance esplendoroso de los apóstoles, sino hasta de su propia existencia. ¿Cuál será la razón de la existencia de estos insurgente de nuevo cuño?” (p. 226)

Los hombres de provincias, de las aldeas, no comprenden, por cierto, nada de la cháchara de estos predicadores de marras. Veamos la deliciosa forma que tiene de contárnoslo Vallejo:

“Los hombres de provincias ignoran estas gárgaras de sangre, estos, evangelios complicados, hechos de ideas generales, de logaritmos abstractos, de cifras y teorías filosóficas. Los provincianos, tan inteligentes como candorosos, conocen y saben de las lágrimas vivas, de la risa fresca, del pan caliente, del agua, de la aflicción del surco indocto, de las cóleras y amores profanos e ignoran la literatura. ¿Por qué los salvadores d’aprés-guerre hacen de los males sanos de la vida tanta literatura” ¿Por qué se revuelcan en una ciénaga de males literarios y van por el mundo derramándolos y envenenando con ellos a los demás mortales? Hay quienes caen y sucumben, comidos de esta nauseante sarna seudomística. Pero, por felicidad, hay quienes resisten al arácnido. De éstos, son los hombres de provincia, las gentes de la tierra, los llanos, los prudentes, los sages. (*)

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(*) Subrayado de Vallejo

“Y, cuando ven a los apóstoles, un sano instinto de conservación los lleva a defenderse de ellos, clamando lastimeramente: ¡Socorro! ¡Los apóstoles!...

“El apostolado se ha profesionalizado, se ha prostituido, Ahora todos son apóstoles. Ya no quedan hombres a quienes salvar, puesto que todos son salvadores.” (p. 226)

En el capítulo IV de este libro, veremos el sistema de vasos comunicantes entre periodismo y literatura, y cómo varios de estos textos –artículos, crónicas- rozan y/o navegan, directamente, en el proceloso mar de la creación literaria.

Para adelantar lo anterior, veamos esta crónica sobre “Los funerales de Isadora Duncan”, verdadera pequeña obra maestra, en la que el periodista da un paso atrás, para que el poeta de la prosa tome la batuta y conduzca esta suerte de mise-en-scène en la que la poesía de la danza, por el ritmo, por la armonía de la prosa, por el estilo musical, tienen la palabra. Leamos:

“Son los funerales, castos y sonrosados, de Isadora Duncan. La pira griega recibe alegremente con leño antiguo, familiar por la estatura, rico en esencias combustibles. Son los funerales,
castos y dionisiácos, de Isadora Duncan.”

Repárese, acá, en la figura de la antítesis: entre casto y dionisíaco la dicotomía lógica es obvia; pero la unión se produce en el mundo superior de la poesía, con la que el poeta-periodista nimba esta página inefable:

“Al resplandor del fuego en que está ahora ardiendo el cuerpo, humano y regular, de Isadora Duncan, vemos con nuestros ojos, humanos, regulares, que es carne y nada más cuanto ha sido la bailarina de los pies desnudos. Ni figura de los vasos griegos ni estatua de Tanagra. Ni velos ligeros ni arabescos. Tampoco bajorrelieve antiguo ni la musa que juega a los huesecillos, sobre la arena de Salamina. La bailarina de los pies desnudos fue sólo carne viva, acto caminante y orgánico del universo. ¿A qué más sino a carne puede aspirar el ritmo universal? La más dinámica estatua del friso más perfecto, no vale en euritmia una corriente de sangre que riega la segunda cabeza de un monstruo de carne y hueso. Y en Isadora Duncan fue la carne más carne, el hueso más hueso, el dolor más dolor, la alegría más alegre, la célula más dramática: todo para violentar la inquietud del ser humano y para hacer la vorágine vital más dionisíaca.” (p. 245)

El texto está tachonado de imágenes deslumbrantes, hace uso de hipérboles y anáforas que transforman la simple crónica, en la que se da cuenta de un hecho (el funeral de la diva) en una página de creación arquetípica.

En otra ocasión, al presentarnos la diferencia entre obreros manuales e intelectuales, nos ofrece la siguiente, sorprendente tipificación:

“…El diálogo de ambos obreros recuerda, por su calofriante monotonía temática y por la trágica simplicidad del verbo, el ‘Preludio’ de Rachmaninoff, la danza de la Duncan o una novela de Joyce: todo lo que está logrado sin ayuda predominante de la inteligencia y sólo a base del instinto creador…” (p. 285)

Es claro que quien escribe esto no es un periodista adocenado: aquí tenemos al vasto conocedor del arte y la cultura de su tiempo, pero, a la vez, a un hombre que, con una concepción del mundo, privilegia el culto a la vida, a la sensibilidad, por encima de intelectualismos, entonces y ahora predominantes.

Sobre lo mismo, leamos un artículo en el que, con el tema aparente de la poesía nueva de Norteamérica, aprovecha para plantearnos lo que él piensa sobre el asunto que nos ocupa:

“El nuevo mundo exige en todas partes un impertérrito impulso vital, un profundo impulso sanguíneo de la vida, un supremo realismo una dialéctica uniformemente acelerada.” (p. 373).

En el mismo texto, al referirse a las traducciones, despliega la panoplia de su riqueza para la calificación (y, asimismo, tenemos una nueva incidencia en el asunto que tratamos en el párrafo anterior). Leamos:

“Lo que se traduce de Walt Whitman, de Goethe, son cualidades y acentos filosóficos, y muy poco de sus calidades estrictamente poéticas. De ellos sólo se conoce, en los idiomas extranjeros, las grandes ideas, los grandes movimientos animales, pero no se perciben los grandes números del alma, las obscuras nebulosas de la vida, que residen en un giro, en una tournure, en fin, en los imponderables del verbo.” (p. 372).

Sólo haremos brevísimos apuntes de una crónica que, bajo la cobertura de “policial”, esconde – ya lo sugerimos- un cuento preborgiano, y donde se hallan algunos puntos cimeros del estilo vallejiano de la prosa.

Se trata de “Un atentado contra el Regente Horty”. Aquí hay un lenguaje profusamente metafórico, un despliegue de imágenes que no resistimos citar (*):

“Desde la calle nos juraba un silencio desusado.
“Entéreme, por crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de alto delito…
“-Yo no tengo nombre- dijo el preso cubierto de sudor y dignidad.
“Bajé los ojos, dando viento a mis órganos medianos y me quedé Vallejo ante Munchay.” (p. 320).

Un rasgo que, asimismo, puede y debe destacarse, en la prosa periodística de Vallejo, es su estilo sentencioso; en muchas ocasiones es

(*) Más detalladamente examinaremos el presente texto en el capítulo siguiente.

imposible resistir (como en José Martí) el apropiarnos de algunas citas suyas, idóneas para una serie de situaciones. Al azar escogemos:

“En algunos casos, la vida y la muerte no pasan de meros giros de sintaxis.” (p. 152)

“…la Casa Blanca o, mejor dicho, cuanto sale de Norteamérica, hace casi siempre temblar al mundo, en materia política, como en aberraciones filosóficas.” (p. 154)

“…el Quijote es un político sin fuerza para imponer sus ideales de Gobierno.” (p. 155)

“Si Beethoven se queda en las aristocracias espirituales y permanece inaccesible a las masas, peor para él.”

“Hacedores de imágenes, devolved las palabras a los hombres.”

“Al celestinaje del claro de luna, ha sucedido el celestinaje del cinema.” (p. 165)

“Hoy son los automóviles los que mandan y no los cuadros ni las estatuas como sucedía en las sociedad del Renacimiento.” (p. 166)

“…la comodidad y bienestar de los hombres no depende [sic] tanto del progreso industrial y científico, sino de la justicia social.” (p. 168).

“Las brujas quijarudas que merodean en torno de los grandes hombres públicos de Francia…” (y de todos los lugares, añade el autor del presente libro) (p. 174).

“La Sociedad de Naciones, fuera de este rol de acreedor, sirve, además, para enseñar en Europa la geografía de esos pequeños países deudores, pobres y remotos…” (p.180)

“…la muerte había ya también abotonado sus botones superiores.”

“…no hay cosa más aburrida que la sombra. La luz es rica en variaciones nerviosas….La mucha luz, a lo más, ciega. La mucha sombra, mata”. (p. 185)

“Mi vida podrá ser todo lo modesta y lacrada de falta que se quiera, pero procuro viviría siempre honestamente, es decir, sin traicionarme ni traicionar a los demás.” (p. 191)

“En la poesía seudo-nueva caben todas la mentiras y a ella no puede llegar ningún control.” (p. 206)

“…un hombre aislado, que no pertenece a ninguna agrupación social o sindicalista. puede impunemente ser víctima de los errores de la justicia.” (p. 231).

“Se le cree (a Guillaume Apollinaire) un corruptor de la juventud, en cuyo orden de arterias aceza, por abajo, un crotálico charleston de instintos.” (p. 235)

“ El artista es inevitablemente un sujeto político. Su neutralidad, su carencia de sensibilidad política, probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética.” (pp. 253-254) (*)

(*) Compárese este punto de vista con el de Mariátegui. Vid. Nuestro varias veces citado libro Martí/ Mariátegui...

V. PERIODISMO Y LITERATURA O UN PERIODISMO CREATIVO Y CREADOR

Al final del capítulo anterior, citamos una serie de fragmentos donde era posible ver el trabajo estilístico del bardo-periodista. Y, asimismo, a lo largo de esa sección, la presencia de numerosas estancias de prosa poética, nos permiten arribar a la conclusión de que, en Vallejo, el trabajo de la comunicación periodística impresa no anduvo divorciado de su condición de creador integérrimo.

Es más, la frecuentación de los textos reunidos en Desde Europa y, asimismo, en La cultura peruana (1) resulta saludable para acceder a la comprensión total de la obra creativa de Vallejo, sencillamente porque, en muchas de estas crónicas y artículos, el autor de “Masa”, seguía poetizando, seguía creando (amén de informando, por cierto, pues Vallejo no dejó nunca de ser periodista a carta cabal en sus artículos y crónicas).

El presente capítulo incidirá en diversos ejemplos –¡más ejemplos!- de la prosa poética de Vallejo, o estancias en las que un artículo, de repente, contiene, incrustados, poemas en prosa (como aquel ya citado de “Los funerales de Isadora Duncan”) (2) y luego prosigue su tono narrativo de crónica.

Igualmente, un tópico interesante es el que incide en la preocupación de Vallejo por darnos diversas poéticas, luminosas páginas de su estética y, a veces, desorientarnos (por lo menos desorientó a algunos) al hacer pasar como artículos, por el hecho de haber aparecido en revistas, a verdaderos poemas en prosa, como “La defensa de la vida” (3) y “La dicha en la libertad” (4), amén de “Se prohibe hablar al piloto” (5) que, por favor, no puede ser ni “Artículo” ni “crónica” y que, por lo tanto, resulta tan insólita su presencia en selecciones de aquéllos; como, igualmente, lo resulta la inclusión de “Una crónica incaica” y “La danza del Situa” (6), por más que el editor lo justifique, escribiendo que lo hizo “para no romper la secuencia de la contribución periodística de Vallejo” (7). La verdad que no entendemos este galimatías.

También relevamos numerosos casos de intertextualidad: o sea, de momentos en los que, desde la crónica y/o artículo, se prevé el poema: o cómo, en el escrito periodístico, perviven hallazgos provenientes de poemas, como ese adjetivo –tan vallejiano- “quijarudo”, presente en Trilce LXV, y que aparece en dos artículos que señalaremos en su momento.

Existen, del mismo modo, bajo la piel de crónicas y/o artículos, larvados o en agraz, cuentos o greguerías, ensayos o disquisiciones filosóficas, metafísicas, a las que nuestro poeta, por otra parte, era tan adicto.

Un solo ejemplo. ¿Cómo podríamos llamarle a esto?

“En algunos casos, la vida y la muerte no pasan de meros giros de sintaxis.” (8)

Vallejo es un escritor que permanentemente defiende los fueros del arte, del espíritu, del creador. Combate, sin tregua, contra todo lo que intente ahogar a la criatura humana, a aquella que, tan paradigmáticamente, hiciera protagonista de toda su obra creativa (incluimos, ya definitivamente, la periodística).

La obra de arte literaria, en su más alta dimensión, llega a la categoría de filosófica: ofrece una cosmovisión. Se pregunta por el mundo y se da sus propias respuestas.

En medio de estos textos periodísticos, que no vacilamos en agrupar dentro de su obra de artista de la palabra, se da el mismo fenómeno.

Vallejo hace comunicación periodística; mas, Vallejo, por intermedio de ella, asimismo, poetiza. Y Vallejo, en definitiva, por el mismo conducto, asimismo, filosofa.

Son numerosos los casos de filósofos que han necesitado a la poesía para comunicarse (Nietzsche, Heidegger): o a un sucedáneo de ella, como la novela, el cuento, el teatro: dimensiones, también, es cierto, de la creación (Sartre, Camus, García Márquez, Saramago et al).

No resulta peregrino, pues, que Vallejo haga incisiones en el campo de la filosofía, pero que ella, siempre, tenga, como dirección fundamental, la de apuntalar al oficio, al métier del escritor, y que, en definitiva, ello ayude a resolver sus propias preguntas.

Un texto ejemplar, en este sentido, es el que se encuentra en su “Carta de París”, de agosto de 1925.

El poeta-periodista hace disquisiciones a base de una cita de un cierto doctor Biot, quien escribió, en la revista “Páginas medicales y parisienses”, lo siguiente alrededor del milagro (tema que, de suyo, acicateaba las tendencias metafísicas de nuestro autor):

“En fin, lejos de ser el triunfo del desorden y de lo ininteligible, el milagro, es al contrario, la confirmación deslumbrante del orden, pero de un orden que rebasa las contingencias habituales.”

Finaliza la cita del francés, y toma la palabra Vallejo:

“¿Se quiere más sublime síntesis de la ciencia y de la fe, de lo natural y sobrenatural? Sólo que esta misma noción suprema del orden trascendental de la vida apoyado en todos los contrarios aparentes y limitativos, la había dado ya, hace algunos años, el gran escritor latinoamericano Antenor Orrego (*) diciendo ‘El milagro no es lo realizable, sino lo que debe realizarse’.” (p. 56)

Y aquí nuestro poeta aprovecha para plantearnos una de sus más logradas concepciones sobre el arte y el artista, sobre toda una estética de la palabra poética. Leamos y meditemos, juntos, acerca de la incontrovertible calidad de estas conclusiones vallejianas, que, por cierto, igualmente, pueden, deben, estar incluidas entre las mejores páginas antológicas del pensamiento estético peruano; o, más clara y definitivamente, latinoamericano, universal:

“Sucede, pues, que las verdades sumas aman salir de la boca de un poeta, antes que de la boca de un matraz. No por otro
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(*) Injustamente olvidado, y a quien Vallejo le debió tanto. 1992 fue, igual que el del autor de Trilce, el del centenario de Orrego, que pasó prácticamente desapercibido. CV, sin embargo, cada vez que puede, señala el valor de quien fuera, en realidad, su mentor intelectual.

(**) Recuérdese que, cuando no hay indicación de libro, la cita es tomada de Desde Europa. Y no lo hacemos con llamada a pie de página.

motivo ha ocurrido tan bella suerte de siembra esta santa frase nueva, en que late la nueva humanidad, que el novelista inglés Joseph Conrad incluye en su libro ‘Remenber’: ‘¡Dadme la palabra justa y el acento justo y moveré el mundo!’ Al apogeo desenfrenado y ciego de la palanca de Arquímides, al entusiasmo groseramente positivo que ha parido el aeroplano bombardeante y el asfixiante gas de las batallas, menester es que suceda el apogeo del Verbo, que revela, que une y nos arrastra más allá del interés perecedero y del egoísmo.” (pp. 56-57).

Sobre el mismo tema de la estética, es de gran actualidad la crítica que hace Vallejo al propio Gorki, a quien cuestiona porque lo que dice él del arte proletario resulta, mutatis mutandi, lo mismo que “han dicho del arte burgués los estetas y críticos burgueses de todas las épocas.”

Y concluye con un razonamiento muy en su línea de rescate de todo lo concerniente a la defensa de la vida y del hombre:

“por otro lado, el concepto de Gorki responde a un criterio moral del arte y no a un criterio estético, en el sentido vital y creador de este vocablo.” (p. 306)

Los momentos de la gran crisis de entreguerras, que vivió Vallejo en el atormentado corazón de Europa, tienen una aguda semejanza con los nuestros, en los que, con la caída de la URSS y el colapso estrepitoso de la llamada Comunidad Socialista, asistimos a una arremetida de ese nuevo fundamentalismo, que es la salvaje, inhumana oleada del capitalismo antropofágico, que ahora usa el antifaz de neoliberalismo.

En medio de semejante vorágine, el escritor, el artista, sufren las consecuencias de una marginación que reduce su papel a una mínima expresión, si es que ésta, por lo menos, le queda. Salvo que se produzca lo que a menudo se produce: el creador que asume la política del avestruz: hunde su testa bajo la tierra ensangrentada, y ve (aunque se hace el que no ve), impasible, la masacre, el holocausto de sus ideas, arrasadas por la avalancha de inhumanidad que todo lo inunda.

Le queda, también, a este escritor-avestruz, ser cómplice, con su silencio, con su sonrisa bonachona de no-es-conmigo; hasta que se produzca la situación, ya suficientemente citada, del poema de Bertold Brecht, en el que empiezan a llevarse a fulano de tal, y como-no-es-conmigo; y, luego, a mengano de tal, y como-no-es-conmigo…

En fin, el escritor auténtico, el que mantiene enhiesto el gonfalón de sus ideas, el que cree en la pervivencia de los ideales de Vallejo, de Mariátegui, de Neruda, de Paul Eluard, de Louis Aragón, de Rafael Alberti, de Nazim Hikmet, de Jorge Amado, de Nicolás Guillén, de Javier Heraud, de Alejandro Romualdo, de Gustavo Valcárcel, del propio Brecht, tiene que buscar (y encontrar), salidas para su propia sobrevivencia.

En este sentido, también, es paradigmática la obra periodística de nuestro poeta universal. Vallejo, constantemente, en las entrelíneas de sus artículos y crónicas, nos está dando las claves para algunos caminos.

Veámoslo (y tratemos de seguirlos los que aún tenemos el valor de sostener nuestros propios ideales, y no nos hemos adherido a los cantos de sirena de la irresponsable, tautológica postmodernidad, que ahora aparece como la gran alcahueta –o el oasis o el Topos Uranos, para todos los desarraigados).

La siguiente cita, también necesariamente larga, constituye un derrotero que debe ser confrontado, minuciosamente, con la condición del escritor contemporáneo.

“Para salvar de la miseria a los escritores no hay sino que desconfinar al escritor de sus concha profesional y que lance sus tentativas y posibilidades humanas en todas direcciones. Así no se morirá de hambre y así, por otro lado, ganará el arte en riqueza vital, en inspiración cósmica, en agilidad, en gracia y en desinterés circunstancial. Si hay una actividad de la que no se debe hacer profesión, ésa es el arte. Porque es la labor más libre, incondicionable y cuyas leyes, linderos y fines no son de un orden inmediato como los de las demás actividades.

“Como se ve esta teoría se funda en que el escritor ha de estar dotado de fuerzas para hacerlo todo. Tal un Rimbaud. Mientras los otros hombres sólo pueden ser abogados y sólo abogados, o tenientes coroneles y sólo tenientes coroneles y se limitan y se profesionalizan en ésta o aquella actividad, el artista en cambio ha de hacer tabla rasa de las divisiones del trabajo, practicándolos todos.” (p. 163)

En la obra periodística de Vallejo, en ciertos artículos, ya hemos afirmado que se rebasan los linderos de éstos, para llegarse a verdaderos ensayos de estética, donde el poeta nos plantea, con claridad meridiana, sus puntos de vista, sus concepciones vitales y creadoras del arte y la política. Y en esto, igualmente, resulta paradigmática su posición, porque no tiene en cuenta posibles limitaciones, no obstante que los objetos de sus críticas sean sus compañeros de generación o sus pares ideológicos.

“Literatura proletaria” (pp. 304-306) es uno de esos artículos claves para el punto que estamos tratando. Leamos:

“Cuando Haya de la Torre me subraya la necesidad de que los artistas ayuden con sus obras a la propaganda revolucionaria en América, le repito que, en mi calidad genérica de hombre, encuentro su exigencia de gran giro político, y simpatizo sinceramente con ella, pero en mi calidad de artista no acepto ninguna consigna o propósito, propio o extraño, que aun respaldándose de la mejor buena intención, somete mi libertad estética al servicio de tal o cual propaganda política. Una cosa es mi conducta política de artista aunque, en el fondo, ambas marchan siempre de acuerdo, así no lo parezca a simple vista. Como hombre puedo simpatizar y trabajar por la Revolución, pero como artista, no está en manos de nadie, ni en las mías propias, el controlar los alcances políticos que puedan ocultarse en mis poemas.”

En el ya citado artículo sobre “La nueva poesía norteamericana” (9) tenemos oportunidades varias para arribar a zonas importantísimas de la estética de Vallejo, y de su élan vital, substrato –cada vez va siendo esto más claro- de su obra creativa toda (lo repetimos: se incluye, sin cortapisas, a la ladera periodística).

El texto empieza con una disquisición sobre el traducir, y de pronto nos hallamos en el centro de una teoría del arte poético, que es mejor leer en sus propias palabras:

“…todos los que como Huidobro trabajan con ideas en vez de trabajar con palabras y buscan en la versión de un poema la letra o texto de la vida en vez de buscar el tono o ritmo cardiaco de la vida… Se olvida que la fuerza de un poema o de una tela arranca de la manera cómo en ella se disponen los materiales más simples y elementales de la obra. El material más simple y elemental del poema es, en último análisis, la palabra y el color de la pintura. El poema debe, pues, ser trabajado con simples palabras sueltas, allegadas y ordenadas según la gama creadora del poeta.” (p. 372)

Aquí, sin duda, entramos a un área riquísima que veremos un poco más adelante; la de las autorreferencias.

Nos parece palmario que Vallejo, especialmente en las últimas líneas citadas, está hablando de sí mismo y del formidabilísimo material que por esos mismos momentos –este artículo se publica en “El Comercio”, el 30 de julio de 1929- se halla pergeñado, y que aparecería, post-mortem del bardo, con el título de Poemas Humanos, editado por Raúl Porras Barrenechea –autor de la onomástica del libro- y por Georgette de Vallejo.

Aunque lo hemos parcialmente citado, vale la pena, para redondear la idea que tenía nuestro autor de la traducción, recordar el siguiente addendum, proveniente del mismo artículo:

“Lo que se traduce de Walt Whitman, de Goethe, son calidades y acentos filosóficos, y muy poco de sus calidades estrictamente poéticas. De ellos sólo se conoce, en los idiomas extranjeros, las grandes ideas, los grandes movimiento animales, pero no se percibe los grandes números del alma, las obscuras nebulosas de la vida, que residen en un giro, en una ‘tournure’, en fin, en los imponderables del verbo.” (p. 372)

Para hacerlas más relevantes, hemos subrayado las expresiones que escapan a lo que podría ser “prosa periodística” mostrenca: es de Vallejo, y sólo de Vallejo, aquello de “…los grandes números del alma, las obscuras nebulosas de la vida…”

A pesar de su posición raigalmente antimperialista, Vallejo es capaz –porque es todo menos un abyecto sectario- de reconocer el carácter ecuménicamente precursor del verso de Whitman y, sobre todo, insertarlo en cierta característica positiva –algo de positivo ha de tener- de la mentalidad norteamericana.

Leamos cómo lo dice Vallejo, con lo que, además, adelantamos una de las características de su condición de periodista paradigmático: la de saber leer, en profundidad, el presente, para de allí proyectarse al futuro.

Nos referimos, concretamente, en este caso, a la americanización del orbe, que comienza, como él lo señala, con “la americanización lenta y tácita de la juventud europea”, debido, según la fuerza honesta de su análisis desprejuiciado, a que:

“existe un hecho que tiene en este caso una gran fuerza: el imperativo vitalista de nuestra época es de señalada tradición norteamericana.” (p. 373) (Énfasis nuestro).

Y a continuación viene el aserto sobre el valor de Whitman (este juicio es de 1929, cuando ni siquiera en su propia patria se le consideraba así):

“Walt Whitman es, sin disputa, el más auténtico precursor de la nueva poesía universal. Los jóvenes europeos, los mejores, se apoyan a dos manos en ‘Briznas de Hierba’. Fuera de Walt Whitman las nuevas escuelas europeas se quedan en la poesía de fórmula y al margen de la vida. Se quedan en el verso de bufete, en la masturbación.

Los jóvenes europeos más interesantes se whitmanizan, tomando de Walt Whitman lo que de universal y humano tiene el espíritu norteamericano: su sentimiento vitalista, en el individuo y la colectividad que empieza a tomar una hasta ahora desconocida preponderancia histórica en el mundo.” (p. 373) (Énfasis nuestro).

Si miramos el orbe de 2009, nos estremecemos ante la capacidad premonitoria de quien escribiera “Me moriré en París con aguacero…”

Espigamos otra cita sobre el vitalismo vallejiano:

“Ah, mi querido Vicente Huidobro, no he de transigir nunca con usted en la excesiva importancia que usted da a la inteligencia en la vida. Mis votos son siempre por la sensibilidad.” (p. 82) (Énfasis, id.)

En la misma crónica, de la que extrajimos esta cita (10), se encuentra lo que llamamos, al comienzo de este capítulo, fragmentos de poemas en prosa.

Se trata de una parrafada lírica de nuestro autor sobre la naturaleza salvaje, o, por lo menos, no citadina de Biarritz.

“Me he detenido aquí, en Biarritz, a pastar mis fatigas en las armoniosas vegetaciones de los Pirineos. Pueda yo en esta fuga de París, recuperar para el cruento esfuerzo por la existencia, mi sentimiento de naturaleza inculta y sin senderos, que advierto un tanto encogidos entre mis cuitas civiles. Qué amable es deslizarse o pugnar en la selva virgen y compacta, en atmósfera y tierra sin caminos. Qué ansia de perderme definitivamente, no ya en el mundo ni en la moral, sino en la vida y por la obra de la naturaleza. Odio las calles y los senderos. Cuánto tiempo he pasado en París sin el menor peligro de perderme. La ciudad es así. No es posible en ella la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En ella se está demasiado asistido de rutas ya abiertas, de fechas y señales ya dispuestas, para poder perderse.” (p. 82)

El tópico de la “vida retirada”, como vemos, también funciona en Vallejo. Y le sobreviene cuanto está en medio de ese viaje, lejos de París, y “cubierto de mar y de montaña, sin caminos”.

Para el “chulca” (11) de Santiago de Chuco, era posible que la naturaleza le ofreciera esos códigos.

Veamos algo de lo que sigue, aunque señalamos que no se trata de lirismo puro, sino de referencias poéticas –permanentes- a la dilacerada condición humana de aquel que, en París, no estaba, precisamente, en un lecho de rosas:

“…aquí, repito, sin caminos, saturado de tierra y espuma, desaparece de mi boca el sabor del pan del dolor (12) y del agua de la aflicción, de que vivimos en las urbes, en las cárceles, en los conventos.” (Ibid.)

Finalizamos este apartado, con la indicación de que Vallejo, dentro de su cosmovisión (tan parecida en esto a la de José Martí) amaba lo no “contaminado” de ciertos territorios, cada vez más escasos en Europa, y toda vía existentes en América (13). De allí el amor de nuestro poeta por España… y por Rusia. Al final del artículo que citamos, está precisado lo que comentamos:

“Ya no hay campos ni mares en Europa; ya no hay templos ni hogares. El progreso mal entendido y peor dirigido los ha aplastado. (14)

“Pero esta noche, al reanudar mi viaje a Madrid, siento no sé que emoción inédita y entrañable: me han dicho que sólo España y Rusia, entre todos los países europeos, conservan su pureza primitiva, la pureza de gesta de América.”

Otro de los aspectos interesantes en esta suerte de vasos comunicantes entre periodismo y literatura, es –ya lo adelantamos- cómo aparecen, en las crónicas y/o artículos, hallazgos, preseas, provenientes de los versos. Es el caso del adjetivo “quijarudo”.

En “El verano de Deauville” (15), texto ya citado, tenemos que llega el otoño a París:

“A fines de agosto los días empiezan a ser más cortos, la braza (sic) de la luz va desmayando y el traje de mujer dice, plegándose: ¡Hasta la vista! Ya los enfermos y los viejos empiezan a tener miedo del huracán quijarudo y malo…” (p. 59)

Hay, igualmente:

“…brujas quijarudas que merodean en torno de los grandes hombres públicos de Francia…” (p. 174)

Este “raro” adjetivo es usado por César Vallejo, aproximadamente cinco años antes, en Trilce LXV. Confrontémoslo:

“Madre , me voy mañana a Santiago
…………………………..
Me esperan mi sillón ayo aquel buen quijarudo trasto de dinástico cuero…” (17)

Parece que Trilce, y su impronta, quedaron entrañablemente en nuestro poeta, porque, en “El hombre moderno” (18) fechado en París, en 1925, habla el bardo sobre “la velocidad como seña del hombre moderno”. Agrega que “nadie puede llamarse moderno sino mostrándose rápido.” Pero el vate es capaz de mirar detrás del clisé ad-usum, y señala, con la sutileza que lo caracteriza, que “la rapidez sale de saber escoger el empleo del tiempo”. Y, con la profundidad que es parte de su estilo periodístico, añade que “No hay que olvidar, por lo demás, que la velocidad es un fenómeno de tiempo y no de espacio; hay cosas que se mueven más o menos ligeras, sin cambiar de lugar.” Finaliza con una precisa y preciosa autorreferencia:

“Aquí se trata del movimiento en general físico y psíquico. En algún verso de Trilce he dicho haberme sentado alguna vez a caminar.” (p. 77)

Con esto nos demuestra, Vallejo, cómo funcionaba su sistema de comunicación: cómo su periodismo se nutría de su poesía.

El artículo que citamos es de 1925; el poema al que hace referencia, el XV de Trilce, fue escrito hacía poco más de un lustro, si nos atenemos al dato de Juan Espejo Asturrizaga, que sitúa el poema como de 1919 (19), y añade que es creado en homenaje a Otilia, una de las amadas del poeta. Incluso, el mismo Espejo da a conocer la versión original de este poema, titulado “Sombras”. “Era un soneto en alejandrinos y sufrió considerables modificaciones”, dice Raúl Hernández Novas, en la edición de la que tomamos este dato (20).

La primera estrofa del poema de Trilce XV, donde aparece la referencia, dice lo siguiente:

“En el rincón aquel, donde dormimos juntos tantas noches, ahora me he sentado a caminar...” (21)

Otra referencia clave al mismo Trilce, se encuentra en la crónica “París en Primavera” (22), escrita en esa ciudad, en mayo de 1927, y publicada en Trujillo, en el diario “El Norte”, el 12 de junio del mismo año.

Leamos la cita completa, pues es muy interesante en el sentido en que hace referencia que ahora Trilce es rememorado por “un buen amigo”, y, además, en ella encontraremos una singular autorreferencia al estilo del enigmático poemario, que es una fuente preciosa –y precisa- para los críticos literarios, siempre saludablemente interesados en averiguar qué dice el autor sobre su propia obra, máxime si ésta es de la naturaleza críptica del mencionado libro de 1922.

La transcripción será necesariamente larga, mas veremos cómo ella, asimismo, contiene preseas del estilo periodístico-poético vallejiano:

“Los periódicos de París anuncian para esta noche el cambio de hora de la estación. Hoy empieza el horario de verano. L’Intran dice en su primera plana: ‘Esta noche, a las once serán las doce’. Y un amigo mío, arreglando sus músculos en orden alfabético, (23) como en un paraje del ‘Celeste Ugolino’, me llama la atención hacia el hecho de que los términos en que “L’Intran” anuncia el nuevo horario de París, le traen a la memoria un extraño poema de mi libro Trilce, donde hay un verso que dice: ‘¿Quién clama que las once son las doce?’ (24)

“He aquí –sostiene mi buen amigo-, que el verso de usted va a realizarse esta noche en París. A las once serán las doce. Es decir, las once serán contadas por doce… Sin duda alguna, hay versos en ese maldito Trilce que, justamente por derrengados y absurdos, hallan su realización cuando menos se espera. Son realizaciones imprevistas y cómicas, pero espontáneas y vitales.” (pp. 212-213)

La autorreferencia nos envía al poema LIII de Trilce, que dice (no como lo cita –seguramente de memoria- Vallejo):

“¡Quién clama las once no son doce!
Como si las hubiesen pujado, se afrontan
de dos en dos las once veces…”

En las notas aclaramos que ya Puccinelli hizo esta acotación; pero él no informa que el poema fue escrito en Lima en 1919, ocho años antes que la crónica parisiense, lo cual podría explicar el error en la citada autorreferencia. (25)

Consideramos el artículo “La defensa de la vida” (26), escrito en París, en octubre de 1926, y publicado en el diario El Norte, el 21 de noviembre del mismo año, como una de las más significativas artes poéticas del bardo, y, básicamente, como la génesis de uno de los más impertérritos textos de Poemas Humanos, el conocido por su primer verso “Un hombre pasa con un pan al hombro”. (27)
Es interesante confrontar fechas, pues, de ese modo, comprobaremos cómo, dentro de Vallejo, la temática del poema ha ido, lenta pero seguramente, madurando.

Poco más de once años pasaron desde que el “artículo” fue escrito (octubre del 26), hasta la fecha que va al pie del mencionado poema: “5 de noviembre del 37” (28).

Esto puede hacernos comprender la solidez con la que el texto creativo (en poesía) emerge: ¡había sido macerado, intensamente, en el taller interior del vate! ¡Más de una década!

Del artículo en referencia, sólo citaremos su admirable obertura:

“Yo no puedo consentir que la ‘Sinfonía Pastoral’ valga más que mi pequeño sobrino de 5 años llamado Helí. Yo no puedo tolerar que ‘Los hermanos Kamarazov’ valgan más que el portero de mi casa, viejo, pobre y bruto…” (p. 159)

El artículo –decíamos- tiene correlación con algunos otros, como “Literatura a puerta cerrada” (29), publicado un par de años después, en mayo de 1928, en la revista Variedades.

El caso de “El hallazgo de la vida” (30), publicado por Jorge Puccinelli en forma facsimilar, es un descubrimiento singular, pues revela cómo este texto, que tiene como epígrafe “París, febrero de 1926”, y que apareciera en La Semana, Trujillo, 1926 (lástima que el crítico no se molestara en ponernos en qué fecha exacta) es, en realidad, la primer versión del poema en prosa “Hallazgo de la vida” (31), publicado como integrante de Poemas Humanos.

Resulta interesantísimo, y este es un aporte nuestro, confrontar la edición facsimilar de Francisco Moncloa (32), donde es posible apreciar cuánto tuvo que “trabajar”, Vallejo, su texto “periodístico”, hasta que llegó a cobrar la forma definitiva como fuera publicado –póstumamente, como se sabe- en el libro de 1939, por Raúl Porras y Georgette Vallejo.

Por lo pronto, de lo que puede rastrearse en el facsímil de la Edición Moncloa, apreciamos que todo el primer párrafo de lo publicado en La Semana, bajo el título de “El hallazgo de la vida”, sale. El “artículo” –el entrecomillado es absolutamente intencional, porque éste es otro ejemplo de texto que, aparecido en un medio impreso informativo, sin embargo es plenamente creativo, y no tiene nada de “periodístico”, strictu sensu-, el “artículo”, decíamos, comienza con: “¿Cuándo fue que saboreé por vez primera el sabor de la vida?”

Una nota interesante para los eruditos: se aprecian ligeras variantes entre el facsímil, publicado por Moncloa Editores, y lo aparecido en La Semana, de Trujillo. Es decir, dentro de lo que resulta tachado por Vallejo, y que puede leerse, se hallan diferencias. V. gr.: en el facsímil se distingue (para sólo citar la primera línea ya presente en el párrafo anterior):

“Cuando fue que saboreé por la primera vez el sabor de la vida?”

Hay tres diferencias. El original no abre la interrogación, que sí figura en la edición “periodística”, la misma que omite los dos artículos determinados la, que sí aparecen en el facsímil.

De lo que resulta que ¿podemos, quizá, tener tres textos? ¿El del facsímil (trabajado hasta llegar al poema en prosa); el del poema en prosa; y el de La Semana? Claro que esta esfinge nos hubiera revelado su secreto si hubiéramos tenido acceso a los manuscritos del poeta, porque, como se sabe, lo publicado por Moncloa, salvo escasísimas excepciones, son segundas –o terceras- versiones (dactilografiadas), sobre las que -¡eso sí!- se aprecian las vibrátiles correcciones de Vallejo.

Otro caso de transtextualidad: en “El hallazgo de la vida” –texto periodístico- se lee.

“Mi gozo viene de mi fe en este hallazgo (33) de vida y nadie puede ir contra esta fe. Al que fuera se le caería la lengua, se le caerían los huesos y correría el peligro de recoger otros, ajenos, para mantenerse en (34) pie ante mis ojos.” (p. 99)

Confróntese este tópico vallejiano –en los textos de 1926- de los huesos ajenos, con el conocido poema de Los Heraldos Negros, “El pan nuestro”, que fue publicado originalmente en la sección “Sábados literarios”, de La Reforma, Trujillo, 21 de julio de 1917, junto con una elogiosa carta de José María Euguren.” (35)

Dice la parte correspondiente del texto literario:

“Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!

Por otra parte, en los mismos Poemas Humanos hay una Lista, que después se transforma en “Nómina de huesos”; (36); y en “Piedra negra sobre una piedra blanca” (37), los “huesos húmeros” son protagónicos.

El poeta argentino Manuel Ruano llegó a presentar, en el Simposio Internacional de la Universidad de Lima, una ponencia titulada “Vallejo, poemas del hueso”, donde desarrolla, con amplitud, el tema que pergeñamos (38)

Este aspecto de la preocupación vital de Vallejo, presente en los dos “artículos” citados –“El hallazgo de la vida” y “La defensa de la vida”-, aventuramos que es igualmente leit-motiv en poemas de tanta significación como:

“Hoy me gusta la vida mucho menos” (39)

“La vida, esta vida
me placía, su instrumento, estas palomas…” (40)

“Al cavilar en la vida, al cavilar
despacio en el esfuerzo del torrente… (41)

O cuando en el poema:

“Oye a tu masa, a tu cometa, escúchalos; no gimas… (42)

Escribe en la última estrofa:

“¿La vida? ¡Opónle parte de tu muerte!”

Otro ejemplo de lo que podemos denominar poema en prosa, dentro de una pseudo publicación periodística, y bajo la forma de una crónica –pues tiene su epígrafe enunciativo de varios temas- es “La dicha en la libertad” (43) que, por la parte sustantiva de su texto, podría haber sido llamado “La libertad en la dicha” o “Apología de la dicha”. Veamos algunas de sus estancias:

“Bueno es, en todos los tiempos, los modos y las personas (44), recordar a los hombres su ley de haber nacido únicamente para ser dichosos. Cuanto los hombres hacen o sueñan va a su dicha. Nada se pierde en sí mismo, porque todo sirve o debe servir a la dicha de los hombres…” (p. 257)

“…Maldición sobre los yanquis de Wall Street, si ellos no buscan ser dichosos, sino sólo ser ricos. Maldición sobre los filósofos de Heildelberg, si ellos no buscan ser dichosos, sino sólo pensar. Maldición sobre los sacerdotes de todas las religiones, si ellos no buscan ser dichosos, sino sólo creer. Porque si la misma fe vale nada, cuando ella no hace la hombre dichoso…” (p. 257)

Valoremos, en su justa dimensión, esta, podríamos decir desesperada exultación de la dicha, que a la postre deviene en un patético documento de quien tanto escribió –porque tanto padeció- sobre la infelicidad y el dolor.

Rastreemos en su obra poética –de Poemas Humanos- las concomitancias con el “tema” de este texto poético –periodístico.

Remitimos al lector a los poemas “Quisiera hoy ser feliz de buena gana” (45). “Pero antes que se acabe toda esta dicha” (46); al verso de “Al cavilar en la vida” (47): “¡Todo está alegre, menos mi alegría…!”; y a conocidas estancias de archicitados poemas como “los nueve monstruos” (48):

“Y desgraciadamente,
el dolor crece en el mundo a cada rato,
crece a treinta minutos por segundo…”

O estos versos de “Traspié entre dos estrellas” (49):

“Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo”

Y, en “El libro de la naturaleza” (50):

“Profesor de sollozo –he dicho a un árbol-“

Así como, para terminar lo que podría ser una retahíla, estos cuatro versos de “¡Qué me da, que me azoto con la línea!” (51).

“¿Qué me ha dado que cuento mis dos lágrimas, sollozo tierra y cuelgo el horizonte?

“¿Qué me ha dado, que lloro de no poder llorar y río de lo poco que he reído?”

No olvidemos que, por allí, a cada paso, en la obra toda –y no sólo en Poemas Humanos, que es de donde hemos tomado las precedentes citas- hay alusiones a la dilacerada condición de aquel que escribiera, en un formidable final de poema.

“como hombre que soy y que he sufrido” (52)

Creemos distinguir un rasgo generatriz de la idea o, por lo menos, del manejo del título, de España, aparta de mí este cáliz, en aquella parte del artículo de Vallejo, “El nuevo teatro ruso” (53) en la que un obrero se va a suicidar. Escribe nuestro autor:

“… el obrero vacila. Lucha todavía. Es la hora del sudor de sangre y del ‘aparta de mí este cáliz…’” (p. 433)

Ya hemos adelantado algo sobre “Un atentado contra el Regente Horty (54), crónica aparentemente policial, fechada en Budapest, en noviembre de 1928, y publicada en Mundial, Nº 477, del 11 de enero de 1929.

El texto es polivalente: bajo la apariencia de relatarnos un suceso “policial”, Vallejo pergeña –ya lo hemos señalado- lo que podría ser un cuento preborgiano, con disquisiciones sobre la identidad del hombre, que estaría en el nombre y. más particularmente, en la firma que “posee”, en el caso del responsable del atentado, un tal Ossag Muchay, gerente de la firma turca, propietaria de la famosa taberna “Sztaron”, de Budapest.

El preso –“cubierto de sudor y dignidad”- dice no tener nombre. Muchay aclara que “aquel hombre perdió su nombre, y él mismo, aunque quisiera darlo, no puede ya saberlo. Le es absolutamente imposible, en tanto no tenga en su poder la firma que está usted viendo aquí.” El diálogo sigue, fascinante. Ahora responde –se supone-, el “cronista” Vallejo:

“-Pero si él la trazó, le será fácil trazar otras y otras.”

Responde Muchay:

“-No. El nombre no es sino uno solo. Las firmas son muchas, sin duda, mas el nombre está en una sola de las firmas, entre todas.”

Prosigue el turco de marras:

“-La vida de un hombre… está revelada toda entera en uno solo de sus actos. El nombre de un hombre está también revelado en una sola de sus firmas. Saber ese acto representativo es saber su vida verdadera. Saber esa firma representativa es saber su nombre verdadero…” (p. 320)

Ante todo esto, el “cronista” queda estupefacto. Pero lo dice como sólo el autor de “Masa” puede decirlo:

“Bajé los ojos, dando viento a mis órganos medianos y me quedé Vallejo ante Muchay.”

En esta sección de Periodismo y Literatura, señalamos que en próximas ediciones del Vallejo comunicador social –como se dice hoy- se impone una selección de materiales, para evitar que se repita la publicación, como artículos y/o crónicas, de lo que es –v.gr.- apenas el fragmento de un discurso pronunciado por nuestro autor, en julio de 1937, a nombre del Perú, en el II Congreso Internacional de Escritores por la defensa de la cultura.

Tal hecho sucede tanto en la edición de Puccinelli, como en la de Enrique Ballón -¿crasa ignorancia de los que es periodismo, podríamos colegir?-; con el agravante de que este último, en la acotación, al pie de la publicación en referencia, escribe:

“El texto de esta crónica, es la toma taquigráfica (incompleta) de la ponencia que Vallejo presentó…” (55)

con lo que confirma la desorientación absoluta respecto a lo que son los géneros en la prensa escrita, pues llamarle “crónica” a lo que es un discurso… pero mejor cambiemos de tema.

NOTAS

(1) Edición de Mosca Azul, seleccionada y prologada por Enrique Ballón Aguirre.
(2) Desde Europa, pp. 244-246.
(3) Desde Europa, p. 159.
(4) Ob. cit. pp. 257-258.
(5) Ob. cit. pp. 164-166.
(6) Ob. cit. pp. 429-431.
(7) Ob. cit. p. 430.
(8) Ob. cit. p. 152.
(9) Desde Europa, pp. 371-374.
(10) “Entre Francia y España”. Desde Europa, pp. 81-83.
(11) El hermano más pequeño en la familia andina.
(12) Este “pan”, sin duda, será aquel que se quemaba “en la puerta del horno”, al decir de Los heraldos negros.
(13) Idea también de Andrés Bello, particularmente en Alocución a la poesía, y en la silva La agricultura de la zona tórrida, de la que citamos este fragmento: “…del umbral le llama / del labrador sencillo, / lejos del necio y vano / fatuo, el mentido brillo, el ocio pestilente ciudadano!
(14) Tengamos en cuenta que CV escribe esto ¡en 1925!
(15) Desde Europa, pp. 59-63.
(16) Ob cit. p. 173.
(17) Poesía completas de César Vallejo, p. 184.
(18) Desde Europa, p. 77.
(19) Poesías completas de César Vallejo, edic. citada, p. 125.
(20) Ibid.
(21) Ibid.
(22) Desde Europa, pp. 212-213.
(23) Altísima presea del estilo periodístico vallejiano.
(24) J. Puccinelli, editor de Desde Europa, acota que “el verso de Trilce en realidad dice: ‘Quién clama las once no son doce!”
(25) El dato sobre Espejo es tomado de Poesía Completas, p. 170.
(26) Desde Europa, p. 159.
(27) En Poesías Completas de Vallejo, p. 322.
(28) Ibid.
(29) Desde Europa, p. 283-284.
(30) Desde Europa, p. 99
(31) Poesías Completas, p. 226.
(32) César Vallejo: Obra poética completa. Edición con facsímiles. Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968, p. 246.
(33) En el facsímil (Moncloa Editores), y en el poema en prosa, “Hallazgo de la vida”, se lee “hallazgo personal de la vida…”
(34) En el facsímil y en el poema en prosa, se lee “mantenerse de pie ante mis ojos…”
(35) Poesías completas, p. 48. la información es del editor cubano Hernández Novás.
(36) Ob. cit. p. 228.
(37) Ob. cit. p. 244.
(38) Esperamos la prometida publicación de las Actas, para ahondar en el tema.
(39) Poesías completas, p. 270.
(40) Poesías completas, p. 275.
(41) Ob. cit. p. 282.
(42) Ob. cit., p. 312.
(43) Desde Europa, pp. 257-259.
(44) Característico juego de palabras vallejiano con los “tiempos, modos y personas” del verbo.
(45) Poesías completas, p. 362.
(46) Ob. cit. p. 267.
(47) Ob. cit. p. 282.
(48) Ob. cit. p. 319.
(49) Ob. cit. p. 301.
(50) Ob. cit. p.305.
(51) Ob. cit. p. 313.
(52) En el poema “Ello es que el lugar donde me pongo/ el pantalón…” Poesías completas, p. 338.
(53) Desde Europa, pp. 431-433.
(54) Ob. cit. pp. 319-320.
(55) La cultura peruana (crónicas) de C. Vallejo, Prólogo, recopilación… de Enrique Ballón Aguirre, p. 236. Habría que añadir, además, que no todo el corpus de cuarenta y tres textos vallejianos, corresponde –strictu sensu- al género “crónica”. Aunque confirmamos la confusión total cuando el mismo Ballón, al comenzar su presentación, escribe –pág. 7-: “El conjunto de cuarenta y cinco ‘artículos’…”

COLOFÓN PERIODÍSTICO

El mismo Vallejo nos exime de hacer meras especulaciones sobre el sentido de su obra periodística, cuando escribe:

“Pues de lo que hablo no es
sino de lo que ocurre en esta época, y
de lo que ocurre en China y en España.
y en el mundo.”

Al revés de las aves del monte
20 de Noviembre de 1937
En: Poemas Humanos.

CONCLUSIONES

1. La unidad suprema de los géneros es lo que encontramos en la urdimbre del Vallejo que creemos haber descubierto. Una suerte de superación de los géneros, un trasvasar los compartimentos–estancos tradicionales: aquellos que separaban, por ejemplo, al periodismo (como lo utilitario, lo pragmático) y la literatura (lo intemporal, lo puro, lo no utilitario).

Gran parte de las páginas de Vallejo –en prosa, “en crónica”, “en artículo periodístico”- borran esos linderos, o, por lo menos, los tornan desleídos.

Hay numerosos textos de los recogidos en el libro Desde Europa, que son verdaderos poemas en prosa, aun hallándose dentro de lo que podría ser un cabal ejemplo de crónica o artículo periodístico.

Clave de esto es afirmar, rotundamente, que el poeta Vallejo nunca abandona al periodista Vallejo, y que, por ello, las páginas de éste son de un periodismo creativo verdaderamente singular, verdaderamente poético, diríamos.

“La Exposición (se refiere a la de Artes Decorativas de París, 1925) pone de manifiesto la vida y el espíritu de nuestra época en toda su carnación elíptica y cardíaca…” (1)

2. Esto es periodismo, y del paradigmático (por su entrañable vinculación con la actualidad), pero expresado con palabras que trascienden su ahora.
Se refiere Vallejo a la nueva poesía norteamericana, a su permanente búsqueda en las fuentes francesas, alemanas e inglesas, y a continuación se despacha con la incisiva (¡y tan bien escrita!) visión de su actualidad:

“El nuevo espíritu del mundo exige en todas partes un impertérrito impulso vitalista, un profundo sentido sanguíneo de la vida, un supremo realismo, una dialéctica uniformemente acelerada.” (2)

Ese sentido de la actualidad, irrenunciable condición del periodismo de todos los tiempos, lo encontramos a menudo en el Vallejo que es comentarista apasionado del entonces novísimo arte cinematográfico.

El cine tenía la edad de Cristo –Vallejo escribe lo que comentaremos, en 1928. Se trata de una aguda nota sobre Abel Gance, en la que dilucida, con particular visión zahorí, los aspectos desechables del autor de “Napoleón” (el prescindible verismo de una dirección de su cine); pero rescata y alaba la experimentación que se hallaba en lo que él llama “un ensayo de rítmica en tres pantallas”: porque, en definitiva, como en todo arte, lo que al autor de Trilce le interesaba era que él sea “otra cosa superior, realmente creadora.” (3)

En la misma dirección, pueden señalarse sus extraordinarias exégesis sobre Chaplin y, en especial, ese prodigio de crítica que es la “La pasión de Charles Chaplin”, en la que esclarece el metalenguaje de “La quimera del oro”. (4)

3. La permanente preocupación por la actualidad mundial, lleva a nuestro poeta a realizar importantísimos cuantos esclarecedores informes sobre temas como la aviación o un Congreso Internacional de la Publicidad, en el que acuña la premonitoria frase: La publicidad es “arbitro del destino de los hombres”. Y añade que los Estados Unidos dominan actualmente el mundo por eso (5).

Uno de los temas que escarapela a la opinión pública mundial de hogaño, es el resurgimiento de movimientos xenófobos en Europa, verdadero “huevo de serpiente”, según el título inolvidable del filme de Bergman. Es necesario denunciar esto. Y Vallejo lo hizo, en su tiempo, cuando fue testigo de aquello. Leamos sus actualísimas palabras:

“… En una época tan pobre y egoísta, nadie tiene segura ni siquiera la vida, mucho menos lo que será el más allá” (6)

(¿Verdad que parece que estuviera hablando de ahora mismito?)

“En Alemania acaba de descubrirse un Ku-Klux-Kan mucho más feroz que el de los Estados Unidos, aunque el de Alemania [sic] estos días, la Orden de los Caballeros de la Cruz de Fuego, que consta ya de algunos miles de adherentes alemanes, comprende varios grados y funciona bajo la égida de un Senado o Walhalla, que tiene a su cabeza a cierto Brandt, empleado de las fábricas eléctricas de Siemens. La mayor parte de los miembros de la Sociedad, que contaba ya con similares anteriores a ella, tales como los “Cascos de Acero”, los “Bismarck”, etc., son pequeños empleados, funcionarios, modestos, obreros y algunos, los menos, son comerciantes y estudiantes.” (7)

El poeta-periodista o el periodista-poeta profundiza, nos da los detalles espeluznantes: no se queda en la espuma de la información. Por eso sería recomendable volver a estas páginas, escritas hace ochenta y cuatro (8) (publicadas en Madrid, 6 de Noviembre de 1925):

“… La fórmula del juramento que todos los miembros deben prestar, está contenida en estos términos:

“En mi calidad de germano honorable, juro cumplir mi deber para libertar al pueblo germánico. Usaré todos los medios que estén a mi alcance para combatir a los judíos, franceses, poloneses, chinos, japoneses, negros y a todos los pueblos de color. Odiaré a los enemigos, su oro no deslumbrará mis ojos; destruiré sus bienes y les roeré la vida como carroña. Si traiciono los fines de la Sociedad aceptaré los peores suplicios: mi cuerpo mutilado y arrojado para pasto de los cuervos…”

“Tal juramento debe ser prestado ante una calavera, detrás de la cual habrá extendida una bandera bordada con una cruz negra.” (9)

4. Otro elemento que nos enfrenta a un Vallejo periodista cultural de muy alto nivel, es el que nos ofrecen sus numerosísimos artículos en los que aborda, con sapiencia y donosura, todas las artes. No es, pues, él, un simple reseñador de/o comentarista de los últimos libros publicados en su tiempo, sino que, cuando aborda un tema de arte, lo hace desplegando la panoplia de sus conocimientos profundos sobre las diferentes manifestaciones creativas del espíritu.

Así, cuando se refiere, verbi gratia, a “Falla y la música de escena”, hace profundas disquisiciones sobre el drama lírico y lo que, desde su punto de vista, constituye su condición agónica. Pero, para llegar a ello, hace referencias a los músicos de su tiempo (Honegger, Satie, Stravinsky, Schönberg), el teatro de Ibsen y Bernard Shaw; al mundo de la danza y sus más conspicuos representantes (Diaghilev, Nikitina, Nijinsky) (10).

Igualmente, en otras ocasiones, al reseñar lo que puede ser el espíritu de la Nueva Poesía Norteamericana (11), luego de despacharse toda una teoría sobre la traducción, formula una de sus poéticas y, al final de ella, al vertebrar las analogías, extrae –de su sombrero de mago creador- referencias precisas a la pintura, a la arquitectura, a la música, al cine. Todo con pleno conocimiento de causa.

5 Algo de lo que más asombra de este espíritu universalísimo, que es del Vallejo periodista, es que no sólo se desenvolvía como pez en el agua en los temas que nos interesan a todos los escritores (literatura, artes), sino que, igualmente, hunde su escalpelo en el análisis de fenómenos tan complejos como el armamentismo. Veamos, por ejemplo, su artículo “Las fuerzas militares en el mundo” (12), donde hace una buida desmitificación del armamentismo burgués y de cómo éste hace uso, tergiversador, del llamado “espíritu guerrero de Moscú”, para justificar su propia voracidad, su agresiva urdimbre. Lo interesante en este texto es que Vallejo no sólo aventura especulaciones, sino que prueba, con cifras en la mano, tal un moderno maestro del llamado periodismo de investigación, la verdad de sus asertos. Y valga, asimismo, anotar la denuncia, que en las líneas próximas hallaremos, sobre el papel de “celestinas” que siempre han jugado los periódicos del llamado “mundo libre”:

“Sin embargo, este miedo o voz de alarma (se refiere al que producía el ya citado ‘espíritu guerrero de Moscú’), si se le mira bien, no pasa de un simulacro destinado a fines estratégicos de propaganda chauvinista. El (sic) alarma y el miedo son, evidentemente, fingidos. La Sociedad de Naciones ha establecido estadísticas que prueban lo contrario de lo que denuncian los periódicos de Londres, de París, de Berlín, de Roma. Según tales estadísticas, que están abonadas con certificaciones oficiales, el cuadro comparativo de los ejércitos europeos en 1927 arroja las cifras siguientes: Inglaterra posee 10 soldados por cada mil habitantes; Francia, 17; Polonia, 10.4; Rumania, 10; y Rusia, 3.8, es decir, el porcentaje más bajo de todos estos países. De otro lado, aquellas estadísticas demuestran que, mientras Inglaterra, Francia, Italia y los Estados Unidos han elevado sus ejércitos en los últimos quince años de 1’413,000 unidades a 1’821,000, Rusia ha disminuido el suyo a 543,000 unidades. Por último, el presupuesto francés de guerra gasta actualmente el 20 por ciento de sus entradas generales, mientras el de Rusia sólo gasta el 12.7 por ciento. Se trata, repito, de números oficiales.” (13)

¿Es menester que recordemos que, en 1928, cuando escribe nuestro poeta, todavía nos hallábamos bastante lejos de la llamada “guerra fría”? Sin embargo, la política de desinformación, de permanente tergiversación de todo lo que significara cambio de estructuras, parece ser una constante que hasta hoy permanece.

Leamos cómo concluye este magistral análisis:

“Tales cifras –las presentadas al final de la cita anterior- bastarían por sí solas para demostrar que el estado de espíritu beligerante de los países capitalistas es superior al del comunismo.” (14)

6. Otra área del periodismo que Vallejo aborda con desenfado es la de la crónica policial. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el poeta lo que hace es usar como pretexto el caso policial para internarse en los vericuetos de la sociedad en crisis que le ha tocado como hábitat. Así lo reconocemos en artículos admirables como “Hacía la dictadura socialista” (15) y “Un atentado contra el Regente Horty” (16).

Este último es –lo hemos descubierto- una suerte de cuento borgiano avant la lettre, disfrazado de crónica policial, y en el que hallamos las disquisiciones propias de un poeta que gusta de frecuentar los metalenguajes.

Pero examinemos, con más detenimiento, el primer artículo. En él, como una suerte de ramalazos, cruzan una serie de crímenes violentos, cometidos a 14 y 15 grados bajo cero, en un invernal París de entreguerras, todos en sórdidos ambientes (17) de una suerte de “Corte de los Milagros”, que hace escribir repetidamente al poeta-periodista: ¡Dramas de la miseria! Y, en efecto, son dramas de la miseria los que ocurren en los subsuelos del capitalismo salvaje de Europa, cuando hay hambre de pan que sea dado de hombre a hombre (“no el pan anónimo e irresponsable de una mano colectiva”), mientras las oficinas meteorológicas anuncian un invierno desastroso y “pasan los perros en automóvil” y “los hombres hacen cola en torno de los urinarios públicos. Algunos de ellos orinan dos veces” Y, “se siente, en verdad, mucho frío.”

Hay, pues, siempre, en Vallejo, en sus crónicas, una suerte de mise-en -scene (18) que denuncia el borderline en el que a menudo discurre: entre la literatura y la mera información, entre la creación y el deber de “objetividad”, que le impone esa tarea periodística que siempre cumple paradigmáticamente.

7. Igualmente, hay otra ladera insólita dentro de este sui generis periodismo vallejiano. Su preocupación por el deporte. Box, natación, tenis, ciclismo: de todo escribe el poeta, pero no la crónica frívola sino, permanentemente, con el intento de buscar la perspectiva universal, dentro del tratamiento de temas cotidianos por antonomasia, como los deportivos.

Así, cuando comenta la posición sobre el deporte de un autor galo, troquela frases que pretenden trascender lo ocasional y pergeñar lo que podría ser una suerte de filosofía del deporte. Leamos:

“Válgame esta tesis del multánime escritor francés –se refiere a Henri de Montherlant- para apoyar lo que yo he sostenido al respecto en varias ocasiones: la existencia del espíritu esportivo, meramente óptico de las muchedumbres que asisten a los matchs, el espíritu profesional e inútil –para referirme al calificativo textual de Montherlant- de los campeones y, en fin, la necesidad de dar al sport un sentido más profundo y más justo, haciéndole pasar del cerebro o de la retina del espectador, a sus propios músculos, y de la esfera de los especialistas, a todos los hombres.” (19)

8. Del mismo modo, en sus artículos hallamos temas de Periodismo científico; así como páginas increíbles sobre las últimas novedades de la moda parisiense y mundial, calas en temas como la paz, las generaciones literarias, la Sociedad de las Naciones, los colonialismos, la educación y la deontología periodística; e, igualmente, deliciosas tipificaciones sobre el deber ser de la prensa; páginas que, impertérritas, han atravesado su tiempo, para llegar al nuestro y quedar allí, buriladas y enhiestas, en el frontis de las Escuelas de Comunicación (y/o Periodismo) de hogaño.

Acabemos, por el momento, de leer:

“El artículo que sólo toca a las masas es un artículo inferior. Si sólo toca a las élites, se acusa superior. Si toca a las masas y a las élites, se acusa genial, insuperable.”

Y por si fuera aun necesario, salta a otra de las artes –la música- e inserta a modo de colofón de lo anteriormente expresado:

“Si Beethoven se queda en las aristocracias espirituales y permanece inaccesible a las masas, peor para él.” (20)

Lo interesante es que lo anterior no se encuentra en un artículo periodístico strictu sensu, sino en una página singular, recogida por Puccinelli en Desde Europa, pero que procede de una revista de poesía: Favorables París Poema, Nº 2, París, Octubre de 1926. Lo cual no deja de ser sintomático.

9. En el substrato del periodismo paradigmático de Vallejo, pues, hallamos su esencia pedagógica: páginas escritas, desde un periódico o revista, destinadas a educar a los lectores. Información como formación de los receptores. Cuando el poeta los conduce por los vericuetos del arte moderno, de sus fortunas y adversidades, está coadyuvando a la tarea de dilatar su horizonte cultural. Pero aquí, como en otras instancias, el bardo-periodista es consciente. Veamos cómo proyecta esto en uno de sus más interesantes juicios sobre el autor de “Guernica”:

“Las obras de Picasso y de sus amigos, al igual que las maravillas del renacimiento, pasarán a la categoría de celebridades, no por haber descendido al grueso público, sino por haberlo educado hasta hacerle ascender hacia ellas, y por encerrar en sí un ritmo cósmico.” (p.298).

10. Sobre este mismo tema de la conciencia profesional, nuestro poeta demuestra que, en el oficio de periodista, se desenvolvía con toda lucidez: en un largamente citado artículo sobre “Las grandes crisis económicas del día. El caso teórico y práctico de Francia” (21), surge el escritor que, efectivamente, conoce los meandros del métier, y, como sabe que está manejando información que corre peligro de desactualizarse (cifras, números), acota, con toda probidad:

“Nuestras fuentes de información son frescas. Ellas datan de apenas quince días” (p. 424)

Para nuestro tiempo ello puede parecer un tanto largo, lento, pero situémonos hace ochenta y nueve años, cuando -1930- el presente informe fue publicado por Vallejo en El Comercio.

11. Como periodista auténtico, y muy moderno en esto también, Vallejo nos da verdaderas lecciones para descubrir los metalenguajes de las noticias. No es él alguien que se queda en la espuma de los acontecimientos, sino que permanentemente busca conducir a sus lectores hasta la esencia del suceder. Comenta, por ejemplo, “El último discurso de Briand” (22), y esto le sirve para desmitificar el deletéreo –aunque muy sofista y muy bien trabajado- lenguaje de la burguesía, y de su mascarón de proa, que es, como siempre, el cuerpo diplomático. De este modo, escribe:

“…¿Por qué no se decide la diplomacia capitalista a llamar a las cosas por sus nombres, declarando abiertamente al mundo que de lo que se trata, en Ginebra, es de intereses y actividades económicas, o, más exactamente, capitalistas y no, como se pretende hacer creer, del ‘derecho’ de la ‘justicia’ ni de la ‘paz.’ (p. 391)

Porque, en el fondo, mientras la cháchara engañosa, adormecedora, sigue, el Leviathán capitalista continuaba (como así fue) preparando la guerra, su sentido último y existencial.

Igual es el caso de un artículo clave de Vallejo sobre los “Graves escándalos médicos en París” (23), que son una ocasión para que el
Poeta-periodista, acucioso observador del medio social, compruebe que estos “escándalos” son apenas la punta del iceberg, pues lo que se demuestra, en realidad, es que el sistema de la propiedad privada –del ejercicio privado de las profesiones- tiene, en el substrato, “el espíritu de lucro y la tendencia a la especulación ilimitada –que le son orgánicos y peculiares.”

Lo que quiere el periodista, en éste como en tantos otros casos, es llegar a lo que él llama las “profundas causas sociales y económicas”, dicho con una sola expresión : las que dependen de la estructura del Sistema.

12. Fue, en el modernismo literario, que se impuso la figura del escritor-viajero. Vallejo pertenece a esta estirpe. Su vida europea marca la condición de un hombre preocupado por desplazarse cuanto pudo. París, Madrid, Moscú, podrían citarse como sus puntos cardinales. Pero estuvo, por cierto, en muchos más. Por lo tanto, su actividad periodística no podía dejar de abordar lo que hoy en día tiene, asimismo, destacada importancia: el turismo. Lo que, en una suerte de intento clasificatorio, denominaríamos la Crónica de viajes, ese Periodismo turístico que, sin embrago, en su caso, igualmente, tiene un matiz peculiar.

Vallejo desarrolla lo que podría ser una Teoría del periodismo de viajes, un desiderátum para aquel que desee desarrollar la especialidad contemporánea de Periodismo turístico. Y, asombrosamente, lo hace con la utilización nada menos que de una cita de Carlos Marx. Esta es, recordémoslo:

“Marx enseña que para conocer el carácter, desarrollo y destino ulterior de un país, hay que guiarse por el estudio y fisonomía de su técnica de producción. El viajero debe dejar, para segundos términos el juicio, el arte, la literatura, la religión y la filosofía del país que él trata de conocer. En primer lugar y si él quiere ir derecho en su encuesta y en sus observaciones, debe poner el ojo en las fuerzas, medios e instrumentos de la producción económica.” (p. 363)

Qué interesante cita, máxime si tenemos en cuenta que Vallejo es un profesional del arte y la literatura (como buen creador) pero, como acucioso periodista –que también lo es, como creemos haberlo largamente demostrado- privilegia lo que, objetivamente, va a darnos mejor la fisonomía de un pueblo, de un país, de una región, independientemente de sus aficiones estéticas particulares.

Igualmente, en este rubro del Periodismo y el Turismo, Vallejo tiene hallazgos sobre el ethos de ciertos pueblos, que son resultado de su visión profunda de poeta, antes que la del frívolo ser que se desplaza por los exteriores de la región que visita.

13. En este mismo aspecto de lo que podríamos llamar la función del periodismo (paradigmático) de nuestro autor, convocamos la atención hacia el salutífero develamiento que él hace de cómo los estados utilizan, por ejemplo, el periodismo amarillo, de modo que, con él, tienden una “cortina de humo” que les permite continuar con sus desaguisados.

El artículo “Gastón Guyot. El nuevo Landrú” es un arquetipo en este rubro. Allí vemos cómo el gobierno francés manipula este hecho “de sangre” para que:

“continúe acaparando la atención del país entero, a fin de que la gente siga muriéndose de hambre, sin sentirlo, o al menos, siga comiendo carne cruda de caballos apestados, sin darse cuenta de ello…” (pp. 148-149)

Vallejo también ataca frontalmente lo que él llama “el tráfico de celebridades y fortunas” que se hacía –ayer como hoy- con el celestinaje de la prensa, que encumbra ídolos de barro, y sumerge, en el silencio, a los verdaderos valores, cuando éstos no tienen posiciones congruentes con los intereses que ese “periodismo” defiende. Es importante, para ello, releer el artículo “La miseria de León Bloy”, (24) cuyo subtítulo es altamente sintomático: ‘Los editores, árbitros de la gloria’. Recordemos, apenas, algunas de sus palabras:

“Hoy los lectores son embaucados con mayor facilidad que en ninguna otra época y se dejan llevar ciegamente por lo que se dice y por lo que se muestra ante sus ojos.”

No olvidemos que este artículo es de ¡de 1925! Y en él está, ya, pergeñando el poder manipulatorio de lo que era la prensa, y sólo la prensa (pues es obvio decir que, el cine y la radio no se habían desarrollado, aún, en su vertiente asimismo periodística) en el contexto de lo que se llama la comunicación de masas. No había, pues, radio desarrollada, no había TV, no existía la Internet. ¡Imaginemos el pensamiento y la denuncia del poeta, trasladados al comienzo de esta nueva centuria!

Sin embargo, frente a lo presentado admonitoriamente, el poeta- comunicador social desarrolla toda una deontología periodística:

“El deber de la prensa, de ésta y de a del otro lado del mar, está en contrarrestar esa sórdida ofensiva de la farsa y del latrocinio y luchar porque se abra campo y se haga justicia a dignos y grandes escritores que, como León Bloy, en Francia, y Carl Sandburg, en los Estados Unidos, por ejemplo, son víctimas del abuso criminal de los editores y de la indiferencia de los públicos.” (pp. 68-69)

Es también diáfana la autorreferencia. Vallejo había vivido, en carne propia “esa sórdida ofensiva de la farsa y del latrocinio” contra su valía, y había sido “víctima del abuso criminal de los editores”, los que manejan –en todos los tiempos- “la indiferencia (o la aquiescencia) de los públicos.”

14. Aunque ya lo hemos sugerido, al dar cuenta de cómo Vallejo desplegaba el universo de sus conocimientos de arte (de todo el arte), al hacer, por ejemplo, una crítica de música, pintura o escultura; subrayaremos, en la presente conclusión, esta vertiente paradigmática de su periodismo: la de hallarse, él, imbuido de los conocimientos universales que son, a juicio nuestro, requisito sine qua non para los que toman la pluma con la finalidad de escribir un artículo, una crónica, un reportaje, un editorial.

La referencia que hacemos es a “El movimiento dialéctico en un tren” (25) donde la interlocutora del bardo-periodista se sorprende de la abrumadora información que él posee sobre todo lo referente a su patria:

“Se sorprende de que en América del Sur conozcamos tan de cerca el curso de los acontecimientos en Rusia, y más aun el ritmo y sentido de su producción intelectual. La señora se complace visiblemente cuando le hablo del pensamiento revolucionario ruso en la literatura, en el cinema, en las artes plásticas, en la música, en el teatro se llena de orgullo y su emoción impone respeto al propio médico, su enemigo.” (p. 341)

15. La llamada “objetividad” es más un desiderátum que una realidad en el periodismo. Es interesante, en este rubro, señalar la calidad de los testimonios vallejianos sobre la revolución rusa. Pensamos que él ha tensado al máximo las cuerdas. Pero lo citamos porque es una singular muestra de la idiosincrasia de nuestro máximo escritor, y de cómo él defendía, a ultranza, lo prístino de su testimonio. Creemos que ello puede deberse, además, al momento en que se escribe, a lo dramático de la situación en el alba de la Revolución Bolchevique.

Vallejo es, de todos modos, un ejemplo, un paradigma, aunque difícilmente repetible en épocas en que los periodistas tienen que viajar enviados por las empresas en las que trabajan, o, por qué no, invitados por los países, pero sin que ello emascule la calidad enhiesta de sus testimonios. Pero el cholo es el cholo y en esa condición lo recibimos.

Se trata de la crónica (periodismo y turismo) “César Vallejo en viaje a Rusia”:

“Yo no soy invitado por nadie –le digo. Nadie me ha invitado oficial ni particularmente. Yo costeo mi viaje y, empezando por el sello de mi pasaporte, satisfago todos los requisitos que el Sóviet exige para entrar a residir en Rusia a todos los extranjeros. Para que mi reportaje tenga validez ante la opinión pública y sea una credencial insospechable y rigurosamente objetiva de las realidades auténticas de Rusia, he querido hacer este viaje sin que el Sóviet ni ninguna institución soviética comprometa aun sin proponérselo, mi independencia con facilidades o cortesías más o menos escabrosas. Por otro lado, me encuentro asimismo libre de consignas procedentes de los periódicos que represento. Más todavía, me siento libre de consignas profesionales y partidaristas. Yo no soy empleado de ningún periódico, sino simple colaborador y puedo en cualquier momento y sin sujetarme a la venia de nadie ni a sanciones de ningún contrato u obligación profesional, aumentar o disminuir mi trabajo, modificar sus términos y sus directivas y hasta interrumpirlo o suprimirlo por mi exclusiva voluntad. Yo no gano sueldo. Yo no gano un salario. Soy un obrero intelectual. (p. 351).

Excepcional, pues, el testimonio de lo escrito, por Vallejo, sobre Rusia. Tanto que su libro de 1931 se agotó muy rápidamente, y se reeditó varias veces, sin que nuestro poeta pudiera ganar las justas regalías, pues fue víctima de un siniestro editor que se aprovechó de lo desprevenido, en el terreno económico, en el terreno legal, de nuestro artista, que había, pues, viajado a la URSS:

a) Con su dinero.
b) Sin invitación oficial.
c) Sin directivas empresariales (pues era free lance)
d) Sin anteojeras políticas.

Es importante, asimismo, por su valor referencial, leer la nota del editor madrileño de Rusia en 1931 (reproducida en la publicación peruana de 1956) sobre este aspecto:

“No ha ido en misión oficial, con ninguna subvención, con ninguna representación de grupo ni de entidad política. A cuerpo y cara limpios. No se podrá decir por nadie que escribe este libro obedeciendo a mandatos propagandísticos. Vallejo no tiene ninguna relación más o menos escabrosa con las instituciones soviéticas. Por eso los juicios que dé en esta obra son los libres e imparciales de todo hombre honrado que no cuenta sino lo que ha visto con sus propios ojos.” (26)

Esto explica que, Vallejo, al criticar el punto de vista del autor de Kyra Kyralina -mimado por el Sóviet, casi un autor oficial- lo desautoriza porque su perspectiva es atrabiliaria, poco periodística, pues:

“En todo cuanto Istrati escribe sobre política, hay, inevitablemente, alabanza o invectiva. Su cordialidad ignora la justeza y la justicia que nacen de los datos de la realidad objetiva y no de los arbitrarios recovecos subjetivos.” (p. 403)

No puede ser, pues, Panait Istrati un periodista paradigmático, tal como lo concibe nuestro poeta, porque aquél “ha sido siempre un instintivo (que) piensa y obra por reflejos.”

16. Un periodista paradigmático debe saber –como nuestro Vallejo- leer en profundidad el presente para hacernos (sin taumaturgias, sino a base de ciencia y capacidad analítica) advertencias de lo porvenir, y (*) nuestro autor lo hace en numerosas ocasiones.

17. Ya lo hemos señalado, pero lo relevamos en esta conclusión. No se trata, tampoco, de la calidad de las premoniciones que aluden al origen latino del término vate y de vaticinio o la capacidad de leer el devenir. No se trata, es obvio del “Me moriré en París con aguacero…” No.

Aquí el poeta es el periodista que ha penetrado en la urdimbre de su
tiempo y, por ello, tiene capacidad de pre-ver. Y prevé. Y nos lo comunica, aunque no tengamos la disposición –o la voluntad- de decodificar sus mensajes. Como el que envía en su artículo “Hispanoamérica y Estados Unidos ante el Tratado Nipo-Alemán-Italiano.” (27)

Vallejo hace un llamado a Estados Unidos para poner freno al fascismo europeo y oriental (italo-germano-japonés) que ya había puesto sus ensangrentadas botas, en el caso de los dos primeros países, en la bienamada España, en Abisinia y China, pues de lo que se trata –y lo especifica el poeta-, no es:

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(*) Más o menos es lo que dice Cervantes en El Quijote sobre la función de la historia

“Ya de una simple agresión a una determinada ideología política, a un tipo de sociedad, a una forma de Estado, sino de ataques a fondo contra el cuerpo y el espíritu mismo de los pueblos, contra sus bases históricas, sus maneras de pensar y de vivir, en fin, contra sus instintos vitales más profundos y sagrados. Se pretende, en una palabra, colonizar alma y bienes de los países objeto de esta flamante forma de conquista.” (p. 448)

Vistas así las cosas, el poeta invoca a quien sea capaz de escucharle para:

“…LIBRAR EL MUNDO ENTERO DE LA BARBARIE…” (p. 447):

de esa barbarie que costaría, al planeta, millones de muertos.

Por cierto NO SE LE HIZO CASO, Y EL MUNDO “LIBRE” PAGÓ SU SORDERA SINTOMÁTICA, VERGONZANTE, CON EL ALTO COSTO HISTÓRICO QUE TODOS CONOCEMOS:

EL FASCISMO –EUROPEO Y ORIENTAL- DESATÓ LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL: Y EN MEDIO DE ESE MAR DE SANGRE, DESARROLLÓ SU VIDA DELETÉREA.

Porque Vallejo vivía la inmolación de la República de García Lorca y Miguel Hernández, la tortura de la España de Quevedo y Bécquer, holocausto que se realizaba a vista y paciencia de las naciones que luego serían “víctimas” de la misma agresión fascista. Porque lo que se hacía con la República Española –por parte de Hitler y Mussolini- es lo que se haría, mutatis mutandis, contra la humanidad entera, en nombre de la vesania nazi-racista-capitalista de la reacción internacional.

La política de avestruz de las “grandes potencias” –Inglaterra y Francia, en especial- su cobardía y reticencia celestinescas, que encabezara el imperio americano, hicieron caso omiso de las zahoríes palabras del poeta.

Pero conste que ellas fueron escritas, y con claridad meridiana de periodista paradigmático.

Por eso las reproducimos, setenta y dos años después que fueran publicadas, en la revista Repertorio Americano, Nº 831, San José de Costa Rica, 18 de diciembre de 1937:

“Se hace urgente deducir de la nueva política americanista a que nos referimos (Roosevelt se había pronunciado aparentemente contra las dictaduras fascistas: W.O.), una táctica de acción inmediata de todos los pueblos de América en defensa particularmente de la República Española, por ser ésta objeto principal de la agresión fascista, y por la circunstancia que, de ser ella vencida, el camino de la hegemonía del fascio en el mundo ganaría un gran terreno…” (p. 448) (Énfasis nuestro).

Sólo nos queda añadir. (¿resignadamente?):

¡Y LO GANÓ! Pero sin dejar de preguntarnos: ¿POR CULPA DE QUIÉN?

18.- Hoy, a comienzos de un nuevo siglo -2009- hemos asistido al ocaso de países que se agruparon en la llamada Comunidad Socialista, y al derrumbe de la propia Unión Soviética. Pero sabemos –gracias al testimonio periodístico de César Vallejo- que, entre las numerosas causas de ello, se encuentran las derivadas de un manejo dogmático, sectario, de la doctrina marxista.

Cuán bueno hubiera sido que, en su momento se repasaran las enseñanzas derivadas de las “Lecciones del Marxismo” (28), que ya citamos largamente, donde se consigna el prodigioso retrato del “escriba del marxismo”, del miembro de esa “tribu de esclavos” que deformaron la doctrina y las verdades científicas, para convertirlas en mera cháchara, con el juego de una doble moral que hoy ha demostrado su verdadera tesitura, y que ya fuera denunciada por nuestro Vallejo hace ochenta años, en este artículo –no es por cierto, el único- publicado en Variedades, Nº 1090, el 19 de enero de 1929.

19.- Otra de las conclusiones necesarias, es la urgencia de depurar el corpus de la obra periodística de Vallejo. Se deberá dejar, en ella, sólo lo que corresponda a esta área de conocimiento. Y clasificar, en su lugar, los poemas en prosa, los fragmentos de novela, los cuentos, el discurso varias veces citado.

20.-. Una obra periodística que hemos calificado de paradigmática, tenía que poseer –y la poseyó- una conciencia clara de sus receptores. Y éstos son las nuevas generaciones de América y el mundo.

En su artículo de abril de 1929, fechado en París –“El pensamiento revolucionario”- escribe:

“En primer lugar, necesitamos recordar a las inteligencias jóvenes de América, a las que de preferencia nos dirigimos…” (p. 347)

Tratemos, pues, de que ellas reciban, en efecto, el legado periodístico del poeta. Ése ha sido el propósito de este trabajo, por supuesto permanentemente inacabado, pues, como parte de su obra creativa, las lecturas que aparecen –y aparecerán- son necesariamente múltiples, inexhaustibles.

La Calera, Lima, marzo de 2009
NOTAS

(1) Desde Europa, p.38. Los subrayados en negrita, salvo indicación expresa, son todos nuestros.
(2) Desde Europa, p. 373.
(3) Ob. cit. p. 279.
(4) Ob. cit. pp. 265-266.
(5) Ob. cit. p. 290.
(6) Desde Europa, p. 72
(7) Ibid.
(8) Escribimos esto a fines de 1992.
(9) Desde Europa, p. 73
(10) Ob. cit. p. 277.
(11) Ob. cit. pp. 371-374.
(12) Desde Europa, p. 301.
(13) Ibid.
(14) Desde Europa, p. 301
(15) Ob. cit. pp. 262-263.
(16) Ob. cit. p. 319.
(17) Que también recuerdan escenas de numerosos filmes expresionistas de aquella misma época.
(18) Vallejo, en esto, es muy cinematográfico. No olvidemos el puntual conocimiento que él tenía del Sétimo Arte.
(19) Desde Europa, p. 253.
(20) Ob. cit. p. 166.
(21) Desde Europa, pp. 424-426.
(22) Desde Europa, p. 391.
(23) Ob. cit. p. 339.
(24) Desde Europa, pp. 68-69
(25) Desde Europa, p. 341.
(26) Rusia, 1931. Madrid, Editorial Ulises, 1931. Nota del editor, reproducida en la pág. 6 de la edición peruana. Lima, Editorial Perú Nuevo, 1959.
(27) Desde Europa, pp. 447-448.
(28) Desde Europa, pp. 322-323.

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