MARX Y CÓMO LA GRAN INDUSTRIA REVOLUCIONA LA MANUFACTURA, LOS OFICIOS MANUALES Y EL TRABAJO DOMÉSTICO (última parte)

(Hernán Andrés Kruse)

El abaratamiento de la fuerza laboral, la brutalidad del trabajo intensivo y el obrero transformado en un instrumento al servicio del capitalista, tropiezan finalmente con determinadas y precisas barreras naturales que no pueden obviarlas. Tropiezan con la maquinaria que hace posible la transformación del trabajo a domicilio desperdigado en industria fabril. Esta formidable transición se ve reflejada en la producción de artículos de vestir (wearing apparel). En 1861, trabajaban en Inglaterra y Gales, en las industrias del ramo, 586,298 obreros, de los cuales 115,242 eran menores de 20 años y 16,650, menores de 15 años. Respecto al número de obreras empleadas en este rubro en la Gran Bretaña de 1861 ascendía a 750,334. El número de obreros que trabajaban ese año en la industria de sombrería, zapatería, guantería y sastrería, en los países recién mencionados, era 437, 969, de los cuales 14,964 tenían menos de 15 años, 89,285 tenían entre 15 y 20 años y 33,117 tenían más de 20 años. Únicamente en Inglaterra y Gales trabajaban en 1861 en la producción de wearing apparel un total de 1.024,277 personas.

A continuación, Marx detalla cómo era la producción de los artículos de vestir. Quedaba a cargo de manufacturas en cuyos talleres se reproducía la división del trabajo y quienes trabajaban en dichos talleres respondían a las órdenes de pequeños maestros artesanos que trabajaban para manufacturas y almacenes. También ejercían un rol relevante los obreros domiciliarios que no eran más que una prolongación de las manufacturas, los almacenes y los pequeños maestros artesanos. La gran industria se encargaba de suministrar las masas de materiales, los géneros, las prendas a medio fabricar, etc., mientras que los desempleados, los “dejados en libertad” por la gran industria y la agricultura se encargaban de la formación de la mano de obra barata. Según Marx, las manufacturas de esta rama de producción deben su nacimiento a la necesidad experimentada por el capitalista de comandar un ejército de obreros capaz de entrar en combate cada vez que lo exige la demanda del mercado. Según se lee en Child. Empl. Comun. II Report, p. 17, n 319), un comisario de apellido White visitó una manufactura de uniformes militares donde trabajaban entre 1000 y 1200 personas, mujeres la mayoría de ellas, y una manufactura de zapatos donde trabajaban 1300 personas, la mitad de ellas niños y jóvenes. Sin embargo, los capitalistas permitieron que sobreviviera la industria manual y domiciliaria. La gran producción de plusvalía que el capital arrancaba a estas ramas de producción y la progresiva disminución del precio de sus productos se debía fundamentalmente a los míseros salarios que recibían los obreros junto con unas jornadas laborales atentatorias de la condición humana. La baratura de la fuerza laboral convertida en mercancía provocaba la dilatación diaria del mercado, hasta que se arribó a una situación límite. La simple explotación de la fuerza laboral acompañada por una división sistemática del trabajo, resultaba insuficiente para satisfacer las crecientes necesidades del mercado y la feroz competencia entablada entre los dueños de los medios de producción. Había llegado, pues, la hora de la maquinaria. La máquina revolucionaria decisiva que se adueña de todas y cada una de las ramas de esta órbita de producción es la máquina de coser.

¿Qué efecto inmediato produjo la aparición de la máquina de coser? Al apoderarse de nuevas ramas de producción permitió que los niños de corta edad fuesen desalojados de la industria. El salario de los obreros mecánicos incrementó su valor en relación con el salario de los obreros domiciliarios, perteneciendo muchos de ellos a la categoría “the poorest of the poor”. Descendió el salario de los obreros manuales mejor situados, competidores directos de la máquina. Con el advenimiento de la máquina de coser las muchachas y mujeres jóvenes pasan a componer el nuevo personal mecánico. Apoyadas en la fuerza mecánica, éstas no tienen inconveniente alguno en desplazar a los hombres en los trabajos pesados y a las mujeres viejas y niños pequeños en los trabajos ligeros. La máquina obliga a los obreros manuales más ineficientes a retirarse del mercado laboral. En Londres, la expansión de la costura a máquina corre paralela con los abominables progresos de la muerte por hambre. Al sonar la hora de la maquinaria, sonó al mismo tiempo la hora de la condena de una masa inmensa de trabajadores a la inanición. Las nuevas obreras pasan a ser el protagonista esencial de la nueva etapa laboral. Situadas junto a la máquina de coser, despliegan una gran fuerza de trabajo. En otros términos: se matan trabajando. No son conscientes de que el precio que pagan por ser eficientes es muy alto: nada más y nada menos que su salud. Al trabajar al lado del nuevo fetiche en lugares reducidos su salud se resquebraja de manera inexorable. Al respecto, señala el comisario Lord: “La impresión que se recibe al entrar en estos locales de trabajo bajos de techo, en los que se reúnen de 30 a 40 obreros mecánicos, es insoportable… El calor, originado en parte por los hornillos de gas, en los que se calientan las planchas, es espantoso… Y aunque en estos locales predominen las jornadas de trabajo que se llaman moderadas, es decir, de 8 de la mañana a 6 de la tarde, apenas pasa día en que no se recoja a 3 o 4 personas desmayadas” (Child. Empl. Comm. II rep. 1864, p. LXVII, núms.. 406-9, p. 84, núm. 124, p. 63, núm. 441, p. 66, núm. 6. p. 84, núm. 126, p. 78, núm. 85, p. 76, núm, 69, p. 72, núm. 483).

Según Marx, la transformación del tipo social de explotación es consecuencia del caos abigarrado de formas de transición, las que varían “según la extensión en que y el espacio de tiempo durante el cual la máquina de coser se adueña de esta o aquella industria, según la situación anterior de los obreros, el predominio de la manufactura, el trabajo manual o el trabajo a domicilio, el tipo de alquiler de los locales de trabajo, etc”. En la modistería el trabajo estaba organizado en función del régimen de cooperación simple. En consecuencia, la máquina de coser no es más que un simple factor de la industria de la manufactura. En otras ramas industriales, como la sastrería, la camisería y la zapatería, los obreros están sometidos a una cruel explotación fabril. Los patrones reúnen en sótanos a 50 o más asalariados alrededor de las máquinas de coser. Por último, están los artesanos o los obreros domiciliarios que, apoyados por su familia o por los obreros que contratan, emplean máquinas de su propiedad. Estas diversas formas de transición no ocultan el meollo del problema: la transformación de estas industrias manufactureras en genuinas fábricas. La máquina de coser juega en este proceso de cambio un rol relevante. Así lo explica Marx: “Esta tendencia es alimentada por el carácter de la misma máquina de coser, que, al consentir diversas aplicaciones, estimula la reunión de diversas ramas industriales antes separadas en el mismo edificio y bajo el mando del mismo capital, por la circunstancia de que el trabajo provisional de las agujas y algunas otras operaciones son más adecuadas para ejecutarse donde están las máquinas, y, finalmente por la inevitable expropiación de los artesanos y obreros a domicilio que producen con máquinas de su propiedad. Este destino es ya, en parte, una realidad en los momentos actuales. La masa cada vez mayor de capital invertido en máquinas de coser espolea la producción y engendra paralizaciones de mercado que obligan a los obreros domiciliarios a vender sus máquinas. Además, la superproducción de máquinas de éstas lleva a sus productores, hambrientos de mercado, a cederlas por un alquiler mensual, creando así una concurrencia mortal para los pequeños propietarios de máquinas Las mejoras constantes introducidas en la construcción de estas máquinas y su abaratamiento deprecian sin cesar los viejos ejemplares, que, vendidos en masa a precios irrisorios, sólo son rentables en manos de grandes capitalistas. Finalmente, la sustitución del hombre por la máquina de coser da la señal decisiva, en este como en otros procesos semejantes de transformación”.

La revolución industrial se acelera de manera artificial con la aplicación de las leyes fabriles a todas las ramas industriales en que trabajan mujeres, jóvenes y niños. La implementación legal de la duración de la jornada laboral, sus pausas, su comienzo y su terminación, el sistema de relevos, la obligación de admitir en el trabajo a menores de cierta edad, etc., obliga al incremento del número de máquinas y al reemplazo del obrero por el vapor como fuerza motriz. En relación con la alfarería, narra Marx, la empresa Cochrane, de la “Britain Pottery Glasgow”, informa: “Para mantener en pie nuestro nivel de producción, tenemos que emplear ahora un número mayor de máquinas, servidas por obreros no calificados, y cada día que pasa nos convence de que podemos fabricar mayor cantidad que con los procedimientos antiguos” (Reports of Insp. of Fact., 31st Oct 1865, p. 13). Por lo demás, para ganar en el espacio lo que anteriormente se perdía en el tiempo, se acentúa el proceso de concentración de los medios de producción, lo que trae aparejada la aglomeración de los trabajadores en los mismos lugares de trabajo. En realidad, los dueños de las manufacturas amenazadas con la aplicación de la ley fabril esgrimen como principal objeción la obligación de desembolsar mayores capitales para mantener sus industrias en los niveles anteriores.

Una vez sujeta a la reglamentación de la jornada laboral, la explotación fabril debe velar por “la seguridad normal del resultado”, debe garantizar la producción del número de mercancías planeado (o “el efecto útil apetecido en un espacio de tiempo dado”) y la interrupción repentina y periódica del trabajo en las fábricas sin que ello implique daño alguno para el producto en proceso de elaboración. Tanto la seguridad del resultado como las interrupciones del trabajo son, según Marx, más fáciles de conseguir en aquellas industrias puramente mecanizadas que en aquellas industrias donde ejercen un rol relevante los procesos químicos y físicos (la alfarería y la lavandería, por ejemplo). Cuando reinan la jornada ilimitada de trabajo y la más absoluta explotación del obrero, todo lo que implique para el fabricante un obstáculo para su deseo ilimitado de ganancias se considera “una barrera natural eterna” opuesta al proceso productivo. Quienes clamaron más fuerte contra la ley fabril fueron los capitalistas del ramo de alfarería. Luego de aplicárseles en 1864 la ley fabril todos aquellos “imposibles” desaparecieron. “El método perfeccionado” que la ley fabril obligó a implantar, “consistente” en preparar la masa por presión, en lugar de hacerlo por evaporación, los hornos de nueva construcción para el secado de las piezas no cocidas, etc., son todos acontecimientos de gran importancia en el arte de la alfarería y señalan en esta industria un progreso desconocido del siglo anterior… La temperatura de los hornos ha descendido considerablemente, con una reducción notable en el consumo de carbón y una acción más rápida sobre la mercancía” (Rep. of Insp. of Fact. 31st. Oct. 1865, pp. 96 y 95). En la industria de fósforos se consideraba natural que los operarios remojasen los palos en una mezcla caliente de fósforo, cuyos vapores venenosos cubrían sus rostros. La ley fabril de 1864 impuso el empleo de remojar que impidió que los vapores del fósforo subieran hasta la cara de los trabajadores. En la manufactura puntillera, no sujeta a la ley fabril, es ley natural que los obreros no coman a una hora fija porque los materiales de encaje pueden tardar en secarse 3 minutos o una hora (y aún más). Como los operarios están a merced de lo que suceda con este proceso, no pueden tener horarios fijos para comer. Los comisarios de los Children´s Employment Commission respondieron de la siguiente manera: “Las condiciones son las mismas que en la industria de estampado de alfombras. También algunos de los principales fabricantes de esta industria alegaban enérgicamente que la clase de materiales empleados y la variedad de los procesos por los que tenían que pasar, no permitían, sin acarrear grandes pérdidas”, que los trabajos se interrumpiesen repentinamente para comer… En la cláusula 6 de la sección 6 del Factory Act´s Extension Act (1864) se les concedió un plazo de diez y ocho meses a partir de la fecha de promulgación de la ley, transcurridos los cuales tendrían que someterse a las pausas especificadas por la ley fabril para las comidas y los descansos” (Child. Empl. Comm. II Rep. 1864, p. IX, n. 50). Una vez sancionada y aplicada la ley, los fabricantes reconocieron que ahora producían más que antes en el mismo tiempo. “Como se ve”, expresa Marx con ironía, “el parlamento inglés, al que seguramente nadie reprochará una gran genialidad, llegó por experiencia a la convicción de que una ley coactiva se bastaba para destruir por decreto todos los pretendidos obstáculos naturales que la producción oponía a la limitación y reglamentación de la jornada de trabajo”. En definitiva, se trataba de un problema no económico ni laboral, sino político. Y fue en el ámbito de la política donde aquellos “obstáculos naturales” fueron desterrados de las fábricas.

En las fábricas y manufacturas que todavía no se han adecuado a la ley fabril reina durante las denominadas “temporadas” (la saison) el más terrible agobio de trabajo, provocado por los encargos repentinos. La práctica de los encargos repentinos se vincula estrechamente con el ferrocarril y el telégrafo. Según un fabricante de Londres, “La extensión de la red ferroviaria por todo el país ha dado un gran incremento a los encargos rápidos; los compradores vienen de Glasgow, de Manchester y de Edimburgo una vez cada dos semanas o se dirigen para las compras al por mayor a los almacenes de la City servidos por nosotros. En vez de comprar al almacén, como se acostumbraba hacer antes, dan sus encargos, que deben ser ejecutados inmediatamente. Antes podíamos prepararnos durante los meses flojos para la demanda de la temporada siguiente, pero hoy nadie puede predecir sobre qué ha de versar la demanda” (Child. Empl. Comm. IV Rep. pp. XXXII y XXXIII). En la órbita del trabajo domiciliario, bajo el dominio del capitalista, se va conformando y disciplinando de manera sistemática un ejército industrial de reserva disponible, una marea humana desocupada que aguarda ansiosamente la más mínima oportunidad, por más miserable que sea, para retornar al mercado. Según la Child Empl. Comm, “los patronos explotan la irregularidad consuetudinaria del trabajo a domicilio para forzar a estos obreros a trabajar hasta las 11, las 12 y las 2 de la mañana y, en realidad, a todas las horas del día, en las épocas en que hay demanda de trabajo extraordinario” y, a su vez, en “locales en que el hedor basta para tumbarle a uno (…) Nuestros patrones-dice uno de los testigos interrogados, un zapatero-tienen mucha gracia; creen que a estos chicos les es indiferente que les maten de trabajo durante medio año y durante el otro medio les obliguen casi a andar por ahí hechos unos vagos”.

Hernán Andrés Kruse
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