EL CAJÓN DE HERMINIO

(Hernán Andrés Kruse)

1983 fue un año inolvidable para el pueblo. La desfalleciente dictadura militar había convocado a elecciones presidenciales para el 30 de octubre de ese año. El peronismo, seguro de su triunfo, había presentado la fórmula Italo Luder-Deolindo Felipe Bittel. La única fuerza de oposición capaz de competir con el elefante justicialista era, como siempre, el radicalismo. Desde hacía un tiempo que la corriente interna liderada por Raúl Alfonsín, Renovación y Cambio, venía amenazando el poder del radicalismo tradicional, representado en aquel momento por el hijo político de Ricardo Balbín, Fernando de la Rúa. Cuando se celebraron las elecciones internas Alfonsín arrasó con Chupete. A partir de entonces, su ascenso rumbo a la Casa Rosada fue incontenible. Alfonsín y la fuerza que lo acompañaba demostraron poseer una gran capacidad de movilización y, fundamentalmente, una gran vocación de poder. El justicialismo comenzó a observar con preocupación el crecimiento de Alfonsín en las encuestas y, fundamentalmente, su gran capacidad de movilización popular. En aquella época todavía eran relevantes los actos públicos y la cantidad de gente que asistía. En cada aparición pública de Alfonsín miles y miles de jóvenes lo escuchaban extasiados, mientras millones de argentinos que no querían saber nada con el retorno del peronismo al poder rezaban por su victoria. Mientras se acercaba el día de las elecciones más crecían la ansiedad y el fervor militante. Lentamente el líder radical demostró que lo que hasta ese momento era imposible, podía dejar de serlo: derrotar al peronismo en elecciones libres y competitivas. En los últimos tramos de la campaña electoral Alfonsín desafió al peronismo en el terreno que siempre había sido de su propiedad: la calle. En efecto, Alfonsín le demostró al justicialismo que estaba en condiciones de organizar actos populares tan masivos como los que aquél siempre organizó. Fue así como que tuvo lugar una apasionante competencia entre ambas fuerzas para ver cuál de ellas tenía mayor capacidad de convocatoria. Hubo tres actos memorables del alfonsinismo: primero, el de Ferrocarril Oeste, segundo, el de Rosario; y tercero, el de la Avenida 9 de Julio en la Capital Federal. El acto de cierre en la 9 de Julio fue sencillamente apoteótico. Cerca de un millón de personas se acercaron a la avenida para escuchar a don Raúl. Al día siguiente, el peronismo respondió con un acto de similar envergadura en el mismo sitio. Poniendo en ejecución su enorme capacidad de movilización, más de un millón de simpatizantes cubrieron la avenida para escuchar a Bittel y Luder. Pero quien acaparó el protagonismo fue el candidato a gobernador bonaerense, Herminio Iglesias, el hombre fuerte de Avellaneda. El protagonismo de Iglesias fue un factor fundamental del gran antagonismo que se instaló en aquel, momento en la sociedad, muy similar al peronismo=antiperonismo de la época de Perón. Iglesias se había transformado en el “malo” de la película, en el blanco de todos los ataques del alfonsinismo. En el momento de mayor éxtasis, don Herminio no tuvo mejor idea que quemar un cajón cubierto con una bandera radical. El 30 de octubre, Alfonsín protagonizó un hecho histórico al derrotar al peronismo en elecciones libres y competitivas, algo inédito en la historia argentina. La quema del cajón pasó a simbolizar la violencia como forma de hacer política, la intolerancia en su máxima expresión. Las urnas se encargaron a posteriori de castigar semejante bofetada a la tolerancia democrática. Si bien el justicialismo no perdió en 1983 sólo por la actitud autoritaria de Herminio Iglesias, su actitud mereció el repudio generalizado.

Guardando las siderales distancias, el ataque con piedras y huevos perpetrado este fin de semana en La Matanza contra una caravana massista hizo rememorar la quema del cajón. Se trató de un acto de violencia incalificable que poco favor le hace a nuestra incipiente democracia. Massa no es santo de mi devoción. Representa, a mi entender, aquel paradigma que se enseñoreó en nuestro país durante la década del noventa y que provocó la feroz crisis de diciembre de 2001. Sin embargo, tiene todo el derecho del mundo a hacer campaña electoral a lo largo y a lo ancho del territorio bonaerense en paz porque es un candidato a diputado nacional legalmente habilitado. Lamentablemente, el fanatismo y la intolerancia se hicieron presentes. Inmediatamente después de ocurrido el lamentable episodio, Stolbizer y de Narváez se solidarizaron con Massa. También lo hizo Insaurralde aunque pocas horas más tarde acusó a Massa de pretender victimizarse. El gobernador Scioli lamentó lo sucedido pero aclaró que los militantes kirchneristas también habían sufrido hechos de violencia similares. El líder kirchneristas Luis D´Elía expresó que la pedrada se debió a que el pueblo trabajador se resiste a retornar a los noventa. Lamentable lo de D´Elía ya que parece no haber comprendido que hechos de esta naturaleza terminan favoreciendo políticamente a quien recibe la agresión. Cuando suceden hechos de esta naturaleza lo primero que hay que hacer es preguntarse a quién favoreció y a quién perjudicó, políticamente hablando. Qué duda cabe que el único que obtuvo un beneficio político fue Massa. Cuando preparó esta caravana seguramente debe haber rogado para que sucediera un hecho de estas características. Si algo le faltaba para terminar de inclinar la balanza a su favor era que en La Matanza lo agredieran a piedrazos. Los grandes perjudicados fueron Insaurralde, Scioli y la propia presidenta de la nación. El kirchnerismo no necesita de estos actos de vandalismo para torcer el curso de los acontecimientos. En 2009 muchos lo daban por desahuciado y resucitó dos años después. Ahora acaba de recibir un nuevo golpe electoral pero ello no significa que esté a punto de desaparecer, como lo desea el círculo rojo. A la presidenta le sobran voluntad y coraje como para no dejarse torcer el brazo. Lamentablemente, a veces da la sensación de que está demasiado sola o que quienes la acompañan no están a la altura de las circunstancias. La derecha celebra cada vez que la violencia política entra en escena para hacerla responsable a Cristina. Pareciera que algunos dirigentes, como D´Elía, no lo tienen en cuenta. Ojalá que a partir de ahora y hasta las elecciones del 27 de octubre la campaña electoral, fundamentalmente la bonaerense, se lleve a cabo en paz, como debe ser si estamos convencidos de que somos un pueblo maduro, apto para vivir en democracia. El gobierno nacional necesita imperiosamente mejorar su rendimiento electoral en octubre pero difícilmente lo logre apelando a cualquier método.

Hernán Andrés Kruse
Rosario-hkruse@fibertel.com.ar