TOMAS BORGE: SUS PRIMEROS 80 HEROICOS

(WINSTON ORRILLO)

“Una de las acciones de autorreafirmación más importantes que, a nuestro

juicio debería realizar la izquierda de nuestra América, consiste en

restablecer su sentido de futuro, en renovar su optimismo histórico”

TB

Muchos, entre ellos el que esto escribe, creen que no existen las casualidades. Tomás Borge nació el mismo día de Fidel Castro, y esto no deja de ser simbólico, pues la misma senda de heroísmo y de entrega a las luchas populares del autor de “La Historia me absolverá” , las ofrece Tomás Borge, comandante de la Revolución Sandinista, y el único sobreviviente de la fundación, en 1961, del paradigmático FSLN –junto con Carlos Fonseca Amador- movimiento que condujo la gesta emancipadora de su patria, y que, el 19 de julio de 1979, defenestró al dictador Anastasio Somoza.

De este modo, la historia empezó a cambiar en la Patria de Sandino, y en ese primer periodo –durísimo, difícil, en el que había que construirlo o reconstruirlo todo- Tomás Borge fue Ministro del Interior, en una gestión que todavía se recuerda como ejemplar en cuanto respeto a los derechos humanos y tendente, en esencia, a la puesta en marcha de un proyecto social que, saboteado desde dentro y fuera, a pesar de todo condujo a Nicaragua a convertirse en una nación agrupada con la nueva historia de América Latina.

Pero Borge, para conducir su labor de revolucionario, no solo h izo gala de su coraje y denuedo singulares –los que le permitieron sobrellevar el haber estado condenado a muerte más de una vez por la satrapía somocista- sino que, fuerza sui géneris, en él se halla su alma y ejecutoria de poeta, de pensador, de intelectual que, igual, podía tener un arma en la mano, como un libro de versos o uno de ensayos o una novela.

Los que lo conocemos y leemos, no podemos dejar de admirar la enjundia de su prosa narrativa, la riquísima y entrañable tesitura de sus metáforas, y la aguda penetración de su ensayística.

Ahora mismo –y esto tampoco es una casualidad- en mi biblioteca dos preseas, dos obras suyas, nimban mi universo intelectual: Un grano de maíz (Conversando con Fidel), edición peruana realizada para conmemorar el XXX Aniversario del triunfo de la Revolución Popular Sandinista; y libro del que dijera el querido Comandante bolivariano Hugo Chávez, que fue su libro de cabecera en la cárcel.

Y, asimismo, la edición, corregida, disminuida y aumentada de La paciente impaciencia, Premio Casa de las Américas 1989, sugerente testimonio autobiográfico del combatiente sandinista y enjundioso escritor. Volumen que, según Mario Benedetti, es “una apasionante amalgama de precisión testimonial y calidad literaria”; y, al decir de Horacio Verbitsky: “No se trata de un manual, sino de una historia de amor”, en la que, según el Jurado del reputado Premio Internacional de Literatura de la Casa de las Américas, de Cuba, “”destaca la excepcional calidad del texto, que revela la capacidad narrativa del autor y su aliento poético”.

Por su parte, John Lyons, crítico, poeta, traductor y ensayista británico, especialista en literatura latinoamericana y catedrático en prestigiosas universidades de su país, comenta: “Estas agradables memorias son tan impresionantes como trabajo de literatura, que el lector tiende a creer que, si no hubiera sido por su involucramiento en la lucha de liberación de Nicaragua, Tomás Borge podría haber llegado a ser un novelista distinguido de estatura internacional…Su relato es honesto, rico en anécdotas, muy humano, a veces tremendamente conmovedor, sin el más mínimo rasgo de amargura e hilvanado con un sentido del humor y una ironía digna de un escritor como García Márquez….”

Pero, independientemente de su validada prosapia de escritor, Tomás es un político sagaz, un organizador revolucionario, un ejemplar compañero que, en todas las ocasiones en las que hemos tenido la suerte de compartir con él, una ha sido su palabra, su clamor: la unidad de las fuerzas de izquierda, tendente a la toma del poder.

Únanse y después que sigan las discrepancias. Solo ése es el camino, y en ello paree repetir la palabra martiana: ”Ésta es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”. O como la consigna de nuestro Amauta, José Carlos Mariátegui, quien dijera en una inolvidable mensaje de 1 de Mayo: “En esta hora todo nos une, y nada nos separa”.

Por ello el clamor y el grito más importante de su encendida garganta es el que reclama la unidad. La división es sinónimo de debilitamiento frente al enemigo de clase. Y fue lo que ha hecho fracasar a tantos movimientos.

Por eso, a sus 80 años de vida combativa y combatiente, este joven veterano de mil batallas, actual embajador de su patria sandinista en el Perú, nos da lecciones permanentes, y, verbigracia, en su amor irrefragable pora Fidel Castro, nos enseña el culto a valores inmarcesibles que hacen más digna y humana la lucha de nuestros pueblos hermanos.

Férvido defensor del Frente Sandinista, que ha vuelto al Gobierno de Nicaragua, él sabe que su patria está eslabonada en la cada vez más creciente ola que forma parte de esa gran humanidad que ha dicho basta y que no cesará hasta lograr, para todos los pueblos, su Segunda y Definitiva Independencia.

Por la que han luchado Sandino, Mariátegui, el Che, Fidel y él mismo.