Barro de Arrabal. Vida de Cátulo Castillo.

(Jorge Rendón Vásquez)

Libro de Juan Carlos JARA, Merlo, Ediciones Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche, 2008.

Para la visión de los grandes medios de comunicación social, proyectada sobre las ignotas y cautivas multitudes de lectores desde las oscuras cámaras donde se forja la alienación de la conciencia colectiva, el tango es, a lo sumo, una música popular aparecida en el arrabal, mitificado como una suerte de país del más allá en el que la miseria no pasa de ser una palabra que rima bien con una prosa elegante. Esa concepción se esfuma, como los espíritus malignos de la noche, con el libro de Juan José Jara, “Barro de Arrabal, Vida de Cátulo Castillo”, de cuyas páginas brota la luz de la verdad histórica con la fuerza del astro rey. Porque allí, el tango, Cátulo Castillo, José González Castillo, Sebastián Piana, Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi, Aníbal Troilo y otros de la pléyade viviente del firmamento musical popular argentino no son para nada entelequias, dóciles seres cosificados, sino seres de carne y hueso, surgidos de los barrios populares, de hogares muy pobres y descendientes de inmigrantes, la mayor parte, bullentes de vida, confianza en sí y dueños de una conciencia altiva, “aquella Argentina alvearista —dice Juan Carlos Jara— donde miseria popular y despilfarro oligárquico se entremezclaban impúdicamente”. Y este origen, que ninguno de ellos olvidaría, se reflejó en la letra y las notas de los tangos que crearon, y en su adhesión política. Juan Carlos Jara, marchando por este derrotero con paso seguro, puede, por eso, seguir la vida de Cátulo en sus planos personal, social, artístico y político. Las sesenta y cuatro páginas de su libro, de una prosa madura dominada por verbos y adverbios precisos y una rica y prudente adjetivación, bastan para esta exposición que nos devuelve a la vida a un compositor y a un poeta, y lo instala ante sus lectores como un amigo que conocimos hace mucho tiempo, un amigo que en amena tertulia nos va contando cómo compuso, a los diecisiete años, su primera pieza “El organito de la tarde”, partitura de un raro virtuosismo, y, luego, cómo compartió con Sebastián Piana, otro pibe de su edad, la composición de “Silvando”, a la que su padre, José González Castillo, puso la letra. Estas dos melodías serían suficientes para colocarlo en el Olimpo del tango. Pero él no se quedó allí. Por alguna causa que, Juan Carlos Jara trata de desvelar, Cátulo Castillo abandonó la composición musical y se consagró enteramente a la redacción de letras que se impusieron para siempre como monumentos de poesía, en un línea paralela a las de Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo, a tal punto que es posible afirmar sin exageración que lo más rico, fértil y logrado del parnaso argentino ha preferido tomar posesión del tango. Uno no puede sino pensar que la fuerza de esas letras se transmutó en inspiración musical que fluyó como notas y compases de una lírica predestinada a nacer como un nuevo ser indisoluble. Allí están, por citar sólo algunos, “La última curda”, “A Homero”, “El último café”, “Cielo de barrilete”, “El último bohemio”. Cada uno de esos tangos cubre una provincia del sentimiento, y esto les confiere perennidad, su vocación para sobrevivir indefinidamente de generación en generación.
Otro aspecto que Juan Carlos Jara nos muestra sin ambages es la adhesión de Cátulo Castillo al Peronismo, dictada también por su origen, como la de Enrique Santos Discépolo y Homero Manzi, una adhesión normal, franca y decidida a un movimiento popular que se impuso la tarea de llevar a la Argentina a la modernidad y redistribuir la riqueza nacional, dándoles a los trabajadores derechos sociales, abriéndoles la vía hacia el bienestar y dejando en el pasado la pobreza de sus barrios. Pero él nunca pidió nada que no fuera la compensación por su trabajo, honrado y eficiente. Y cuando el Peronismo cayó del poder, en setiembre de 1955, sufrió con dignidad las represalias y sin abandonar jamás su fe. La grandeza de Cátulo Castillo cubre también este aspecto de su vida. Aludiendo a la tentativa de separar “El último café” de sus raíces sociales y políticas, Juan Carlos Jara expresa: “Creemos que sería injusto inscribir “El último café” dentro de ese intento de pasteurización tanguera, tarea que, por otra parte, implicaba poco menos que tratar de levantar una carpa en medio de un tsunami. Ninguna de las letras «optimistas», escritas «para la juventud» («Juntos frente al mundo», «Única», «Entre la gente») logró mínima perduración, mientras que el tango de Stamponi y Cátulo sigue siendo el más difundido, entre los compuestos durante el último medio siglo, tanto en nuestro país como fuera de él.”

Buenos Aires, agosto de 2010.