Día del Maestro (en Peru): entre el sentimiento y la responsabilidad
(Luis Miguel Saravia)
Educador
Lima – Perú,del 2010
Fuente Grupo PeruPaulo Freire.
El pasado 6 de julio celebramos en el Perú el día del maestro. Muchos mensajes, artículos, reflexiones que inciden en su rol en la sociedad, en su trabajo mal reconocido y mal pagado; maltratado, excluido. Todos con razón y fundamento, por ser un derecho profesional.
Se decía hace mucho tiempo que ser maestro en el Perú era una manera de morir a plazos. También hoy es una nueva forma de ser explotado en pleno siglo XXI y morir a plazos, pero también ser excluido por su opción preferencial por los que no tienen voz, como es el caso del Hermano Paul Mc Auley, a quien se pretende expulsar del país.
Reconocimientos banales, formación precaria, exigencias extremas, trabajos extremadamente absorbentes, sin derecho al ocio, a la recreación, salud frágil, son tantos los calificativos que se podrían seguir enumerando para presentar al principal responsable de la educación escolar. ¿Cuándo se devaluó el ser maestro? Existen muchos antes y después, muchos previos y sus secuelas amortiguadas por las llamadas reformas educativas, diseñadas por iluminados dejando de lado a quien debía impulsarlas.
Sentimiento e impotencia son las coordenadas en las que el docente peruano debe labrar su profesión. Sentimiento que responde a una vocación de servicio por la educación de los hijos del pueblo. Impotencia porque sus propuestas e iniciativas no son escuchadas, no son recogidas y menos valoradas. Sentimiento para educar de la mejor manera a los niños y niñas encargados y hacerles desarrollar sus potencialidades. Impotencia porque no es posible desarrollar un enfoque alternativo, si no está ceñido al programa oficial, de cara a las características de los alumnos. Sentimiento porque se entrega con pasión a su trabajo y tareas relacionadas con el quehacer educativo. Impotencia porque no puede desarrollarse profesionalmente si no es en los programas auspiciados por el Ministerio del sector. Los demás que oferta el mercado cuestan dos o tres veces más de lo que gana un docente.
Muchos de los maestros, nuestros maestros encierran cada uno una historia de vida personal y profesional, forjada en silencio y en el crear a contracorriente una identidad, a pesar de las autoridades temporales que pasan por los gobiernos y el sector. Austeridad, ciencia y virtud son los ejes de su desarrollo, que no lo proclaman, pero sí lo viven y lo sienten. Indudablemente hay de los otros, pero ellos llevan el nombre de maestros de sombrero, se lo cambian de acuerdo al tiempo en que viven.
Más allá del recuerdo de fechas, celebraciones y reivindicaciones justas, es necesario centrar la mirada también en el deber ser del docente. En la base de nuestra formación tenemos en el país un personaje nombrado pero poco dimensionado, existe un Colegio Nacional que lleva su nombre y una resolución, pero nada de su propuesta educativa perdura y menos es conocida y referida. Como siempre nos hemos vuelto utilitaristas de utopías y experiencias genuinas, contrastadas, pero los móviles políticos lo ignoraron y para quedar bien diplomáticamente, lo asumen como un mero recuerdo.
Se trata de Simón Rodríguez (28 de Octubre 1769 - 28 de Febrero 1864), el maestro del Libertador.
Se caracterizó por seguir apasionadamente su ideal de pensar y enseñar en libertad. Su vida estuvo dominada por la pasión de las letras. Como educador le gustaba combinar la educación con el trabajo. Por ello promovía la creación de escuelas técnicas y agrícolas, que hagan posible la formación de recursos humanos para “colonizar el continente con sus propios habitantes” para evitar la emigración indiscriminada del exterior.
Su proyecto educativo lo denominó de “educación popular”.
Se impartió en lo que denominó centros educativos igualitarios donde acudían mestizos e indios adquiriendo conocimientos de carácter práctico y manual. ¿Qué hubiera pasado si le hubiéramos hecho caso y haberlo dejado morir sin asistencia en Amotape, en el departamento de Piura, al norte del Perú? Pasó por el Perú y retornó a morir en la soledad, sin merecer el entierro en un camposanto cristiano sino todo lo contrario, fuera de él pues no lo merecía por su apostasía.
Simón Rodríguez también cuestionó lo que llamaba educación especulativa porque no conduce al logro de objetivos que se identifican con las carencias de los alumnos. Tampoco aceptó la metodología lancasteriana pues decía que Lancaster la inventó para hacer aprender la Biblia de memoria e impulsar la enseñanza mutua. Decía que los alumnos van a la escuela a aprender y no a enseñar, ni a ayudar a enseñar. Denunció, además, a quienes llamó “mercaderes de la educación” a quienes hacían negocio con la actividad educativa y que lucraban con ese quehacer.
En síntesis Simón Rodríguez ha sido el precursor de un sinnúmero de quehaceres educativos netamente latinoamericanos, entre los que se distinguen el inicio de un pensamiento propio continental; el promotor de una pedagogía social, apegada a la idiosincrasia del pueblo; rechazó asumir actitudes y conductas imitativas de otras latitudes. Por el contrario, desafió a formar nuestros propios recursos humanos para el desarrollo. Por eso no hacía distinciones entre hijos legítimos de potentados y los hijos naturales que en su mayoría provenían de una madre indígena y deambulaban por la vía pública, abandonados, marginados, excluidos de la sociedad. Es a todos ellos – decía- a los que debe brindárseles una educación única formándolos en humanidades y aspectos técnicos para la época y que tenían demanda: la carpintería, la albañilería y la herrería. También otros aspectos relacionados con la agricultura.
Simón Rodríguez nos ha legado unos principios pedagógicos y sentencias que hoy pueden tener vigencia en una política educativa genuina que responda a la realidad y a sus actores principales: los niños.
Citaremos algunos para que sirva de reflexión: “Instruir no es educar; ni la instrucción puede ser equivalente de la educación, aunque instruyendo se eduque”. “Enseñen y tendrán quien sepa; eduquen y tendrán quien haga” (Simón Rodríguez - Obras Completas. Universidad Simón Rodríguez. Caracas 12975. Editorial Arte).
Rumazo González (educador ecuatoriano) apunta al respecto, “…esta distinción enjuicia directamente el problema de la niñez y la juventud: instruir es dación de conocimientos, de saberes; mediante información grábase aquello que se ha ignorado; en contraste, educar implica ir de lleno al hombre integral, y no sólo al hombre pensante. El individuo poseído de grandes apetencias germinativas, será ciudadano útil. Instrucción significa dación de conocimientos; en cambio educación es formación de criterio, arrumbamiento, conciencia. Al instruir se educa, pero sólo en pequeña parte: la relativa estrictamente a conocimientos intelectuales”. (En Simón Rodríguez maestro de América. Biografía breve.)
Desde este siglo debemos recordar a este maestro que supo conocer e interpretar la realidad y darle respuesta con propuestas factibles de realizar, pero como hoy, no eran validadas por quienes estaban en el poder. Supo Rodríguez, como muchos maestros peruanos de ayer y hoy, interpretar que los cambios que se venían realizando en Europa, marcaban en economía el fin de la era feudal y el inicio del capitalismo, de las primeras industrias, del inicio de las burguesías locales y nacionales y que esto llegaría a Latinoamérica.
Previó que habría una acumulación del capital, que la ciencia sería una especie de ordenador de la vida del hombre en la tierra y lo religioso sería lo determinante en lo espiritual del hombre. Por ello se juega por una alternativa educativa que tuviese como base el pensamiento liberador, el concepto de igualdad, del derecho a la educación general, fomentar el pensamiento crítico y promover el pensamiento creador. Este mensaje salvado el tiempo, ¿no está vigente aún en nuestra realidad?
¿Dónde cargaba Simón Rodríguez sus baterías reflexivas?
Los pensadores de entonces: Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Locke, Saint Simon, lo inspiraron y le permitieron reflexionar a pesar de su espíritu inconforme. Decía Rodríguez que “la sociedad es una guerra simulada”, es decir que se da una permanente lucha de clases en lenguaje de hoy, entre los que son dueños del capital y los que tienen su fuerza de trabajo. Y reclamaba que “ la América no ha de imitar servilmente, sino ser original”. (Alexander Alvarado Contreras. Simón Rodríguez. Pensamiento. )
Tuvo una visión futurista. Influyó en su formación, “El Emilio” de Rousseau. Esta obra influyó en el desarrollo de su concepción revolucionaria de lo que debería ser el modelo educativo para las naciones recientemente emancipadas.
Simón Bolívar dijo de Rodríguez que "enseñaba divirtiendo”, método que rompía radicalmente con las rígidas costumbres educativas del colonialismo español. El acto educativo, el acto docente, tenía que ser una verdadera Paideia. Es decir, la plena y rigurosa formación intelectual, espiritual y atlética del hombre, como lo concebían los griegos. Con la inclusión del sentido de formación del espíritu humano, se dotaba al hombre de un carácter verdaderamente humano. Por eso, para él, la educación era una actividad eminentemente social. Concebía la educación como una educación pública, popular y republicana. Orientada a la formación de ciudadanos, de ciudadanía. No debía ser excluyente, para ello debería desarrollarse utilizando una metodología que se base en la observación-reflexió n, debería basarse en la experimentació n, antes que en el sistema memorístico, el cual caracterizaba la educación de entonces.
Estudiar a Simón Rodríguez para todo maestro debe ser una obligación y reto. Excluido de la Historia de la Educación Latinoamericana –como también ha sido Freire y otros que han dado tanto que deben ocupar un lugar importante- Rodríguez fue volcando sus inquietudes pedagógicas a lo largo de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú Bolivia, Chile. Sin duda un personaje que habló proféticamente de la educación que deberían desarrollar nuestros pueblos, centrándose en la realidad, en los excluidos, y diseñar un modelo educativo con perfil propio y no trasladado de una latitud a otra, pero sí enriquecido por la ideas que fecundarán nuevas propuestas.
Otro educador en la tónica de Rodríguez ha sido Paulo Freire, quien aportó a nuestra época la crítica hasta hoy vigente dirigida a producir alternativas al modelo de relación pedagógica situada en la modernidad latinoamericana.
Rodríguez y Freire han creado pensamientos y estrategias tanto de resistencia al orden establecido como de creación de nuevos espacios y propuestas sociales. Sus propuestas, altamente pertinentes durante sus vidas, aún resuenan y nos desafían en el momento actual.
Si bien existen diferencias entre las proposiciones de ambos, pues vivieron momentos históricos diferentes, esta vivencia abre retos y aspectos sociales peculiares que los hace afines.
Rodríguez concibe la educación desde el trabajo productivo como eje de organización social, mientras Freire supone la educación como un ejercicio directo de la palabra que desvela y reconstruye la realidad. Rodríguez fundamenta su propuesta en ideas de la ilustración, y el socialismo incipiente, dando preferencia a la razón y a la organización comunitaria del trabajo productivo. Mientras Freire sustenta su pensamiento en la fenomenología y el marxismo, y en el ejercicio compartido del afianzamiento de la consciencia crítica que comporta la liberación plena del ser humano.
Del profesor Julio Valdez comparto lo que él denomina Coincidencias entre Rodríguez y Freire: “Tanto Rodríguez como Freire se oponen a las autoridades constituidas (políticos, militares), y a los poderes en ascenso (nueva oligarquía y burguesía), en tanto estos imponen condiciones de pobreza, inequidad, injusticia y excluyen del poder, de los derechos, del trabajo y de la política a grandes porciones de la población. Estos sufren a diario las estrategias de dominación, que abarcan desde la explotación material (esclavismo, manumisión, trabajo asalariado) hasta la colonización de la consciencia (sujeción a las autoridades constituidas, defensa de las estructuras sociales existentes).
Ambos maestros, Freire y Rodríguez, propenden a la búsqueda de formas sociales más justas, más solidarias, que incluyan a todos sus pobladores. No obstante, no plantean una sociedad ideal tipo, sino que suponen que se construirá colectivamente. Insisten en darle protagonismo pleno, como sujetos sociales y políticos, a todos los excluidos y a los silenciados. Nadie ha de quedar fuera. Esto es un aspecto vital (revolucionario) de sus planteamientos. La vía relevante para lograr esto es la educación, como práctica social a la vez que política, para sustentar la transformació n radical de la sociedad. Ambos dan importancia primordial a la pregunta, al desarrollo reflexivo, a la relación formación-trabajo, desde lo que se es y lo que se hace, destacando la presencia de la ética (solidaridad, compromiso), así como el saber hacer (el trabajo, la organización) . (Julio C. Valdez A. SIMON RODRIGUEZ Y PAULO FREIRE. Una mirada hacia adelante)
En el día del maestro que acabamos de celebrar sirvan estas reflexiones para replantear nuestro quehacer docente, pues su misión está más allá de los bienes materiales que siendo necesarios y coyunturales, no deben obstaculizar el derecho a ser mejores, a desarrollarse como personas y como profesionales. Trascendamos el mensaje de Encinas y de Zevallos, que si bien tiene aún vigencia, sin embargo debe enriquecerlo con esta inquietud genuina y latinoamericana. No nos quedemos en el recuerdo y el sentimiento. Sigamos aportando.