HONORES AL DESHONOR

Estafeta
HONORES AL DESHONOR
Víctor Manuel Ramos
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El primer recuerdo inolvidable de Oswaldo López Arellano se ubica el 3 de octubre de 1963, en La Esperanza, Intibucá. Eran las seis de la mañana cuando escuchamos, en mi casa, ráfagas de ametralladora y de fusilería. Impulsados por la curiosidad salimos, mi hermano y yo, a la calle para saber que ocurría y la primera imagen que tuve fue la de mi compañero de colegio, Percy Ramírez, quien, inocente de lo que pasaba, salió de su casa para ir a los baños públicos. Al acceder a la calle que da al cuartel, desde el torreón Suroeste, un soldado le disparó, hiriéndolo en los pies. Lo vimos correr para refugiarse en su casa y nosotros entramos de nuevo en nuestra casa. Mamá informó que se trataba de un golpe de Estado, porque había encendido la radio y escuchado la proclama de los militares. Por la tarde, cuando la tensión había bajado, varios muchachos fuimos a la sede de la Guardia Civil, ubicada frente a la Plaza de Armas, a ver los
cadáveres de los guardias asesinados cobardemente por los militares, pues unos días antes, el presidente Ramón Villeda Morales -conocedor y cómplice del golpe de Estado, en venganza en contra de Modesto Rodas Alvarado, quien era el virtual ganador en las elecciones que se realizarían días después-, los había desarmado. En el edificio de la Gobernación, a donde también acudimos llevados por la curiosidad juvenil, encontramos destrozos en todas sus oficinas y todos los papeles de los archivos estaban tirados en el piso. Luego mamá se alarmó porque tuvimos la noticia de que mi tío Camilo Rivera Girón, quien fungía como Gobernador Político de Cortés, había sido puesto prisionero. Esta escena trágica se repitió en todo el país y fueron varias centenas de hombre humildes, que servían a la patria como guardias civiles, los que cayeron asesinados cobardemente por las botas militares.
Oswaldo López Arellano (OLA) se apoderaba de la conducción del país. El Presidente había sido enviado al exilio a Costa Rica y, en todo el territorio nacional, se instauraba un régimen de persecución contra todo aquel que mostrara alguna señal de oposición. En aquella oportunidad, OLA se proponía salvarnos del comunismo, pero nos trajo, a cambio, un régimen de terror, odio y muerte. Se había revivido la tiranía cariísta, pues el militar se hizo apoyar por las huestes retrógradas del partido nacional que lideraba el fatídico Ricardo Zúniga Agustinus.
Los días que vinieron en La Esperanza fueron de gran tensión. Un oscuro militar de apellido Martínez, de negros sentimientos, se instaló como Jefe de la guarnición militar e instaló un régimen de persecución con orejas que se instalaron, hasta en el Instituto Departamental de Occidente, en donde cursaba mis estudios secundarios. Allí, con la complicidad del Director D. Marco A. Martínez, se nos hostigó a los estudiantes que no comulgábamos con el golpe de Estado y con las fechorías que los militares cometían, casi a diario, en la ciudad. Se nos acusó de comunistas, a pesar de que no teníamos ni remota idea de la existencia de Marx ni de Lenin, y a mí casi se me impide graduarme de Maestro.
Una vez graduado tuve que emigrar a La Lima, en donde me instalé como maestro en la Escuela Esteban Guardiola, del sistema escolar de la United Fruit Co. El sistema educativo de la compañía era un oasis de dignidad que dirigía mi querido maestro D. Ibrahim Gamero Idiáquez.
Luego vinieron las elecciones espurias (1965), que con justa razón fueron calificadas como elecciones estilo Honduras. El Partido Nacional, a pesar de no contar con el respaldo del pueblo, ganó en las urnas. El Congreso, dominado por los cachurecos, elevó a OLA al solio de Presidente Constitucional. Fue igualmente un período de prepotencia militar y de politiquería espuria, esta última, bajo la conducción de Ricardo Zúniga Agustinus.
El régimen autoritario y represivo de López Arellano impedía el arranque económico del país, y los jóvenes empresarios de la Costa Norte, de San Pedro Sula, principalmente, encabezados por Jaime Rosenthal Oliva, Edmond L.Bográn y Camilo Rivera Girón, se organizaron para hacer oposición al régimen en la búsqueda de un gobierno que permitiera mayor libertad empresarial y mayores posibilidades de desarrollo para la empresa de aquella ciudad. La respuesta fue el acoso y la represión, que se agudizó cuando el usurpador del poder decreta el impuesto sobre ventas. Los empresarios y los obreros de la Costa Norte se declaran en huelga (1968) y el gobierno los reprime inmisericordemente, obligándolos, en la cárcel, a rendirse y a aceptar las condiciones impuestas. Joaquín Portillo, otros compañeros obreros y yo imprimimos pronunciamientos, en contra del régimen militar y en apoyo de la huelga, en el miemógrafo del
Instituto Patria, justo antes de que las hordas militares tomaran por asalto la institución, a la que consideraban un nido de comunistas.
En esos días conocí a Rigoberto Padilla Rush, a Dionisio Ramos Bejarano y a Mario Sosa Navarro. El primer encuentro pactado con Mario fue un fracaso porque la policía rodeó la casa y Mario tuvo que saltar la tapia y yo y quienes me acompañaban nos vimos obligados a escaparnos por la puerta trasera.
El enfrentamiento más fuerte, durante ese período, ocurre con los maestros que se han organizado para enfrentar la politiquería y el maltrato a que son sometidos por parte del gobierno. Los maestros declaran una huelga y el país entra en crisis. Situación similar ocurría en El Salvador. Esta circunstancia es aprovechada por los militares salvadoreños quienes deciden invadir a Honduras con el objeto de desvairá la atención de sus problemas internos. Los militares hondureños, carcomidos por la corrupción que encabeza el mismo OLA, se muestran incapaces de defender el territorio nacional y gran parte de los territorios de la frontera Sur son tomados por la soldadesca guanaca, sin oposición por parte de nuestras incapaces Fuerzas Armadas. Tenían, en los cuarteles inscritos un buen número de soldados, pero en el cuartel solo había unos cuantos. El resto eran nombres inventados y los salarios correspondientes iban a parar
a las bolsas del comandante. Los sufrimientos que tuvieron que soportar los habitantes de los territorios invadidos fueron atroces: violaciones, saqueos, asesinatos, hasta las campanas de las iglesias y los mismos santos formaron parte del botín de los invasores. Fue necesaria la intervención de los civiles y de las OEA para detener la invasión y para expulsar a los salvadoreños de nuestro territorio. Esa es otra de las hojas negras en la carrera militar de OLA
Al aproximarse el cumplimiento del período por el cual había sido electo, OLA inicia un proceso de intrigas para orillar a los partidos Liberal y Nacional a un pacto. La idea de OLA era arrinconar a los políticos liberales de tal suerte que se negaran a cualquier negociación de tal suerte que justificaran un nuevo zarpazo a la Constitución que le permitiera perpetuarse en el poder, en contra del deseo de las mayorías. Sus planes nos e concretaron, pero del pacto nació un gobierno presidido por los nacionalistas, que no contaban con la mayoría de la voluntad del pueblo, pues se realizaron unas nuevas elecciones estilo Honduras. De esas elecciones surgió un gobierno débil, encabezado por el anciano Ramón Ernesto Cruz, quien carecía del coraje para gobernar y cuyas funciones ejecutivas las había asumido su esposa Luz María Sequeira.
El pastel estaba servido y OLA no lo pensó dos veces para engullirlo y se alzó nuevamente con el poder, tras un nuevo golpe de Estado, enviando al Presidente Cruz a su casa. A todo esto, OLA era ya dueňo de una inexplicable fortuna.

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Honores al deshonor
Víctor Manuel Ramos
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Los maestros en huelga, con el apoyo masivo del pueblo hondureño, salieron a las calles para impedir la firma de un contrato con el Consorcio de Universidades de La Florida, con el cual, el Estado de Honduras entregaría a la inversión privada norteamericana, el control de la educación pública hondureña. Loor a esa gloriosa gesta de los maestros. La crisis fue el detonante, el pretexto perfecto para que Oswaldo López Arellano llamara telefónicamente al Presidente Ramón Ernesto Cruz para que no se presentara más al despacho presidencial. En seguida la radio comenzó a difundir, con la voz del portavoz de todos los fatídicos golpes militares, Nahúm Valladares, la proclama que nos decía que los militares volvían a hacerse cargo del destino de Honduras y de sus habitantes, para asegurarles la felicidad, la paz y el progreso. Durante todo el día los receptores reprodujeron aquella voz entrenada en
golpismo y las funestas marchas militares.
López Arellano ya era dueño de un banco, de una empresa aérea y de fincas ganaderas, a pesar de que sólo se había desempañado como Jefe de Estado, como Presidente constitucional (escogido luego de elecciones fraudulentas) y Jefe de las Fuerzas Armadas. En su condición de Jefe de las Fuerzas Armadas era, nadie lo dude, el hombre más poderoso del país y los presidentes actuaban como sus subordinados, como sus títeres, temerosos de que un desacuerdo con el Jefe Militar les pusiera de patitas en el exilio o en casa. Estos personajillos que llegan al solio presidencial se olvidan del pueblo que los había electo.
López Arellano, sin embargo, en esa ocasión parecía imbuido de otras intenciones. Nos dijo que quería el progreso de Honduras y, quizás, bajo la influencia de Velasco Alvarado, un General que impulsaba cambios revolucionarios en Perú -cambios que no han sido continuados por Allan García, en migas con este gobierno que desconocen los hondureños, quien se dice continuador del pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, refugiado, como José Manuel Zelaya, en una embajada, la de Colombia, nada más que durante cinco años-, y por el más cercano General Omar Torrijos, otro militar patriota que inició una lucha por la reivindicación del pueblo panameño y el rescate de la Zona del Canal que devolvió, gracias a su patriotismo, a la soberanía de Panamá.
Muy pronto trató de hacer migas con las dirigencias obreras y campesinas y se impulsaron algunas medidas reformistas que tuvieron el firme respaldo de las masas: la promulgación de una ley que protegía el bosque, la promulgación de la cuota sindical obligatoria, algunos intentos de profundizar la reforma agraria, la imposición –a nivel centroamericano- del impuesto a la importación del banano –de un centavo por racimo se subió a un dólar por caja-, la creación de la Corporación de inversiones para impulsar la industrialización del país (este capítulo se convirtió en una pesadilla, porque algunos honorables empresarios, actualmente receptores también de honores oficiales, se alzaron con los dineros del pueblo: léase Miguel Facusé-. Las masas, con el apoyo ideológico del Partido Comunista, que dirigía Rigoberto Padilla Rush, fueron a las calles en apoyo de la pléyade de los jefes militares que impulsaban las
reformas. Estos sin embargo, tras bambalinas, se llenaban sus bolsillos con los dineros del pueblo.
Esta ilusión, sin embargo, duró muy poco. López Arellano, no contento con el saqueo al que había sometido a Honduras, aceptó un soborno por unos pocos millones de lempiras, por parte de una compañía transnacional del banano que tenía una subsidiaria en el país, para que se disminuyera, sustancialmente, el impuesto bananero.
Todo hubiera pasado sin que pasara nada, a no ser porque la misma empresa bananera hace la denuncia del soborno en Los Estados Unidos. Otro militar, general de mentirijillas, que apenas sabía leer y escribir, Juan Alberto Melgar Castro, igualmente ambicioso de poder y de fortuna, nos despierta con la voz de Nahúm Valladares (ahora convertido en otro honorable ciudadano acreedor de muchos honores) anunciando, con el fondo de las marchas militares, otro nuevo golpe militar, con el propósito reiterado de salvar a la nación. ¡Pobres hondureños con estos salvadores! López Arellano fue enviado a su casa y los militares nombraron una comisión destinada a investigar lo del soborno. Esa comisión la integraban, entre otros, mi tío Camilo Rivera Girón. El régimen de Melgar Castro se constituyó en otra farsa que no hizo más que profundizar la crisis del país, que venía siendo sometido a un saqueo inmisericorde por parte de los
Jefes de Estado militares y los comandantes de los batallones, convertidos, de la noche a la mañana, en potentados con cuantiosas cuentas en los bancos extranjeros y valiosas propiedades en el país, que no podían explicarse con sus salarios.
La comisión fue a Los Estados Unidos, a Europa y escarbó, igualmente, en Honduras. Oswaldo López Arellano, quien fue cubierto durante sus honras fúnebres con el pabellón nacional y que recibió honores de ordenanza, con una guardia constituida por los presidentes Rafael Leonardo Callejas (conocido por el latrocinio a que sometió a las arcas nacionales), Carlos Flores Facusé (violador de la constitución) y Ricardo Maduro (panameño que se hace elegir presidente violentando la constitución), no dio la autorización requerida para que pudieran ser examinadas sus cuentas bancarias en Honduras y en el extranjero, sobre todo en Suiza, que es donde guardaba los caudales mal habidos.
Al retornar, la Comisión confirmó la desvergüenza de Oswaldo López Arellano y de Abraham Benathon Ramos, su ministro de Economía (ahora igualmente, convertido en honorable miembro del COHEP, sin que sepamos cómo es que ha limpiado su honorabilidad), quienes, en efecto, habían recibido el soborno y lo tenían bien guardado en un banco suizo. Mi tío Camilo, temeroso de que la turba invadiera furiosa la casa de estos dos ladronzuelos, pidió a la Comisión para que, antes de que se divulgara el informe, por la cadena nacional de radio y televisión, se enviara patrullas de protección a las casas de estos personajuelos. No pasó nada, por suerte. El pueblo hondureño, es seguro, estaba tan decepcionado, tan desencantado que prefirió quedarse en casa. López Arellano y Benathon Ramos guardaron, eso sí, el dinero que les dio, para vergüenza de Honduras, la bananera que durante su historia ha sometido a muchas humillaciones a
Honduras y a sus habitantes. Por si algunos no lo han entendido, Oswaldo López Arellano abandona la Jefatura de Estado de Honduras, a la que llega con el poder abusivo de las botas militares, por ladrón del Estado de Honduras. No fue a la cárcel a pesar de que pudieron habérsele imputado muchos delitos.
Luego de toda esta historia: ¿Qué honor merece el extinto Oswaldo López Arellano que sale del mando de la nación por perverso ladronzuelo? ¿Qué hoja de servicio puede destacare en quien violó, en reiteradas ocasiones, la Constitución y gobernó el país a partir de una masacre, no juzgada, ocurrida el 3 de octubre de 1963? ¿Qué conmoción puede haber en el Estado, que representa a los hondureños, ante la muerte de alguien responsable de muchos delitos no juzgados en contra de Honduras y sus ciudadanos?¿Qué autoridad puede tener, ante su feligresía, el Vicario del Arzobispado de Tegucigalpa, Carlo Magno Herrera, al tratar a este bandido como “insigne hondureño, fiel a sus principios, (indudablemente fiel a sus principios de enriquecimiento ilícito y de violador de la ley) que respondió a las circunstancias de este tiempo y por el bien de Honduras cuando le toco actuar”? ¿Con que moral pueden, Rafael Leonardo
Callejas, Ricardo Maduro y Carlos Flores Facusé hacer guardia a alguien que ha deshonrado a Honduras? ¿Cómo Pepe Lobo puede decir que todos sentimos la muerte de López Arellano, elevando al pedestal de patriota a quien fue expulsado del poder en forma deshonrosa? ¿Cuál es el legado que nos deja López Arellano, Señor Carlos Cuellar? Bueno se lo recuerdo: varios golpes de Estado, la derrota infame que sufrió cuando la guerra con El Salvador, el asesinato de los guardias civiles y de los opuestos a su régimen, el soborno bananero,.. Por último, ¿los honorables miembros de la Comisión de Banca y Seguros, no estarán lloriqueando por la partida de Alí Babá? Continuará.