La desaparición de la disidencia.

( Gustavo Rosa)

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En la memoria rebota la nefasta frase que el Monopolio usó para combatir la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual: “TN puede desaparecer”. No desapareció el canal, sino la ley. Gracias a eso, el Grupo que convirtió a Macri en empresidente a fuerza de canalladas periodísticas pudo crecer al ritmo de sus ambiciones hegemónicas. En ningún lugar del planeta existe un dominio sobre la construcción de realidad como la que ostenta Clarín. Detrás del nombre de un diario, se escuda un universo pernicioso insospechado para una parte de la sociedad. El pensar y el sentir de muchos argentinos es estimulado desde sus usinas para que sean funcionales a sus viles intereses. Los hechos se trastocan y las interpretaciones deliran en los medios que poseen para enloquecer al público cautivo y convertirlo en el sepulturero del destino de todos. A pesar de su monstruoso tamaño, acosa y ahoga aquellas voces que ponen en evidencia su demoníaca influencia y deschavan sus infames falacias. Si el gigante se incomoda por un grano de arena en su zapato, su poder no debe ser tan indestructible como a simple vista parece.

Nunca en democracia habíamos experimentado tanta parafernalia simbólica para mostrar a una pandilla de saqueadores como un Gran Equipo comprometido con nuestro futuro. Lo que antes era escandaloso ahora es encomiable. Lo que antes vociferaban a todas horas del día ahora lo envuelven en un silencio cómplice. Antes, la inflación era un problema y ahora es el mejor de los caminos. Antes, la informalidad laboral era una mancha en el Proyecto K y ahora es el punto de partida del emprendedurismo. Antes, había ñoquis y ahora hay voluntarios con sueldos cuadruplicados. Antes, buscaban botines ocultos en el extranjero y ahora que abundan excusan a sus propietarios. Antes, había corrupción inaceptable y ahora, conflicto de intereses producto de la inexperiencia. Cuando nuestra deuda era manejable estábamos en default y ahora que es de terror, estamos integrados al mundo.

Así, las paradojas se convierten en norma. Que el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, tenga más del 80 por ciento de su dinero fuera del país no es la mejor invitación para las inversiones. Que lo justifique con la frase “un funcionario tiene todo el derecho del mundo a tener su dinero en el exterior” es un abuso de la protección que lo mantiene en el cargo. Y una burla para los que se indignaron con las patrañas de Seychelles o la bóveda de Cristina, tan hechizados que no atinan a reaccionar. El licuado indigesto que reciben a diario desde esa virtualidad -que jamás abandonan- se transforma en un listado de lemas fáciles de memorizar que sostienen el andamiaje de prejuicios que guía sus decisiones. Consignas sin sustento que apenas comprenden pero les alcanza para mantener un diálogo ocasional en cualquier situación cotidiana y para apoyar lo que, con un poco más de lucidez, jamás apoyarían.

El discurso único ataca de nuevo

TN no desapareció, pero hay mucho que desaparece en la Argentina dominada por el Grupo al que pertenece: el empleo, la dignidad, el mercado interno; la tienda de la esquina, el bar de acá a la vuelta, la librería del barrio, la fábrica de la otra cuadra; los productos nacionales, las vacaciones de verano, el artefacto nuevo. También está desapareciendo la pluralidad de voces que los Amarillos tanto prometían pero que combatieron desde el principio. Los periodistas del demonizado 678 y los que cubrían la programación de los medios públicos fueron las primeras víctimas de estos hipócritas pregoneros del diálogo y el consenso. La distribución desequilibrante de la pauta estatal premia a los medios cómplices y apologistas, domestica a los susurradores de tímidas críticas y aprieta a los díscolos hasta el ahogo. Esto no pasaba en los tiempos de Cristina, aunque las denuncias saturaban en los medios que no necesitan de la propaganda oficial para engrosar su recaudación. Ahora existe la compra de voluntades que colma arcones y billeteras. Hasta los familiares de los periodistas cómplices encuentran su cobijo en la guarida del PRO.

Aquellos que se resisten son condenados al ostracismo. Si el dinero no los tienta a formar parte del blindaje informativo, el aluvión de causas judiciales alterará el equilibrio psíquico de dueños, gerentes y comunicadores. El directivo de un medio puede despedir a uno de sus conductores sin que eso signifique un acto de censura. La libertad de empresa es así. Si un programa no funciona es razonable que se lo saque de pantalla. Si no coincide con la línea editorial del canal, el asunto es un poco más complejo. Si alguna de las dos partes modifica su posicionamiento político de manera drástica, bienvenida la suspicacia. Pero la salida de Roberto Navarro de C5N sólo es explicable si se piensa como política de Estado. Un contenido de calidad que consigue convocar mucha audiencia en sus cuatro emisiones semanales no es para desechar así porque sí. En las propias narinas de la sociedad, un gobierno acosa al gerente de un canal para que despida a un periodista cuyas investigaciones incomodan a sus funcionarios. Quien aplauda esto tiene poco de democrático. Quien lo reciba con indiferencia será víctima de una monotonía discursiva agobiante. Quien no tome esto como un acto gubernamental de censura está papando moscas. Quien no lo interprete como una advertencia disciplinante tiene sus sentidos averiados. De aquí al discurso único totalitario hay medio paso. Así, cualquier verdad tiende a desaparecer si las fábulas más inverosímiles se convierten en realidad indiscutible.

Si no hubiera habido medios disidentes, la desaparición de Santiago Maldonado jamás habría aparecido en la pantalla. Sin periodistas comprometidos con los más vulnerables, nunca nos hubiéramos enterado de las tragedias que padecen los mapuches en manos de gendarmes serviles a los terratenientes de la Patagonia. Después de las mentiras con que trataron de disfrazar la responsabilidad oficial en ese delito aberrante y de los agentes que invaden como un malón las comunidades del Sur, que el empresidente en la actual campaña diga que "cambiar es entender que la violencia no es la forma” parece un chiste de mal gusto. Pero que después de tildar de mafiosos a los sindicalistas, abogados y jueces que defienden los derechos laborales, de alimentar el odio a toda forma de oposición y de vulnerar la libertad de expresión en serio, agregue que cambiar “es entender que tenemos que respetar al que piensa distinto” es un cartel luminoso que lo señala como uno de los personajes más hipócritas del que se tenga memoria. Cambiar es desaparecer derechos para incrementar privilegios. Quien no comprenda esto es porque está del lado de los desaparecedores o porque está tan amarilleado que ya no puede reconocerse ante un espejo.