Esta noche puede ser peligrosa.

(Orlando Villalobos)

A José Alfredo Del Nogal, in memoriam

Esa noche habría allanamientos y detenciones. La información parecía venir de buena fuente. En los últimos días la tensión social circulaba a sus anchas. Las demandas de los sindicatos del aluminio y de la siderurgia crecían; de los maestros y profesores. El aparato sindical de AD y Copei que habitualmente dominaba a su antojo venía siendo desplazado de manera acelerada de los sindicatos de las empresas estratégicas de Guayana: el aluminio, Sidor y la bauxita. Esos jirones del contexto era preciso tenerlos a la mano para explicar lo que sucedía y el porqué de la obstinación represiva.

El sistema que se impuso, en los gobiernos de AD y Copei, combinaba sus formas represivas. Era habitualmente selectiva. Las labores de inteligencia se concentraban en los partidarios de las organizaciones de izquierda, que no se habían tranzado en el parlamento o hacían un parlamentarismo radicalmente crítico, y postulaban vías subversivas. No obstante, los golpes abiertos y masivos no estaban descartados. Una de estas formas eran las redadas policiales. Se colocaban alcabalas y allí detenían al que era y al que no era, todos eran sometidos a la revisión de sus expedientes personales y uno que otro terminaba preso.

Ese día el plan represivo era selectivo. Algo había que hacer. Había que avisar. Era un asunto de horas. Con Alfredo del Nogal asumí parte de esa tarea. Contábamos con la camioneta desvencijada que Alfredo tenía asignada por el Sindicato de los Siderúrgicos (Sutiss), en su condición de secretario de finanzas. No le cerraban los vidrios, así que al estacionarla había que dejarla bajo la protección de los dioses.

Fuimos de un lado a otro llevando la novedad y la advertencia, si cabe la palabra. En 1982 no había correo electrónico ni teléfonos móviles, había que comunicarse como se pudiera. Al caer la noche nos quedaba alejarnos del peligro. Cada quien buscó ponerse a salvo, lo mejor posible, lejos de su morada habitual. Yo encontré refugio en el apartamento de un trabajador en Puerto Ordaz. Allí me quedé acompañado por el ruido rebelde e impotente de mi respiración.

Al día siguiente me fui desperezando sin apuro. Habíamos acordado encontrarnos a eso de las diez de la mañana en la sede del sindicato de Alcasa, en San Félix. Llegar allí fue lo mismo que empezar a conocer de noticias ingratas. El mal presagio se había cumplido. Supimos de allanamientos y detenciones. La policía política no comulgaba con los derechos, ni con la cultura democrática. Se pagaba caro por disentir. La Disip –cuerpo de represión política- se ufanaba de no atenerse a lo señalado en la Constitución nacional. “Se acata pero no se cumple”.

Esa noche de persecuciones fueron detenidos los dirigentes Luis Padilla y Oswaldo Arenas, del gremio de maestros y profesores, y Gabriel Moreno, dirigente sindical de los siderúrgicos. Les inventaron delitos y pruebas, sin oportunidad para una defensa justa. Fueron llevados a la cárcel de La Pica, Monagas, a la que habitualmente trasladaban a los presos políticos. Allí permanecieron y tenían prometida una larga temporada. La distancia no permite ver la dignidad que derrocharon, a pesar de ser cercados por tanta arbitrariedad y agresividad.

Los días continuaron. Oswaldo Arenas fue asesinado por un militar en el propio penal, en medio de un allanamiento en el centro de reclusión de los procesados políticos y militares, como se les denominaba. Luis Padilla fue electo diputado por la Liga Socialista en diciembre de 1983 y consiguió su libertad. Gabriel Moreno también logró que se hiciera justicia y recuperó su libertad, un tiempo después.

“Las luchas de hoy son los derechos de mañana”, dice una consigna que no está tan extraviada. El periplo de riesgos y acciones de generaciones anteriores hicieron posible una Venezuela en la cual opinar no es un delito, la disidencia es una posibilidad, y la otredad –el pensamiento del otro- un espacio para el diálogo. En eso andamos.