REENCUENTRO EN EL COLEGIO MILITAR LEONCIO PRADO.

Jorge Rendón Vásquez (3ra. Promoción del CMLP, 1946-1948)

Se trata del colegio donde transcurre la novlea “LA CIUDAD Y LOS PERROS” DE VARGAS LLOSA

El 28 de agosto de 2010 será recordado por los cadetes y ex cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado que concurrimos a su local como un día de reencuentro, no sólo con sus instalaciones, sino, sobre todo, con su espíritu, presente en todos los que estuvimos allí desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde, congregados en un festival alegre, cordial, optimista y gratamente nostálgico, y muchos acompañados por sus familias. A los acordes de las marchas militares ejecutadas por la banda del Colegio, desfilaron en la pista central los integrantes de las sesenta y cuatro promociones egresadas desde 1946 hasta 2009 que acudieron a esta celebración. No fue como la Marcha Triunfal de Rubén Darío:
“¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
¡La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!”
Fue un desfile de hombres de todas las edades, desde los que pasan de los ochenta años hasta los que no han llegado aún a los veinte, emocionados pero airosos, con el mismo entusiasmo y disciplina de cuando vivíamos en el Colegio, y contentos de haber sido parte de él.
Fue el adios emocionado a las instalaciones del Colegio que serán demolidas para dar paso a nuevas construcciones.
Tengo la impresión de que cada uno de nosotros nos preguntábamos en ese momento lo que el Colegio nos dio. Y creo que nos respondimos que una excelente educación impartida por profesores de primera, tal vez los mejores de Lima y Callao; el sentido de la disciplina en los actos de la vida, no tanto como imposición exterior, sino como aprehensión de su necesidad e importancia; la conciencia de la organización colectiva, la preparación y la confianza en el equipo que nos permitió ganar todos los campeonatos deportivos escolares mientras los hubo; y ciertos valores morales de número y clase variados para cada uno: la lealtad, la amistad, el cumplimiento del deber y la responsabilidad, la conciencia de hacer bien las cosas, el impulso para sobresalir. Añadiría que el Colegio fue para muchos la inmersión en la modernidad y la oportunidad de proyectarnos hacia objetivos más elevados.
Aceptábamos la disciplina militar del Colegio porque la habíamos elegido y jovialmente, y quizás por la fantasía de la adolescencia de sentirse parte de un instituto armado cuyos miembros vestían el uniforme militar. Pero, esa aceptación estaba para la mayoría muy lejos de la vocación de entregar nuestras vidas a la disciplina profesional de las Fuerzas Armadas. De los trescientos egresados de cada promoción, menos del diez por ciento postulaba a las escuelas militares, de los que, dicho sea de paso, casi todos ingresaban, y muchos con los primeros puestos, y no por favoritismo. Una reminiscencia de la disciplina militar en el Colegio fue haber colocado en el desfile del 28 de agosto, en los primeros rangos de cada promoción, a los oficiales de las Fuerzas Armadas, un privilegio sin explicación racional. Más democrático hubiese sido que éstos hubieran desfilado mezclados con sus compañeros, puesto que todos fuimos formalmente iguales cuando estudiábamos en el Colegio, y porque la pertenencia a las Fuerzas Armadas no confiere una superioridad intelectual y social a sus miembros sobre los profesionales y otros actores de la vida económica civil. Cada uno desempeña una función en la sociedad, es parte de una jerarquía profesional y alcanza el nivel que su inteligencia, dedicación y oportunidad le procuran.
En la concentración del 28 de agosto no pude dejar de recordar la novela de Mario Vargas Llosa “La ciudad y los perros”, una obra sobre el Colegio Militar Leoncio Prado. Ya se sabe ahora con certeza que su línea argumental y algunos de sus protagonistas reproducen en gran parte la trama y los personajes de la obra del escritor austriaco Robert Musil “Las tribulaciones del estudiante Törless”, y una ambientación similar y ciertos pasajes de la novela del escritor estadounidense James Jones “De aquí a la eternidad”. ¡Cuán lejos de la realidad se encuentran las escenas de “La ciudad y los perros” que muestran a sus actores como adolescentes con vocación y actitudes delincuenciales, prestos a la traición, al abuso y al autoritarismo, como en las cárceles! Es completamente inverosímil que algún cadete del Colegio sea o haya sido una expresión de esos esteretipos. Un novelista puede imaginar la trama que pueda y le venga en gana. Pero no debería falsear la verdad histórica, ni la realidad social. Vargas Llosa ha pretendido en esa obra condenar y ridiculizar el autoritarismo militar. Pero lo ha hecho convirtiendo en basura social a jóvenes que ni se imaginaban que pudiera haber ese tipo de vida, y agraviándolos así a mansalva. Cuando esta novela comenzó a circular en el Perú, un grupo de militares ex alumnos del Colegio protestó sometiéndola a un auto de fe. Fue su manera de expresar su indignación, pero no la más apropiada, probablemente porque carecían entonces de los elementos conceptuales para combatirla. Vargas Llosa pudo haber querido, en el fondo, con esa novela vengarse del autoritarismo de su padre, apelando a las técnicas novelísticas que había estado aprendiendo trabajosamente desde que empezó a escribir. Y tuvo una suerte extraordinaria cuando la concluyó. En España, y en particular en Barcelona, bullía en ese momento una creciente resistencia contra el régimen franquista, pero era en extremo peligroso manifestarla. “La ciudad y los perros” les vino de maravilla, y la publicaron y publicitaron intensamente. Total: era un escritor latinoamericano quien ridiculizaba el autoritarismo militar, que para los españoles se encarnaba en el régimen franquista. Poco les importaba que esa novela trasuntara o no la realidad de un Colegio Militar desconocido para ellos. Vargas Llosa tendría que decir si la imaginó y escribió para esa coyuntura especial. En el jurado calificador del concurso al que fue presentada hubo quienes pensaron que el premio debía ser atribuido a otra novela. Es de suponer que primó la motivación política indicada.